Argentina ha sido cuna de grandes talentos del humor, artistas que con su ingenio y carisma conquistaron al público, dejando una huella imborrable en la cultura popular. A continuación, recordamos a algunos de los humoristas más queridos que nos dejaron, pero cuyo legado perdura a través de sus inolvidables personajes y anécdotas.
Roberto Fontanarrosa: El Negro Inmortal
Roberto Fontanarrosa, conocido cariñosamente como "El Negro", fue un humorista gráfico y escritor cuya obra trascendió fronteras. Su carrera como humorista gráfico comenzó en 1968, cuando publicó su primera viñeta, en la que podía verse a un policía con su macana manchada de sangre roja, mientras reflexionaba: “No hay ninguna duda, eran comunistas”. En 1981, un libro suyo puramente textual fue publicado bajo el título de Best Seller, que al año siguiente tendría una secuela llamada El área 18. En los últimos años, al “Negro” Fontanarrosa se le detectó la esclerosis lateral amiotrófica, que fue minando sus capacidades motrices, aunque él siguió ingeniándoselas para continuar con sus actividades.
Su sepelio en Rosario fue un reflejo del cariño que le profesaba la gente. Los restos del humorista fueron velados en Rosario y el gobierno de la provincia de Santa Fe decretó jornada de duelo por su fallecimiento. La extensa caravana de automóviles cumplió con un rito que el humorista repitió una y mil veces en vida: detenerse frente a la cancha de Central. Hinchas fervorosos ataviados con camisetas, gorros y banderas -una de ellas gigante, con un dibujo de Fontanarrosa- entonaron a capella la marcha del club. “En ocasión de la reciente desaparición física del Negro Fontanarrosa se hace necesario reconocer la importancia de su aporte para la ciudad, como digno embajador de la cultura rosarina.

Antonio Gasalla: El Maestro de los Personajes
Antonio Gasalla fue uno de los grandes retratistas de la sociedad argentina, un artista capaz de detectar y dar vida a criaturas que resumían la sensibilidad y las inconsistencias de cada época. Multifacético actor, guionista y director de teatro, su talento inmortalizó a sus hilarantes creaciones en el imaginario popular, a donde las llevó primero desde los escenarios y después desde las pantallas. Sus personajes lograron ser más famosos que él mismo, cultor de la reserva personal, y quizá esa sea la mejor medida de su arte. A los 84 años, falleció este martes en Buenos Aires. Gasalla sufría demencia senil desde hace cinco años y estaba alojado en una clínica especializada. Hace dos semanas había sido internado por una neumonía y su salud se había deteriorado abruptamente en los últimos días. Su muerte fue ampliamente lamentada por la comunidad artística. “Indiscutido referente del humor, creador de personajes que forman parte de la cultura popular argentina”, lo definió la Asociación Argentina de Actores.
Nacido en la localidad bonaerense de Ramos Mejía en 1941, Gasalla se rebeló al mandato familiar que le deparaba dedicarse a la odontología y siguió la vocación que, desde chico, lo había llevado a ver una decena de películas a la semana. Estudió en la Escuela Nacional de Arte Dramático y allí conoció a Carlos Perciavalle, con quien conformaría un inolvidable dúo. “Empezamos a hacer en clave de humor las escenas que hacíamos en serio durante las clases de arte escénico (...): la escena del balcón de Romeo y Julieta o La gaviota de Chejov. En las horas libres, cuando faltaba algún profesor, no nos dejaban salir de clase, así que nosotros ensayábamos, pero un poco pasados de rosca”, contó alguna vez. Juntos, Gasalla y Perciavalle fueron protagonistas, durante las décadas de 1960 y 1970, del auge del café-concert y el llamado teatro de revista en las noches de Buenos Aires, donde el discurso político y la crítica social se aunaban con el show más o menos glamoroso. En ese mundo de la comedia trabajó también con Enrique Pinti.
Con poca presencia en el cine, después de la última dictadura militar (1976-1983), ya en los años 80, comenzó la etapa televisiva de Gasalla, la que masificaría a sus personajes y se extendería hasta la primera década de este siglo. “El mundo de Gasalla” y “El palacio de la risa” fueron algunos de los ciclos donde se sucedían monólogos y escenas de ficción, donde tuvieron lugar nuevas generaciones de artistas entonces relegados a circuitos marginales. Al amparo de la sátira y la parodia, que fueron los mejores registros de Gasalla, tensadas al filo del grotesco y el costumbrismo, allí se desarrollaron sus criaturas más recordadas. Como la anciana Mamá Cora, despistada y deslenguada, aparecida originalmente en la película Esperando la carroza (Alejandro Doria, 1985) -parienta cercana de “La Nona” que encarnó Pepe Soriano en la obra teatral y en la película homónimas-. O Flora, la empleada pública que ejercía la vagancia y el maltrato con gritos estridentes, desidia y eficiencia burocrática. O la oscura y depresiva Soledad Dolores Solari, entre tantas otras. La mayoría de sus grandes personajes representaban a mujeres, que todavía hoy tienen vida y voz propias. En sus filmes trabajó también haciendo un dúo memorable junto a Jorge Porcel luego de trabajar juntos en el programa de televisión y cine Operación Ja-Já.

Alberto Olmedo: El Capocómico Inolvidable
Alberto Olmedo fue uno de los humoristas más queridos y prolíficos de la historia argentina. Su carrera abarcó cine, teatro y televisión, dejando un legado de personajes icónicos y frases célebres. A los seis años, además de concurrir a la Escuela n.º 78 Juan F. En 1947, por intermedio de Salvador Chita Naón, se integra a la clase del teatro La Comedia. Al año siguiente, con su amigo Osvaldo Martínez se incorpora al Primer Conjunto de Gimnasia Artística en el Club Atlético Newell's Old Boys de Rosario. En 1951, como parte de los números de La Troupe, forma (junto a Antonio Ruiz Viñas) el dúo Toño-Olmedo. Ya profesionales, la pareja actúa en varios espectáculos, entre ellos Gitanerías, dirigido por Juanito Belmonte. Comienza a hacer monólogos y pequeños sketchs en La revista de Jean Cartier, donde surge «El profesor de locutores». El 12 de marzo de 1958 se casa con Judith Jaroslavsky y el 3 de diciembre del mismo año nace su primer hijo, Fernando. El 20 de agosto de 1959 se estrena la película Gringalet, de Rubén W. En 1960 comienza en Canal 9 El Capitán Piluso, su primer gran éxito, junto con Coquito (Humberto Ortiz). El ciclo dura poco más de tres años en esa emisora. A fines de marzo de 1964 ingresa al elenco de Operación Ja-Já, un programa de Gerardo y Hugo Sofovich en Canal 11. El 26 de julio de 1964 nace su tercer hijo, Mariano. El 23 de septiembre de 1967 se casa con Tita Russ. En Operación Ja-Ja nacen los personajes Rucucu y el Yéneral González. En enero de 1970 conduce el programa El Test de las familias, que se emite por Canal 9. El 14 de enero de ese año nace su única hija, Sabrina.
En 1972 comienzan los ciclos El chupete, con libros de Juan Carlos Mesa y Jorge Basurto; y Fresco y Batata (con referencia al queso fresco y el dulce de batata), que juntos constituyen un postre popular rápido, sencillo, nutritivo y económico, a la vez que «fresco» se dice de un pícaro (personaje de Olmedo) y «batata» hace alusión a alguien tímido o torpe, personaje actuado por Jorge Porcel, ambos en Canal 13. Al año siguiente debuta en el teatro de revistas en el Teatro Maipo, junto a José Marrone. El 4 de mayo de 1976, en el primer programa del año de El Chupete, con Humberto "Coquito" Ortiz y Oscar Viale como guionistas (elegidos por Olmedo), se anuncia la falsa noticia de la «desaparición física» de Olmedo. Una semana después, como consecuencia de esta broma, ideada por Viale (con referencia a las desapariciones forzadas que estaban ocurriendo por los militares en el poder), le levantan el ciclo y echan a Coquito Ortiz y Oscar Viale. A raíz de este incidente Olmedo fue «borrado» de la televisión por dos años. En 1977 estrenó la película Las turistas quieren guerra, donde el nombre de su personaje es Alberto Mautone, en homenaje a su apellido paterno. En 1980 protagoniza junto a Susana Giménez el ciclo Alberto y Susana, en Canal 13, con libros de Hugo Moser, Víctor Sueiro y Humberto Ortiz. En el año 1981 comienza en Canal 11, bajo la dirección de Hugo Sofovich, el que sería su último y más exitoso programa de televisión, No toca botón, y estrena en el Teatro Metropolitan, junto a Porcel, Susana Giménez y Moria Casán, La revista de las superestrellas, también de Hugo Sofovich. En julio de ese año se separa de su segunda esposa. En el programa No toca botón, de 1983, nacen dos personajes exitosos: Lucy (una sátira de Tootsie) y el Nene.

Olmedo junto al elenco femenino de No toca botón en 1985. Paradas, de izquierda a derecha: Adriana Brodsky, Silvia Pérez, Beatriz Salomón y Susana Romero. Durante la temporada veraniega de 1985 en Mar del Plata, protagoniza la comedia El bicho tuvo la culpa, dirigida por Hugo Sofovich. Ese año comienza el ciclo de No toca botón con la quema del disfraz de Rucucu en vivo y la presencia de Enrique Pinti, Juan Carlos Altavista, Luis Brandoni y Susana Traverso. En 1985 se estrenó la película Mirame la palomita y en su presentación se ven varias tomas de la ciudad de Mar del Plata filmadas desde un vehículo en movimiento. En el verano de 1986 presenta El bicho tuvo la culpa en Villa Carlos Paz. Este es el año de «El manosanta», «Álvarez y Borges» y «El mucamo Perkins». Comienza la Fiebre Olmedo. Durante el verano austral de 1987, la obra bate el récord histórico de asistencia de público a la sala, con 119 877 espectadores. Ese año gana el premio Estrella de Mar. El programa No toca botón pasa a Canal 9 y nace el personaje «Rogelio Roldán, jefe de cadetes». A comienzos de 1988 protagoniza en Mar del Plata la obra Éramos tan pobres, dirigida por Hugo Sofovich. Durante el verano de 1988 en Mar del Plata, estrenó la obra Éramos tan pobres y filmó, junto a Jorge Porcel, la película Atracción peculiar, que se estrenó el 3 de marzo. Sin embargo, Olmedo nunca llegó a verla ya que dos días después, en la mañana del 5 de marzo, luego de una noche de muchos excesos[7] junto a su pareja Nancy Herrera, cayó desde el balcón de su departamento del piso 11 del edificio Maral 39, y falleció en el acto, a la edad de 54 años. No obstante, la principal hipótesis[cita requerida] sobre su muerte fue que estaba drogado y algo ebrio, y que, jugando bajo los efectos del alcohol o la droga, se subió peligrosamente sobre la baranda del balcón y al perder el equilibrio cayó hacia el lado de afuera. Fue rápidamente sostenido por Nancy Herrera de sus muñecas, pero ella no pudo sostenerlo mucho tiempo para salvarlo, por lo que cayó al vacío y aún ya caído en la calle sostenía una bolsita de polietileno rosado que supuestamente contenía la droga que había consumido. Su madre, Matilde de Olmedo, al momento de la muerte de su hijo se encontraba visitando a su hija en la provincia de La Rioja. El 6 de marzo de 1988, luego de enterarse de la noticia del deceso de Alberto, sufrió un ataque cardíaco en el Aeroparque Metropolitano, a los 79 años de edad.
Tras la muerte de Olmedo, Jorge Porcel, su compañero por excelencia en el cine, protagonizó solo una única película más en la Argentina, El profesor punk, estrenada apenas 4 meses después de la tragedia, en julio de 1988. Este filme muestra una actuación de su protagonista más comedida y sobria que la usual (aunque siempre cómica), y al final tiene una noble dedicatoria a su compañero y amigo, con la imagen de la última escena que compartieron, en Atracción peculiar. Su deceso prematuro provocó una profunda tristeza entre sus seguidores. En Rosario, donde nació y pasó sus primeros años de vida, es homenajeado con una escultura de bronce. El músico argentino Fito Páez, nacido también en la ciudad de Rosario, le dedicó una emotiva canción llamada «Tema de Piluso» que pertenece al álbum Circo Beat, lanzado en 1994. En Buenos Aires, una columna baja de ladrillo, en la avenida Corrientes 1753, obra de José Martínez, tenía en su parte superior las huellas dejadas en cemento de las manos del actor. Fueron robadas en 2009 y en un acto de desagravio se colocó una nueva en agosto de ese mismo año. ¿Qué quiero que quede de mí? Una estatua a mis manos en la calle Corrientes para que miren y digan: «Chau, Negro». En Mar del Plata, a metros del edificio del fatal accidente, existe un monumento de bronce que lo recuerda, fiel retrato realizado por la escultora Elizabeth Eichhorn, paseo obligado de los turistas que se reencuentran para fotografiarse junto a su sonrisa y su actitud característica. En 2008 el monumento fue destruido totalmente por vándalos.
Se caracterizó por un humor para adultos, con chistes cargados generalmente de doble sentido. Tanto en televisión, como en cine y en teatro, trabajó con los más grandes capocómicos y las vedettes más importantes de su época: Jorge Porcel, con quien formó el dúo humorístico más importante del espectáculo argentino; Tato Bores; Fidel Pintos; Javier Portales; Moria Casán; Susana Giménez o Graciela Alfano.
Toti Ciliberto: Un Ícono de Videomatch
Salvador Maximino "Toti" Ciliberto fue un reconocido actor y humorista argentino, conocido por su participación en programas como Videomatch. Falleció a los 63 años. La noticia fue confirmada por su colega y amigo Larry De Clay, quien expresó en sus redes sociales: "No tengo consuelo. Volá alto, hermano. Te vamos a extrañar toda la vida".
Nacido el 25 de mayo de 1961 en Buenos Aires, Ciliberto inició su carrera en 1992 en el programa "Videomatch", conducido por Marcelo Tinelli. Allí, participó en numerosos sketches humorísticos, destacándose con personajes icónicos como el gaucho Martín Fierro, que lo consolidaron como una figura central del humor televisivo en Argentina. Además de su destacada presencia en la televisión, Ciliberto tuvo una activa participación en el teatro de revista y el cine argentino. Compartió escenario con grandes figuras del espectáculo nacional como Nito Artaza, Miguel Ángel Cherutti y Carmen Barbieri, llevando su humor a escenarios de todo el país. Su estilo popular, cargado de guiños al humor clásico y a la picardía criolla, lo convirtió en un referente de la comedia porteña. Fue un comediante que logró conectar con el público gracias a su estilo sencillo, directo y empático. Su humor, muchas veces basado en situaciones cotidianas y personajes populares, generaba identificación y cariño en las audiencias de todo el país. Siempre se mostró accesible y humilde, cualidades que lo convirtieron en un artista querido tanto dentro como fuera del ámbito artístico.

Más allá de su éxito profesional, Ciliberto enfrentó desafíos personales significativos. En entrevistas, compartió abiertamente su lucha contra la adicción a la cocaína durante los años de mayor exposición mediática. Sin embargo, encontró en la religión un refugio y una vía de recuperación, convirtiéndose al cristianismo y participando activamente en actividades eclesiásticas. Participaba activamente en iglesias evangélicas, donde brindaba charlas motivacionales para jóvenes y adultos, transmitiendo un mensaje de fe y esperanza. Desde sus redes sociales, solía compartir reflexiones sobre la vida, el perdón y el cambio interior. Su partida generó una profunda tristeza en el mundo del espectáculo. Toti Ciliberto dejó una huella imborrable en la comedia argentina. Su capacidad para generar risas y su valentía para enfrentar y compartir sus batallas personales lo convierten en una figura recordada y querida por colegas y seguidores.
En diálogo con TN, Larry De Clay reveló algunos detalles de lo ocurrido con el humorista: "En la madrugada entró en paro [cardiorrespiratorio]”, comentó. Y agregó: “Estamos todos destrozados. Hace un día y medio que estamos con los muchachos hablando con su actual pareja y con el hijo. Él había tenido un problema hace tres o cuatro meses y nos enteramos ayer [por este lunes] que se había descompensado a la noche. Lo internaron de urgencia".
Pachu Peña también acudió a su cuenta de Instagram para expresarse sobre la partida de Toti Ciliberto: “Descansa en paz, Toty querido. Qué tristeza”. Además de ShowMatch, la destacada carrera de Ciliberto tiene participaciones en programas como Mar de Fondo, Poné a Francella, Dadyvertido y Peluquería de Don Mateo, entre otros proyectos.
Carlos Parrilla: Un Talento Truncado
Carlos Parrilla fue un humorista con un talento único y una propuesta escénica original. Lamentablemente, su vida fue truncada por una decisión personal. El 13 de octubre de 1992, Carlos Parrilla se quitó la vida; dos días después hubiera cumplido 30 años. Querido, talentoso, joven, con propuestas laborales más que interesantes y un humor único, Carlos Parrilla era uno de los humoristas del momento. Sin embargo, algo se rompió dentro de ese hombre que lograba sacarle carcajadas a todos. De afuera parecía transitar un presente luminoso, pero la oscuridad lo acechaba hasta que finalmente lo atrapó.
Parrilla contaba que decidió ser actor como segunda opción. En su casa anunció que quería ser marinero, pero su mamá le replicó que en su familia no tenían barco ni pensaban tenerlo, así que mejor pensar en otra cosa. Sin posibilidad de navegar, a los 15 años se anotó en un curso de actuación y, aunque no era marinero, lograba que todos se ahogaran... de la risa. No solo conseguía divertir a su familia, sino también a compañeros, a profesores y hasta al ordenanza que se acercaba a verlo, atraído por las carcajadas. Cuando terminó el secundario, y como todos le aseguraban que “ser actor no es una carrera”, se anotó primero en Medicina y luego en Psicología. Al año abandonó y se pasó a Letras. Las carreras universitarias cambiaban pero su pasión por la actuación seguía: comenzó a estudiar teatro con Carlos de Urquiza.
Alentado por su profesor, se lanzó a realizar espectáculos de café concert. Su primera presentación se llamó Humor a la Parrilla y era un unipersonal en donde mezclaba textos de Roberto Fontanarrosa con otros propios con las noticias del día. Solía engancharse hablando con el público tanto que se olvidaba que el lugar debía cerrar; más de una vez los técnicos lo amenazaron con que se bajara del escenario, o lo bajaban... Para ese tiempo y con 20 años comenzó a dar clases de teatro. La actriz Maricel Álvarez fue una de sus alumnas. “Era uno de esos profesores que valoraba la formación y alentaba a que nos formáramos. Al año de estudiar con él, me echó. Me dijo: ‘Usted vaya a estudiar teatro en serio’”. Como Maricel estudiaba Letras, le advirtió que “no cometiera el error de recibirse”. Sus alumnos lo adoraban porque no solo era un docente comprometido y apasionado, sino también un tipo con mucho carisma, siempre con las pilas puestas y una capacidad única para levantar el ánimo de todos. Era simpático y gracioso, pero sin ser cargoso, nada que ver con tanto famosillo agradable a primera vista pero que a segundas ya sacan ego máximo y empatía mínima.
Fue en 1988 que Parrilla conoció a Atilio Veronelli. El actor, humorista y director teatral lo recuerda para Teleshow. “El dueño de El Pozo Voluptuoso, un local de Palermo, me preguntó si quería trabajar ahí, acepté y en el horario posterior estaba siempre Carlos. Era a la gorra y a mi espectáculo venían 10 personas y al de él, 15, porque invitaba a sus alumnos”, recuerda con humor. “Nos hicimos amigos. Un día me preguntó si conocía a (Antonio) Gasalla, le contesté que sí, me insistió e insistió para que lo llamara, hasta que lo hice. Terminamos tomando un té los tres en la casa de Antonio y lo invitamos a que nos viniera a ver. Vino, pero no nos dijo nada. A la semana llamó al teatro, nos convocó a su casa y nos contó que estaba armando un elenco para su programa en Canal 7 y que quería que nos sumáramos”. Ese grupo era una Selección de humoristas: además de Parrilla y Veronelli estaban Juana Molina, Daniel Aráoz, Juan Acosta, Luis Maceo y Georgina Barbarossa. “Al recordarlo, inmediatamente me surge una sonrisa -le cuenta Georgina Barbarossa a Teleshow-. Carlitos era pura alegría, buena onda y reírnos a lo loco. Nos descomponíamos de risa. Nos reuníamos en casa solo para hacer pavadas, no en el escenario... ¡en la vida!”. Era un canto a la alegría por eso su despedida fue tan trágica. Nunca nos imaginamos algo así más de una persona que era pura alegría y amor”. La actriz reconoce que hablar de Parrilla en pasado todavía le resulta muy doloroso: “Saber que no lo tendríamos más en las improvisaciones, en los personajes y locuras que hacía, en todo lo genial que era. Era un creador.”

En El mundo de Gasalla, Parrilla se convirtió en Ortivelli, el preceptor de escuela alcahuete de la directora, y en el pibe Melena, dos de sus personajes más populares. Eran seres callados y sumisos, pero donde el humorista mostraba todo su talento: con gestos mínimos lograba la carcajada. Pasó de ser reconocido solo por sus alumnos a los autógrafos. A la salida del canal o por la calle, lo palmeaban y le gritaban “ídolo”. De esa época Veronelli, conserva “millones de anécdotas, pero la mayoría son incontables”. Hace una excepción. Carlos tenía mucha confianza en Atilio y le dejó la llave de su casa. “Vivía con una chica con la que yo había tenido cierta onda, así que sabía cosas. Una noche Carlos se había ido a una fiesta y yo estaba con Antonio, con quien solíamos ver algún video, pero esa vez no teníamos nada. Parrilla me había comentado que conservaba una película de Mastroianni, así que fuimos hasta su casa y como yo tenía la llave, entramos”. La novia de Parrilla sintió ruidos y, entredormida, preguntó qué pasaba pero Veronelli imitó la voz de su amigo y la tranquilizó. Con Antonio tomaron el video y la videocasetera, y fue entonces que se les ocurrió cambiar todos los muebles de lugar. Al día siguiente Parrilla les contó que habían entrado en la casa. Veronelli, disimulando la risa, comenzó a preguntarle si lo estaba acusando a él, ya que contaba con la llave, mientras Gasalla le aseguraba, serio, que “debe haber sido alguno de esos chongos que conocés”. Recién a las dos horas le dijeron la verdad. Parrilla estuvo una semana enojado y la furia recién se le fue con una cena de desagravio. “Fue el mejor amigo que tuve” finaliza Veronelli y en su voz se nota que Carlos fue de esa gente que cuando se cruza en nuestras vidas se vuelve tan importante que, cuando se van, no dejan una marca sino una cicatriz.
En el verano del 91 a Parrilla le llegó una gran oportunidad. Dejó el equipo de Gasalla para conducir en Canal 9 el programa El ritmo de la tarde, junto a Ricky Maravilla. El ciclo salía desde Mar del Plata y el actor reconocía, entre divertido y asombrado, que había aceptado a cambio de “un contrato por un año y una fortuna”. Al tiempo recibió un llamado de la Gerencia de Noticias de Canal 13. Lo convocaban para el programa éxito del momento: 3.60 todo para ver. Carlos Parrilla era muy querido por todos. Se lo notaba triste, había adelgazado mucho y se sentía cansado. Aunque su estado no era el mejor, gran profesional, viajó a Estados Unidos a realizar notas para 3.60 y se encargó de hacer reír a todo el equipo. Al volver le avisaron que debía viajar a Villa Gesell para cubrir una fiesta local; se negó y explicó que estaba agotado. La producción se asombró porque era la primera vez que desistía de realizar una nota, pero lo entendieron.
La mañana del martes 13 Parrilla se arrojó desde el noveno piso. Las crónicas de ese día cuentan que lo encontró el encargado, que primero avisó a la Policía y luego al actor Arturo Maly que también vivía en ese edificio. “Fui el primero que lo vio en el piso. Todavía estoy shockeado. Nos cruzábamos normalmente como cualquier vecino y nos quedábamos charlando un rato. Los exámenes médicos confirmaron que en su cuerpo no había rastros de drogas ni alcohol.
A 29 años de su decisión, los mismos que vivió el actor, Veronelli se anima y comparte qué sucedió. “El día que él decidió irse fue el día de mi cumpleaños. Yo cumplo el 13 de octubre y él, el 15, entonces solíamos hacer una fiesta el 14. Nos teníamos que ver luego de un rato largo sin encontrarnos. Sabía que estaba más flaco pero lo atribuí a que trabajaba mucho”. “Pero no era por eso: le habían dado su diagnóstico de sida, y en ese momento no estaban ni los cócteles ni los tratamientos. Hoy es una enfermedad crónica, pero en ese tiempo era una sentencia de muerte. Y se ve que Carlos no quiso esperarla”.
Carlos Parrilla... y el pórque de su trágica decisión....
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