La confesión de Meliodas a Elizabeth: Un amor que trasciende el tiempo

Tras un día lleno de emociones y lágrimas por el regreso del capitán y dueño del Sombrero de Jabalí, la calma se apoderó del lugar. Los presentes sabían que debían prepararse para enfrentar a los Diez Mandamientos, quienes sembraban el caos en Britania. La energía debía estar al máximo, y para ello, el descanso era esencial.

Elizabeth, con pasos apresurados, salió del baño enfundada en su pijama y se dirigió hacia la cama que compartía con Meliodas. El capitán, absorto en sus pensamientos mirando por la ventana, sintió el movimiento en el colchón y giró su rostro. Al instante, Elizabeth se lanzó hacia él, y ambos cayeron sobre la mullida almohada.

“¿Estás bien, Elizabeth?”, preguntó Meliodas con una sonrisa, sintiendo cómo los brazos de la princesa lo rodeaban con fuerza. “Andas un poco muy aprensiva hoy…”. Aunque no le disgustaba, le causaba gracia y curiosidad este cambio en ella. Elizabeth ya no mostraba reparo en acercarse, abrazarlo o tocarlo.

“No puedo evitarlo…”, respondió ella, acurrucándose más contra el pecho del demonio, permitiéndose escuchar el latido de su corazón. “Estoy tan feliz de que estés de vuelta. Te extrañé tanto, Señor Meliodas…”. Susurró, intentando contener las lágrimas. Había llorado bastante y deseaba demostrarle a Meliodas cuánto había crecido.

Meliodas, con una mirada tranquila y dulce, correspondió el gesto de la princesa acariciando su largo cabello plateado. “Yo también te extrañé… Mientras estaba en el purgatorio, no paraba de pensar en que tenía que volver contigo, no importando qué”.

Las mejillas de Elizabeth se sonrojaron intensamente. Su corazón latía a mil por hora. Saber que era ella quien ocupaba la mente de la persona que más amaba la hacía inmensamente feliz. Sin embargo, la pena por los demás pecados se hizo presente, y con una pequeña risilla, la princesa respondió: “Por más que me gustaría aceptar tales palabras con libertad, siento que al mismo tiempo no sería correcto… Pareciera como si no hubiese pensado en los demás, Señor Meliodas…”.

El comentario hizo sonreír a Meliodas. La preocupación de Elizabeth por los demás era una de las cualidades que más admiraba. Ella deseaba que todos fuesen felices y que siempre estuvieran en la mente de sus seres queridos.

“A veces está bien ser un poco egoísta, Elizabeth”, respondió él suavemente. “Pero si te hace sentir mejor, claro que pensé en ellos. Son mis camaradas, mis amigos… por supuesto que jugaron un factor importante para mi regreso… pero esos seis son muy fuertes, así que sé que estarán bien y que no necesito preocuparme”.

Sus palabras la aliviaban, pero un recuerdo la asaltó: “Pero el Señor Ban…”

Meliodas y Ban en una pose de amistad

Con una mirada llena de determinación, Meliodas miró hacia el cielo por la ventana. “Sé que Ban aún sigue vivo… No tiene permitido morir…”

“Señor Meliodas…”, susurró Elizabeth, levantando la mirada hacia el demonio que la tenía entre sus brazos. Sabía lo que el capitán debía estar sintiendo. Ban era su mejor amigo, y aunque habían tenido sus tensiones, el lazo que los unía se había fortalecido.

Un lazo que ella sentía que, por más que se esforzara, no podía superar. Sabía que él la quería, que esa era la razón por la que a veces la tocaba o insinuaba cosas. Pero aún existía la duda: ¿era solo un gusto o había algo más profundo entre ellos?

La princesa quería creer que sí, que su vínculo era tan importante como el que Meliodas podía tener con Ban. Pero recordó una conversación con su amiga Diane.

“¿A qué te refieres con tener a alguien que te ame de la misma forma?”, preguntó la gigante, quien estaba del mismo tamaño que la princesa. Ambas paseaban por la ciudad tras Elizabeth haber declarado su amor por el rubio de ojos verdes. Elizabeth tan solo asintió. “¿Por qué dices eso? ¡Elizabeth, el capitán te quiere! ¡Estoy segura! ¡Basta sólo con verlo cuando está contigo…!”

“¡Suficiente…!”, interrumpió Elizabeth, alejándose de Diane. ¿Se había enojado? Eso era algo nuevo.

“Yo sé que me quiere, Diana…”, respondió, sin verla.

“¿Entonces…?”

“Pero… Es que, yo sé que el Señor Meliodas anteriormente tuvo… una novia, o amante, y…”, se detuvo, intentando controlar su voz. “No sé, siento que… ese sentimiento aún está ahí dentro… que aún ama a esa persona… Sé que a mí me quiere pero… ¿y si no me ama? ¿Y si no siente lo mismo que yo? ¿Y si tan sólo soy un reemplazo?”

Elizabeth y Diane conversando en la calle

Diane, sin saber bien qué hacer, la miró con tristeza y tomó su mano con fuerza. “Ay, Elizabeth…”

“Es por eso que… no le quiero decir nada…”, susurró Elizabeth, sin soltarse del agarre de su amiga.

Diana entendía la situación, pero no quería que su amiga sufriera lo mismo que ella con King. “Aún siento que deberías decirle, nunca sabes qué podrá pasar después…”, respondió la castaña, logrando captar la atención de la princesa, quien decidió continuar caminando junto al pecado de la envidia.

Tomando valor, Elizabeth aspiró aire y se dirigió hacia el demonio. “Disculpe, Señor Meliodas…”

“¿Hmm?”, respondió él, volviendo su mirada hacia ella, quien poco a poco se incorporó y quedó sentada en la orilla de la cama. “¿Elizabeth?”

“Quisiera… Me gustaría preguntarle algo…”, habló ella con nerviosismo, pero a la vez seriedad.

Meliodas, sin comprender el cambio, asintió. “Mjm”.

“Bueno… es que… yo quería saber si…”, comenzó a decir. Sabía qué preguntarle, pero ahora que lo pensaba, no sabía si tendría mucho sentido hacerlo, ya que jamás le había dicho lo mucho que lo amaba.

“¿Elizabeth?”, preguntó Meliodas, acercándose para intentar verla a la cara.

Siendo consciente de la cercanía, Elizabeth decidió que era hora de afrontar las cosas. Estaba nerviosa, pero si quería estar a su lado para siempre, debía hacerlo. No podía vivir en un mundo sin él.

Tomando aire, giró su rostro hacia él y, con determinación, lo miró. “Señor Meliodas, usted… ¿Qué soy realmente… para usted?”

“¿Qué…?”, preguntó Meliodas rápidamente, sorprendido. “¿Pero de qué estás hablando, Elizabeth…?”

“Por favor, Señor Meliodas, necesito saber… qué soy realmente para usted, qué… ¿Qué tan importante soy de verdad en su vida…?”, respondió ella, sin apartar su seria mirada del capitán.

Meliodas y Elizabeth mirándose fijamente

Meliodas guardó silencio, observándola detenidamente. Aquellas preguntas lo tomaron por sorpresa. Debía admitir que la sumisa princesa que había comenzado su viaje a su lado había desaparecido. Ahora era una mujer que, aunque no tuviera el mismo nivel de poder que los demás, buscaba ser cada vez más fuerte. Ella quería ser parte de ellos porque los quería, porque lo quería a él. Él sabía eso muy bien y esperaba que ella también lo supiera, pero parecía que las cosas habían ido por otro lado.

“¿Por qué me preguntas eso? Pensé que sabías bien que eres alguien muy importante para todos nosotros, Elizabeth”, comentó el capitán, sin dejar de mirarla.

“Lo sé… sé eso muy bien, pero…”, paró un momento. “Eso no es suficiente. Yo sé que todos me quieren, que usted también… pero…. pero lo que yo quiero saber es… es si usted siente lo mismo que yo”, susurró ella con lentitud, aunque fue lo suficientemente alto como para que Meliodas la escuchase.

“Lo mismo que tú…”, susurró Meliodas también, dejando que su flequillo ocultase su mirada.

“Lo que yo quiero saber es… si usted…”, volvió a detenerse. Tenía… debía tomar valor. “Si usted me quiere, me… ama, así como yo a usted, por ser Elizabeth Lionés…”, comenzó ella con vergüenza, esta vez no pudiendo soportar más el verlo fijamente. “O si tan sólo soy un mero reemplazo…”

Listo, lo había dicho. Y ahora se arrepentía, tenía mucho miedo… temor a conocer la verdad, terror a que sus suposiciones fueran ciertas. Pero lo hecho, hecho está. Solo le quedaba esperar la respuesta.

Sin embargo, el silencio en la habitación no desapareció. Solo se escuchaba el canto de los grillos y sus respiraciones. Elizabeth podía jurar escuchar el latir de sus corazones. Tump… tump... Uno tras otro, un delicado pero fuerte latido que producía millones de sensaciones y emociones, al igual que tormentos.

Y Elizabeth sentía que no podía más con ese tormento en su corazón. Por lo que, sin importarle nada más, la princesa se levantó de golpe, llamando la atención del rubio. “Por favor, discúlpeme, Señor Meliodas…”, expresó ella sin verlo, de pie frente a la cama. “Fue una pregunta tonta, no debí hacerla… Creo… creo que por hoy lo dejaré dormir solo. Le pediré al Gran Maestro Zaratras que, si no es mucha molestia, me permita usar esa habitación. Con permiso…”

Pero no habiendo dado ni un paso hacia adelante, la joven princesa sintió un enorme jalón del brazo. De pronto, su cuerpo perdió el equilibrio y comenzó a caer. Elizabeth esperó el golpe, pero este nunca llegó. Lo único que percibió fue cómo un pequeño pero fuerte brazo la acurrucaba en su regazo y con la otra tomaba su rostro para obligarla a mirar aquellos orbes color esmeralda.

El sonrojo en las mejillas de Elizabeth no se hizo esperar. “Se-Señor Meliodas…”

“Jamás vuelvas a pensar… que eres un reemplazo, Elizabeth…”, susurró Meliodas, logrando que sus alientos chocasen entre sí.

“Pe-Pero es que…”

Sin embargo, el rubio posó su dedo índice sobre los rosados labios de la princesa para silenciarla. “Escúchame, sé por qué preguntas esto y por qué has llegado a pensar en esa posibilidad…”, comenzó él. “Pero jamás sería capaz de hacerte algo así… soy un demonio, sí… pero eres demasiado importante para mí como para hacerte daño de esa manera”, explicó Meliodas mientras retiraba su dedo de los labios de Elie.

“Yo lo sé… pero es que… cuando estuvimos entrenando con Lady Zanneli, cuando lo vi llorar al saber qué tipo de prueba era… yo…”

“Lo sé, y perdóname por haberte hecho pensar cosas que no eran…”, volvió a interrumpir Meliodas. “Elizabeth, no puedo mentirte, sigo queriendo a Liz”, confesó él, logrando que los ojos de la princesa se abriesen de sobremanera. “Ella fue una persona muy importante para mí, y cuya muerte me destrozó como no tienes idea…”

Meliodas confesando sus sentimientos a Elizabeth

Los ojos de Elizabeth comenzaron a aguarse levemente antes de desviar la mirada. Ella ya lo sabía, pero era doloroso escucharlo. Intentó alejarse para poder sobrellevar aquel inmenso dolor, pero el firme brazo de Meliodas no se lo permitió. La acercó más a él y, de nueva cuenta, la obligó a mirarlo.

“Pero escúchame bien, Elizabeth…”, pidió él, casi como si se lo ordenara. “El que siga queriendo a Liz no es un impedimento para que te ame a ti como lo hago…”, confesó él finalmente, logrando que los ojos de la princesa se abriesen estrepitosamente y varias lágrimas cayeran de sus orbes.

“S-Señor Meliodas, pero eso… no…”

Meliodas negó con la cabeza, mientras una sonrisa comprensiva aparecía en su rostro. Entendía bien por qué su princesa no parecía creerle. “Los antiguos amores, aquellos que significaron mucho para uno… jamás se olvidan, Elizabeth. Los atesoras siempre porque te brindaron momentos de felicidad y cariño… Pero cuando estos ya no están… uno debe seguir adelante, y si la vida te brinda la oportunidad de amar de nuevo… debes tomarla”, comentó él, mientras limpiaba las lágrimas de Elie. “En un principio, pensé que jamás podría olvidar a Liz, que ella siempre sería la persona que amaría hasta el día de mi muerte…. pero cuando llegaste tú, y me mostraste tu calidez… poco a poco… la herida se fue cerrando… y un nuevo sentimiento comenzó a brotar…”

“Señor Meliodas, yo… yo sólo…”, intentó decir, pero en realidad no sabía qué debía responder. Aquellas palabras hacían que su corazón brincase de alegría y la obligaran a no saber bien qué palabras o respuesta expresar.

“Tú no eres un reemplazo, eres quien me sanó… y quien me dio la oportunidad de ser feliz otra vez”, expresó con suavidad, mientras poco a poco iba desapareciendo la distancia que había entre los dos. “Elizabeth… te amo…”

Y sin darle realmente oportunidad a la princesa de responder algo, el espacio que antes los separaba finalmente se vio desvanecido por la unión de los labios de ambos.

MELIODAS Y ELIZABETH SE DAN UN BESO MIENTRAS LLEGA ZELDRIS 🤩💥

La tercera princesa del Reino de Lionés no podía ocultar la sorpresa en su mirada, no solo por la confesión que tanto anhelaba saber, sino por el hecho de que aquel contacto le resonó profundamente.

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