«El destino de la humanidad se decidirá en este mismo instante» es quizás la cita más remarcable de toda la segunda temporada de Shingeki no Kyojin. El grito de Erwin al lanzarse contra el enemigo para salvar a Eren resuena a lo largo de toda la obra. Es un summit. Un punto álgido en la obra que parece marcar un pico pero que luego se ensombrece ante la siguiente escena. Porque Erwin es arrollado por un titán e incluso colgando de su boca el comandante no duda ni un solo segundo en mandar a todo el batallón a la carga. Es duro, emocional. Pero también increíblemente intenso. La introducción a esta primera parte de su tercera temporada -deberemos esperar hasta abril para conocer cómo continúa- dista millas del cierre del que hablaba. No sé me ocurre un mejor comentario sobre la misma que esta reflexión. Porque el hecho de que la obra abra con Eren frente al mar ya decía mucho de cómo se iba a extender este nuevo arco. Es el cumplimiento de un sueño, de aquella promesa infantil que recitaba el chico una y otra vez frente a la imaginaria de encontrar un vasto mundo fuera de los muros que cercaban toda su vida. Un giro en la narrativa de Hajime Isayama, que parecía tomarse un pequeño descanso en esa crueldad que suele portar por bandera para dejar espacio a la introspección.
La tercera temporada de Shingeki no Kyojin es diferente. No es que deje de lado la acción porque, de nuevo, personajes como Historia o Kenny tienen su pequeño espacio para brillar y Yasuhiro Akamatsu consigue dirigir algunas de las mejores escenas que hemos visto hasta ahora en sus líneas. Y aunque hayamos pasado por todo estos puntos, y sin querer ser reiterativo, siento que aún quedan pequeños detalles por explorar. Parte del juego narrativo que marca a Shingeki no Kyojin es el hecho de que la humanidad no es dueña de su propio destino. No son más que víctimas de un mundo hostil que les rebaja y reduce a ese nivel. Al de simples víctimas. Ni siquiera son dueños de su propia vida. No estrictamente en el sentido físico de la misma, sino en uno moral. Así, los únicos que pueden considerarse dueños de su propio destino, los únicos a los que la mano de Isayama empodera, son los miembros del Escuadrón de Exploración. Ellos, y ellas, son las únicas personas capaces de luchar contra las cadenas que les atan.
Hay una escena que define todo lo que representa -o representaba- al Escuadrón de Exploración. Ese momento que marca la narrativa de la obra; cuando sus miembros vuelven de una partida y el pueblo les acoge, no entre vítores, sino en completo silencio. No son héroes. No son más que locos. Suicidas con un mínimo atisbo de apreciación personal que arriesgan sus vidas a cambio de nada. A cambio de descubrir un mundo que al pueblo no le interesa. Meros espectadores, su onceavo capítulo, define esta idea. La de que Keith luche durante toda su vida contra un destino incierto. Uno que no puede cambiar. Titánico. Invencible. Pero uno ante el que no se rinde. Porque ese es el espíritu que su autor representa.
El hecho de que la pluma cambie su trazo durante este arco para enfocarse en la introspección en vez de la batalla dice mucho de la profundidad de Shingeki no Kyojin. La escena de Erwin perdiendo su brazo brilla aún en mi memoria. Pero el último grito que lanza el mismo hombre al cerrar esta primera entrega lo hace con mucha más fuerza. Porque supone algo muy importante. Uno incierto, desde luego. Difícil de domar y capaz de dar volantazos hasta liberarse de las cadenas que han trazado los moradores del muro. El camino ha sido duro. Pero su guión ha conseguido la mayor de sus evoluciones haciendo uso de tempos más lentos -aunque también más afilados- que se han centrado en explorar su mundo desde la parte más introspectiva posible. Dentro de los muros.
La idea de que el enemigo no solo habite fuera no es nueva, desde luego. Pero Shingeki no Kyojin ha conseguido pintarla de otra manera. Manteniendo las tensiones. Los pequeños momentos han sumado mucho a su forma. La pelea entre Eren y Jean en su último capítulo, por ejemplo, dice mucho. Nos recuerda que son humanos. Que pueden perecer en cualquier momento sin el más mínimo aviso. Y es aquí donde reside, quizás, la más pura esencia de la obra. En esa existencia efímera. Pero hay esperanza. Un rayo de luz que atraviesa la oscura cobertura que se ha cernido hasta ahora sobre la humanidad. Algo para lo que Wit Studio no ha necesitado grandes escenas ni batallas pulidas al mayor detalle posible. Todo lo que ha hecho ha sido plantar la semilla del cambio. El hecho de que el pueblo despida a los exploradores bajo vítores y gritos de ánimo es la recompensa por este cambio. Un grito hacia la libertad, que resuena en todo su mundo.

Shingeki no Kyojin hace de «Sol de medianoche» una entrega vital para el devenir de los sucesos de la ficción. Es una entrega post mortem, una breve velada para la fugaz introspección y la siempre -aunque ahora quizá más- ardua tarea de tomar la decisión correcta. El sacrificio siempre ha estado presente en una ficción que nunca se ha atrevido a regalar nada, ni siquiera a poner las cosas fáciles; pero ese cariz se ha visto notablemente potenciado con las últimas actuaciones de Erwin y Armin. Los dos últimos sacrificios de una humanidad a la que le queda poco o nada que ofrecer. Una humanidad exhausta de lidiar con la Muerte. Sin embargo, Isayama muestra benevolencia y ofrece una oportunidad de reversión. Una segunda oportunidad bajo el yugo de una historia que tiene por mantra el exasperante memento mori.
El impacto emocional de Eren por la pérdida de Armin está ahí, pero ni siquiera la producción deja tiempo para el ahogo de la pena. Apenas un par de frases de corte introspectivo es todo lo que se le permite a su protagonista, pues el recipiente del Titán Bestia acude a la escena a lomos del titán inteligente que le privó de una «dulce» muerte a manos de Levi. Es un encuentro fortuito, incómodo por las pérdidas y por el enigmático mensaje que le deja a Eren. Porque le conocía, así como a su padre, Grisha. A quien no duda en echarle la culpa de todo y mostrarse empático con el dolor y la desesperación del joven Jaeger. Curioso de alguien que se deleitaba con la muerte de decenas de soldados a golpe de piedra. Promete volver a por él, postularse como su salvador. Instantes antes de que el plano se centre en un Levi erguido en lo alto de los muros con el semblante de un Shinigami. Un Dios de la muerte colérico cuyo único alimento ahora es el de la venganza. El Ackerman no es más que un amasijo de emociones llevadas al extremo. Un recipiente de odio con el que Wit denota un enorme poderío. El enemigo se ve obligado a marchar, no sin antes abandonar a su suerte a Bertholdt y salvar a un deplorable Reiner de las garras de Hange. Es una victoria, pero hemos de esforzarnos en recordar que en realidad así lo es, que el enemigo ha escapado de una derrota segura y la humanidad ha ganado. Pero no es fácil pensar en eso cuando el panorama es tan desolador. Cuando solo hay lamentos, pérdidas y lloros. Como comentaba la anterior semana, la victoria de Isayama es una que, incluso considerándose victoria, tiene un regusto amargo a derrota.

Ahora solo quedan ellos. Los supervivientes; los vivos y los muertos. Y se arroja algo de luz entre la frondosa oscuridad que ofrece la crueldad de la guerra. El suero de titán que porta Levi -entregado por Kenny Ackerman- ofrece una vía de escape a la muerte. Un salvoconducto para que Armin se convierta en un titán y, acto seguido, engulla a Bertholdt para adquirir su poder de titán. Levi tiene en sus manos la potestad de dar vida, de vestirse con los hábitos de un cirujano y ejercer de mano salvadora. Sepulturero de la propia Muerte. Poco tiene que implorar Eren para que le dé el suero a Armin, algo totalmente lógico. Pero la lógica inicial se tambalea cuando el único superviviente del ataque suicida contra el Titán Bestia irrumpe en escena con el cuerpo de Erwin con vida, aunque en estado agónico. Y es ahí, en ese preciso instante, cuando la lógica se derrumba. Cuando las emociones personales afloran y ensombrecen a la razón. Cuando Levi debe tomar la que quizá es la decisión más complicada de Shingeki no Kyojin. «Sol de medianoche» es una entrega sumamente emocional. Eren desafía a su propio capitán; Mikasa -en estado casi de shock al ver el cuerpo de Armin- furiosa por el trato hacia su hermano, incluso forcejea con Levi para obtener el suero. Es visceral, porque los sentimientos personales inundan el escenario. Vidas están en juego. Elegir salvar la del comandante de la Legión y esperanza de la humanidad, o la de un joven soldado con gran potencial pero poca experiencia, un anónimo para muchos. De nada sirve el discurso de Eren que repasa todos los éxitos logrados gracias a la labor de Armin.
Levi parece decantarse por salvaguardar el símbolo, pues sin él puede que el pueblo pierda por completo la esperanza. ¿Es Erwin quién salvará a la humanidad? Dicen que tan solo un demonio es capaz de semejante conquista. Alguien con la competencia necesaria para caminar sobre el fuego, sobre montañas de cadáveres y no perder la compostura. Anfitrión de un particular infierno. Cuando Levi levanta la inyección con el suero es como si ya hubiera dictado sentencia. De poco sirve el lloro y las súplicas de Eren, tampoco los de Mikasa, a quien tiene que sujetar Hange para que no cometa acto de traición. Lo que tendrán que soportar es jodido, pero deben lidiar con ello. Con el sentimiento de pérdida, pero también con la amarga sensación de no poder hacer nada, incluso cuando se tiene la oportunidad. Porque, por lógica, es Erwin quien debe vivir. Él tiene el liderazgo y la experiencia. Es el estandarte de la rebelión. Deben abandonar el escenario mientras se despiden por última vez. Una última vez fraguada a golpe de vivencias del pasado, ilusiones y promesas ahora rotas. Es también Levi quien recuerda la última charla con su comandante mientras se dispone a inyectarle el suero. Aquel momento de intimismo privado de cualquier imagen que mantener. El extinto anhelo de un hombre gritándole a su propia muerte. Pero ocurre algo. Como si un último resquicio de vida se manifestara para cometer un acto tan trivial como última voluntad. Una acción de negación interconectada a una vivencia de su pasado. Ese último gesto y esas últimas palabras son la razón que necesitaba Levi para dejar morir a su comandante. Para que, finalmente, sea Armin quien regrese de entre los muertos. Erwin tenía que ser un demonio, no tenía otra opción. La propia humanidad se lo impuso. Muere como un demonio, pero por fin se le brinda la opción del descanso eterno. De abandonar las brasas de su particular infierno.
Poco tiempo después, un titán anormal de aspecto familiar se aproxima a un desesperado Bertholdt que instantes después es fugazmente devorado. Un espectáculo improbable para la atónita mirada de Eren, Mikasa, Jean y Conny, quienes acuden a un escenario caníbal para extraer a su fiel amigo de las entrañas de cuerpo del titán. En cuestión de minutos llantos de impotencia, ira y desolación se transforman en unos de sorpresa y alegría. Un tenaz contraste con la escena de Levi. Quien reafirma el cumplimiento de su promesa a un Erwin cuyo último aliento de vida ya fue exhalado. Levi ha tomado la decisión más importante de Shingeki no Kyojin, y a partir de ahora deberá lidiar con ese peso como juez. Es un punto de inflexión en la trama, una acción que trasciende ya no solo por su efecto directo, sino por la actuación del personaje que la lleva a cabo. La producción hace en «Sol de medianoche» de guía en un páramo de auténtica desolación y pérdida. Un ejercicio de corte intimista y tono emotivo que funciona como entierro y bautismo a su vez. Brinda un merecido descanso al demonio para arrojar una nueva luz sobre la larga noche. Ha llegado la hora de desenterrar viejos fantasmas.
¿QUE PASARIA SI LEVI SALVA A ERWIN EN LUGAR DE ARMIN? | Attack On Titan | Silver Anime
Shingeki no Kyojin se dirige hacia el mayor punto de inflexión de su trama. Y lo hace con suma delicadeza, rindiendo culto a cualquier tiempo pretérito de una infancia que ya expiró y a unos sueños rotos. Sobra decir que el camino ha sido demasiado arduo, pues la lluvia de sangre ha sido una constante a lo largo de la producción, así como las montañas de cadáveres. Isayama se ha servido de un buen puñado de piezas para ejecutar con enorme soltura los movimientos de su particular juego. Venganzas, traiciones, revelaciones y coronaciones. Sangre y lágrimas. Es como si su desarrollo hubiera emulado el de una partitura que lo da todo en su parte final; cuyo ritmo in crescendo se libera en un colofón explosivo de notas que calan en el alma humana. Las últimas entregas de la producción eran esas notas finales, ese éxtasis que libera quien porta la batuta de la orquesta.
La batalla por Shiganshina era el infierno emocional que precedía la calma, el sosiego de la mayor revelación de la serie. Un mcguffin tan insistente como prometedor. Si estamos aquí, si ellos están ahí, es para desenterrar a ciertos fantasmas del pasado. Para conocer la verdad oculta del mundo. Y «Sótano» es el candado que se rompe, la cerradura que se abre. El hermetismo hecho añicos. La entrega de esta semana abre con el resultado de «Sol de medianoche». Con la marca inherente de la decisión más difícil de la humanidad. La que convirtió a Levi en juez y verdugo, así como a Armin en un sempiterno deudor. El abrazo en el que se funde con Eren al despertar supone volver a la realidad. La materialización definitiva de la finta a la Muerte y de que alguien de enorme valor pereció en su lugar.
Nueve soldados, solamente nueve personas son los supervivientes de la cruenta batalla. El informe de situación es un golpe mortal que le propina Eren a su amigo. La realidad le golpea, sin ningún tipo de cortesía. De repente sabe por qué está vivo, por qué está entre ellos. Y por qué Erwin no. Siente la presión de no estar a la altura, de contraer una deuda de enorme peso en la que él jamás habría incurrido. Una opresión que ahoga y que es complicado olvidarse de ella aunque Levi mencione que la decisión fue suya, única y exclusivamente suya. Eligió que Shinganshina sería la tumba de Erwin. El remanso de paz para un hombre convertido en demonio por necesidad. La situación parece indicar que Armin es el sustituto de Erwin, pero él no puede serlo, se siente incapaz. Sin embargo, tampoco se le exige. Él tiene su propio poder, y no debe dejar que la importante decisión sea en vano. Debe sobreponerse y no caer en la comparación. Un proceso de asimilación nada fácil que, imagino, se explorará con mayor detalle en posteriores entregas. Porque ahora es momento de dirigirse a la verdad enterrada bajo los escombros. Son Levi, Hange, Mikasa y Eren quienes ponen rumbo al ya extinto hogar de los hermanos Jaeger. Los encargados de exhumar antiguos fantasmas. Adalides de la verdad.

Wit Studio abandona cualquier atisbo de épica en este capítulo para abrazar la nostalgia y un ritmo lento acompasado por el que en ocasiones es el mejor de los sonidos: el silencio. La marcha de los cuatro soldados comienza entre flashbacks; entre recuerdos de la infancia de un Eren ansioso por entrar en el sótano de su padre, los hechos que terminaron con dicha infancia o las palabras de Erwin teniendo como objetivo el mcguffin de Shingeki no Kyojin. El sótano como núcleo argumental, como lugar de convergencia. Como decía, el camino hasta el antiguo hogar es un viaje de nostalgia, un recorrido que refleja los efectos de la destrucción y los de la imparable naturaleza. Un escenario casi post-apocalíptico. Los férreos pasos y el viento son los únicos artífices de sonido. Porque cualquier palabra sobra cuando, a medida que se avanza por lo que antaño fueron calles y plazas, resulta imposible no proyectar hacia atrás en el tiempo. No recordar el cálido sol bañando las bulliciosas calles donde la gente parecía ser feliz. Son Eren y Mikasa de pequeños quienes ejercen de nexo entre pasado y futuro, protagonistas de la felicidad y del tortuoso atentado que experimentaron.
El sótano sigue ahí; imperecedero, intacto ante cualquier catástrofe y superviviente de mil y una elucubraciones sobre su contenido. La llave de Eren fue un enigmático regalo de su padre, pero podría considerarse un arma. Una cuyo efecto puede sacudir los cimientos de su sociedad, de su mundo. La herramienta con la que abrir la Caja de Pandora. Una llave que esconde mucho y cuyo destino no es, al menos, abrir la puerta del sótano. La fuerza bruta es la herramienta sustitutiva. Una vez dentro, nada fuera de lo común. De lo que cualquiera podría esperar de los compartimentos de alguien cuyo oficio es el de médico: libros de medicina, mejunjes… Todo dispuesto bajo una pasmosa normalidad. Menos la pequeña cerradura en una de las esquinas de una vieja y polvorienta mesa. La llave encaja, gira a la perfección. Un cajón es lo que esconde. Vacío en primera instancia, pero su doble fondo esconde tres libros en perfecto estado gracias al uso de ungüentos de protección. Tres libros que parecen esconder la historia entre bambalinas; aquello que anhelaban. ¿Qué querría decirle Grisha a Eren? La respuesta la tiene ahí, ante sus ojos, mientras su pulso delata su nerviosismo y la mano de Mikasa se apoya sobre la suya. La complicidad fluye entre ellos. Una fotografía y unas breves palabras son lo primero que encuentran al abrir el libro. Tras ello, la producción avanza en el tiempo para mostrar el retorno de esos nueve locos supervivientes. Los héroes encargados de recuperar el Muro María y brindar una nueva esperanza para la humanidad. Antaño traidores, hoy héroes. Pero traen algo más que una victoria sobre el brazo. Traen el secreto de sus muros, de más allá de los mismos. Una historia que ha permanecido oculta durante tantísimos años y que, ahora, será Grisha Jaeger quien, desde su juventud, se convierta en narrador. Porque Wit Studio se espera al cierre de los créditos para poner el dulce, para presentar a un Grisha de temprana edad junto a su hermana perseguir un dirigible como quien persigue un sueño. Portando un brazalete identificatorio y con la prohibición de salir de unas murallas que distan de las actuales. Pero si algo es idiosincrático de la juventud es la rebeldía, la desobediencia. Siendo éste impulsivo acto el detonante para conocer la verdad. La historia del otro Jaeger. «Sótano» es la entrega que alcanza el clímax prometido. Un clímax fraguado a golpe de sangre y lágrimas, de pérdida, sacrificio y victorias con fragancia derrotista. Seis largos años han tenido que pasar para ser testigos del mayor punto de giro orquestado por Isayama.
El final de la tercera temporada de Shingeki no Kyojin fue decisivo por varias razones. La primera, por el impacto en el devenir de la trama, por todo lo que implicaba aquel viejo sótano que había resistido los embates del tiempo aguardando al hijo pródigo, a un Eren que guardaba consigo la llave para abrir la Caja de Pandora. Héroes y villanos, ángeles y demonios, marleyanos y eldianos. La última entrega de la temporada, «Al otro lado de las murallas», servía para enaltecer uno de los mensajes más claros de la obra: la búsqueda de la libertad. La recuperación y reconstrucción de lo perdido -menos las vidas humanas, por supuesto- y la expedición hacia los confines de su pequeño mundo insular para atisbar el tan ansiado mar eran el resultado de años y años de sufrimiento, supervivencia y constantes actos de fe. Se trataba de un episodio de pura catarsis, de liberación y recompensa emocional para sus protagonistas, pero no para todos. No para Eren Jaeger. Insatisfecho y apático, formula la pregunta que da pie a todo lo que ocurrirá en el futuro. Si matan a los enemigos del otro lado del mar, aquellos que les condenaron y demonizaron, ¿podrán, al fin, ser libres de verdad? Wit Studio cerraba la tercera iteración de la popular adaptación con un final, a fin de cuentas, agridulce, pero fiel a otro de los mensajes de la obra de Hajime Isayama: la querencia del ser humano por la violencia.
«Al otro lado del mar» es un cruento y moderadamente realista retrato bélico que sirve como punto de inicio para alejarse de la tónica habitual de la serie, abrirse a nuevos horizontes y experimentar con otro tipo de narrativa. Una vez superado el punto de inflexión de la obra, la narrativa se desprende de cualquier atisbo de épica para posarse sobre nuevos y viejos rostros, retratar la dualidad del ser humano, buscar una posible expiación de los pecados y seguir exhibiendo el infinito ciclo de violencia y odio. Isayama se sumerge en un ejercicio narrativo que da un vuelco de 180 grados y que no busca contentar a todo el público. Tal y como hacen otros productos audiovisuales recientes como, por ejemplo, The Last of Us Parte II, Shingeki no Kyojin continúa sumergiéndose en la escala de grises de su diégesis, distanciándose de los estereotipos del bien y el mal, así como de la verdad universal.
La animación de «Attack on Titan: el ataque final» luce increíble, y que incluye momentos verdaderamente cinéticos de enfrentamientos entre titanes, pero que muchas veces también incluyen a los personajes humanos. Los movimientos de todo personaje son fluidos, la violencia es palpable y frecuentemente sangrienta, y en la pantalla grande se lucen ciertas decisiones visuales interesantes que quizás no se aprecian igual en la televisión o computadora, como las sombra que los rostros a veces tienen en los momentos más dramáticos, y las referencias a técnicas visuales reales, como el contraluz o el fuera de foco. “Attack on Titan: el ataque final” es una película hecha para fanáticos, que les permite reunirse con sus personajes favoritos por lo que se supone es la última vez, desarrollando un final satisfactorio para la serie que, nuevamente, igual deja abierta la posibilidad de seguir contando historias en este mundo. Se trata de una experiencia oscura, agresiva, con pocos -pero notables- momentos de ligereza y humor, y que logra calar en el espectador, especialmente a nivel emocional.

La tercera temporada de Shingeki no Kyojin dio comienzo el pasado 22 de junio de 2018, y su emisión se realizará todos los domingos a través de la cadena japonesa NHK. Si no os queréis perder nada y saber qué pensamos de cada capítulo puedes acceder a cada uno de ellos a través de este pequeño índice. Wit Studio vuelve a poner toda su carne en el asador, toca ver cómo lo hace en esta ocasión y nosotros nos atrevemos a contar cómo lo hace desde aquí.