Antonio Escohotado, fallecido a los 80 años, fue una figura enigmática y contradictoria en la cultura popular española durante décadas. A pesar de su apariencia de erudito y su visión política paradójica, su discurso a menudo resultaba escandalosamente transgresor. La droga, aunque a menudo reducida a un tema pintoresco por los medios de comunicación, fue en realidad el eje de una profunda investigación intelectual que abarcó disciplinas tan diversas como la historia del arte, la botánica, la teología, el psicoanálisis, la neurología, la economía y la filosofía.
El viaje intelectual de Escohotado tuvo sus raíces en la filosofía de José Ortega y Gasset. Tras estudiar Filosofía en Madrid en la posguerra, en la que se recuperaba la tradición de la Escuela de Filosofía de la calle San Bernardo, Escohotado se vio influenciado por pensadores como Zubiri, Gaos, García Morente y el propio Ortega. Aquella corriente filosófica se centraba en la vivencia auténtica y la exploración de la experiencia humana en su máxima expresión. Mientras Julián Marías evolucionaba hacia un pensamiento de la bondad hacia el prójimo, Escohotado, más joven, se inclinó hacia la ruptura.
En 1967, a los 26 años y en los albores de su carrera académica, Escohotado publicó su primer texto sobre las drogas en la *Revista de Occidente*, bajo el título "Los alucinógenos y el mundo habitual". Este trabajo inicial se presentaba como la crónica de un joven burgués que introducía la cultura cosmopolita en una España ensimismada. Escohotado, influenciado por Aldous Huxley y al tanto de los movimientos en California, informaba sobre los brotes de esquizofrenia asociados al LSD, pero también destacaba la frecuencia de las "experiencias celestiales". A esta redescubierta ebriedad, le otorgaba un contexto intelectual valioso, citando a Rilke, Blake y el arte cubista. Su conclusión principal era que el verdadero valor del LSD residía en su capacidad para romper con el "universo de símbolos" que alienaba al ser humano de la experiencia de la realidad.

Siguiendo su vocación orteguiana de llevar la verdad de la vida hasta sus últimas consecuencias, los años posteriores de Escohotado se caracterizaron por una inmersión activa en la vida misma, superando la mera palabra. Participó en la revolución sexual, la experimentación y una paternidad atípica. En este contexto, la contracultura y sus reacciones marcaron su vida, y él mismo se vio envocado en conflictos legales. En 1983 y 1988, fue detenido y encarcelado bajo acusaciones de tráfico de drogas. En el segundo caso, la Fiscalía solicitó seis años de prisión, pero la condena se redujo a dos años, reconociendo el delito en "grado de tentativa imposible". Escohotado argumentó haber sido utilizado como "tonto útil" en una trama policial, mediando en una operación en la que compradores y vendedores eran agentes encubiertos que buscaban inducirlo al crimen. A pesar de ello, ingresó voluntariamente en la prisión de Cuenca, aprovechando las condiciones de aislamiento y acceso a un ordenador para escribir "cuatro quintas partes" de su obra cumbre: Historia general de las drogas (Espasa, 1989). Este monumental libro de 1.500 páginas fue objeto de continuas revisiones, ampliaciones y reediciones.
La Singularidad de "Historia General de las Drogas"
La obra de Escohotado se distingue por su entrelazamiento de saberes: el conocimiento histórico sobre el consumo de drogas y sus consecuencias, la botánica que explica los efectos de las plantas, y la fenomenología que describe la experiencia subjetiva de la ingesta. A lo largo de las sucesivas ediciones, Escohotado profundizó en el aspecto botánico, reconociendo su debilidad inicial. Sin embargo, la cultura popular tendía a centrarse en la vertiente fenomenológica, en las experiencias personales del autor.
Vista en retrospectiva, Historia general de las drogas ofrece una interpretación fascinante de la historia humana a través de la lente de las drogas. Escohotado utiliza la metáfora del mito de la caverna de Platón para ilustrar el conflicto entre la "bendición" y la "maldición" asociadas a las drogas. La bendición se manifiesta en sus usos terapéuticos y lúdicos, en la alegría de vivir, el conocimiento y el control de emociones. La maldición, por otro lado, reside en el riesgo de la intoxicación y, fundamentalmente, en el miedo de la sociedad a experimentar la vida en su totalidad.
Escohotado sostenía que el uso de sustancias psicoactivas ha sido una constante en la cultura humana a lo largo de milenios. Hasta épocas recientes, este uso se caracterizaba por una prudencia y una conciencia tanto de las posibilidades de la ebriedad como de los riesgos de la intoxicación. La palabra griega *phármakos*, que significa "remedio y veneno inseparablemente unidos", ejemplifica esta dualidad.

Según Escohotado, esta cultura ancestral se fracturó con el surgimiento de los estados teocráticos modernos, que comenzaron a legislar sobre la conciencia y la conducta individual. Posteriormente, los estados post-teocráticos perpetuaron la persecución de la libertad individual, equiparando la lucha contra las drogas a las "fratricidas guerras religiosas" y a una "histeria de masas crónica" explotada por unos y padecida por otros.
La referencia a la "histeria de masas" evoca a Sigmund Freud, citado en varias ocasiones en Historia general de las drogas. Escohotado veía en la represión cultural de las drogas un paralelismo con la represión sexual de la Viena de Freud, que conducía a miles de mujeres a la neurosis. Al igual que Freud, buscaba liberar al mundo de sistemas opresores y miedos que provocaban enfermedad. Su objetivo era sacar a la humanidad de la "cueva" de la ignorancia, argumentando que el problema no residía en la libertad, sino en la represión.
Durante la escritura de Historia general de las drogas, el mundo se vio azotado por la epidemia de heroína y la "guerra contra la droga" impulsada por el gobierno estadounidense. Escohotado interpretó esta histeria como una consecuencia de la represión del instinto natural, que llevaba al uso de sucedáneos más tóxicos. Sostenía que no eran las drogas en sí las que mataban, sino su adulteración. La prohibición, a su juicio, impedía el desarrollo de una cultura saludable en torno a las sustancias, similar a la que existía con el vino, una cultura que permitía la emotividad, el refinamiento e incluso la borrachera, sin desembocar en la autodestrucción social.
En su obra, Escohotado abogaba por superar la dicotomía puro/impuro y recordaba que el trato a los toxicómanos en 1989 no difería mucho del recibido por los primeros cristianos. La demonización de los consumidores de drogas, según su análisis, se asemejaba a las campañas de desprestigio contra los cómics en la década de 1950 en Estados Unidos, impulsadas por figuras como el Dr. Fredric Wertham. Estas campañas, amplificadas por películas como Reefer Madness (1936), llevaron a la censura y a la creación del Comics Code Authority (CCA), un organismo que dictaba directrices para el contenido de las historietas. A pesar de estas restricciones, el discurso sobre las drogas en los cómics, a menudo sensacionalista, reflejaba la paranoia antidrogas de la época. Historias como The marijuana racket (1937), I was a racket girl (1949), Hooked-up killer (1951) y Sorry, no cigarettes today (1953) presentaban los peligros y las consecuencias negativas del consumo de marihuana y otras sustancias.
La entrada en vigor del CCA reforzó esta moral estigmatizadora, en complicidad con instituciones gubernamentales que promovían propaganda similar a la de los cómics anticomunistas de la Guerra Fría. El Departamento de Justicia de EE. UU. patrocinó folletos como Hooked! (1966) y Teen-age booby trap (1970), alertando sobre los peligros de la heroína y otras sustancias. El Departamento de Salud, Educación y Bienestar de EE. UU. encargó a Marvel Comics una historieta sobre los peligros de las drogas, protagonizada por Spiderman. Sin embargo, el CCA rechazó el guion por describir el uso de sustancias. Stan Lee, desafiante, publicó la historia en 1971 sin el beneplácito del código, lo que propició una revisión de las directrices del CCA, permitiendo la inclusión de narcóticos y adicciones siempre que fueran reprobados.
DC Comics aprovechó esta apertura con Snowbirds don’t fly (1971), donde Speedy, el compañero de Green Arrow, sucumbía a la heroína. La portada rezaba: "¡DC combate el gran problema de la juventud, las drogas!". A pesar de la connivencia con el código, Green Lantern expresaba su desprecio por los toxicómanos: "Estoy en contra de los camellos porque depredan en la debilidad ajena, pero eso no significa que me compadezca de los yonquis. La vida es dura para todos". Tanto DC como Marvel continuaron esta línea, publicando series como la trilogía Drug Awareness (1983) de The New Teen Titans, vinculada a la Drugs Awareness Campaign de Nancy Reagan. Sin embargo, personajes como The Swamp Thing exploraban experiencias psicodélicas a través de sustancias, aunque con advertencias sobre las pesadillas que podían generar.
Marvel, por su parte, reforzó la percepción de la droga como una plaga a combatir. A partir de 1999, incluyó en sus cómics el inserto "Fast Lane", con mensajes anticannábicos patrocinados por la Casa Blanca, alertando sobre las terribles consecuencias del consumo de marihuana. Todas estas entregas se recopilaron en el álbum Spider-Man fights substance abuse (2012). La creciente interrelación entre drogas y cómics en Estados Unidos, con posturas tanto a favor como en contra, llevó a la revocación del Comics Code Authority en 2011.

Incluso personajes como Mortadelo y Filemón establecieron vínculos con las drogas en los tebeos españoles. Historias como Las embajadas chifladas (1991) presentaban una "droga chiflatizante", y los compuestos químicos del profesor Bacterio, como el analgésico que transformaba la cabeza del Súper en la de un cerdo en El antídoto (1973), también exploraban temáticas relacionadas. Astérix y Obélix se beneficiaban de la poción mágica del druida Getafix, un claro ejemplo de sustancia con efectos potenciadores. Tintín se enfrentaba a traficantes de opio y cocaína en títulos como Stock de coque (1958), El cangrejo de las pinzas de oro (1941) y Los cigarros del faraón (1934).
En la década de 1980, el cómic oficial comenzó a mostrar mayor audacia. Snowflame, un supervillano de The New Guardians, extraía sus poderes de la cocaína, liderando un cártel en Colombia. A pesar de la prevalencia de la ideología de la "guerra contra las drogas", se introdujeron sustancias ficticias que simulaban drogas reales, como el "kick" en New X Man (2004) o el "fadeway" en Sage (1980). Airboy (2015) exploraba la caída en el vicio, y Harley Quinn, de Suicide Squad (1993), consumía sustancias químicas para igualarse a su amante, el Joker, quien a su vez segregaba un compuesto euforizante mortal.
La reciente adaptación cinematográfica de cómics ha impulsado una mayor contemporización con temas de actualidad, como la legalización medicinal del cannabis. DC Comics ha mostrado una postura más favorable al cannabis en series como Hellblazer (1988), donde John Constantine recibe una planta de marihuana de crecimiento ultrarrápido. La portada de The Harley Quinn Annual #1 (2014) incluía un "odorama" con aroma a hierba. Grant Morrison, creador de Batman Arkham Asylum, exploró experiencias místicas bajo los efectos de sustancias alucinógenas en The Invisibles (1994).
Por otro lado, Marvel persistió en su visión de la droga como una plaga. El cómic underground, o "comix", sirvió como un escaparate de la ebriedad, libre de las restricciones del CCA. Publicaciones como Zap Comix y The Fabulous Furry Freak Brothers de Gilbert Shelton capturaron la esencia de la filosofía de la contracultura y el consumo de diversas sustancias. La politoxicomanía gráfica continuó en publicaciones post-contraculturales, muchas de ellas centradas exclusivamente en las drogas, como la británica Dope Fiend Funnies (1974) y Cocaine Comix (1976). Sin embargo, algunas publicaciones, como "Dope Comix" (1978), encubrían propaganda antidrogas bajo una apariencia underground.
Documental Drogas y Cerebro: Cocaina y Estimulantes - ARTEFRANCE - COMPLETO - CASTELLANO
El ilustrador Lorenzo Montatore, conocido por sus mundos surrealistas, abordó el tema de las drogas y la autodestrucción en su obra Aquí hay avería (ECC Ediciones, 2017). El cómic narra las desventuras de Viti, un joven consumido por la "abismina", una droga ficticia que refleja las capacidades destructivas de sustancias reales como el alcohol y la cocaína. Montatore describe la abismina como una droga que, si bien puede potenciar la creatividad a corto plazo, resulta contraproducente a largo plazo, eliminando la ambición por todo aquello que no sea el propio consumo y afectando la capacidad de disfrutar otras experiencias.
El estilo de Montatore, definido como "dibujante jondo", se nutre de influencias de los tebeos de Bruguera, La Codorniz, y animaciones clásicas, así como de autores contemporáneos. Su uso del color es distintivo, creando paletas específicas para cada proyecto para diferenciar sus obras. La exposición de Lorenzo Montatore en Comic Barcelona (2023) presentó dibujos originales, bocetos y objetos relacionados con sus obras Obras Incompletas y Aquí hay avería.
En España, la campaña "¡Engánchate a la vida con el Cómic!" (1990), impulsada por la FAD (Fundación de Ayuda contra la drogadicción) y con cartel de Carlos Giménez, buscaba prevenir a los jóvenes sobre los peligros de las drogas. Personajes como Superlópez y Mortadelo y Filemón participaron en esta iniciativa. Sin embargo, en la revista Super Mortadelo n.º 91 (1991), apareció una historieta de Frank Margerin titulada "Camellos y camellos", que, si bien renovaba el contenido de la revista con toques de ciencia ficción y costumbrismo, presentaba una trama sobre el tráfico de drogas que resultaba poco apropiada para un público infantil, reflejando quizás la libertad o la falta de supervisión editorial de los "locos años noventa".
