El fascinante mundo de "Caminar en mis zapatos" (Manhwa): Una colección de calzado sin precedentes

La narrativa de "Caminar en mis zapatos" nos sumerge en una historia insólita sobre la pasión por el calzado y la creación de una colección monumental, narrada a través de los recuerdos de Mauricio. Su relato se entrelaza con el de Begoña, una figura clave en esta odisea, y juntos emprenden un viaje que trasciende la mera acumulación para convertirse en un fenómeno mundial.

“Yo ya tenía treinta y tantos cuando conocí a Begoña”, comienza Mauricio, evocando los inicios de una amistad forjada en el amor compartido por los zapatos. “Ella también andaba acercándose a los 35. No sé si 33 o 34, pero aún tenía esa sonrisa de travesura que supongo que traía cargando desde que era niña”.

Mauricio se describe a sí mismo como un apasionado de los zapatos, aunque en aquel entonces su fervor no alcanzaba las dimensiones de Begoña. “A mí en ese entonces, sólo me gustaban mucho los zapatos. No tanto como a ella, pero sí me encantaban. Nunca pensé que fuera a llegar a tales límites. Sí, claro que conocía todos los museos del zapato del mundo, y tenía catorce libros del tema. Pero hasta ahí. Begoña tenía en su casa en ese entonces una recámara exclusiva para todos los pares que había comprado. Más de 500 pares antes de conocerla.”

El recuerdo del primer encuentro es vago, pero la esencia permanece. “¿Tú eres el que sabe mucho de zapatos?”, le preguntó Begoña, con un tono que Mauricio percibió entre altanero y halagador. Intimidado, su respuesta fue un silencio contemplativo, mirando al suelo. A partir de ese momento, su amistad comenzó a tomar forma, metaforizada por Mauricio como la creación de un zapato: “Fuimos haciendo como un zapato de nuestra amistad. Desde recortar el cuero, es decir, definirnos cada uno de nosotros, poner límites, marcar el borde, hasta coser momentos, compartirlos, pegarlos, amoldarlos”.

Ilustración de dos personas construyendo un zapato juntas

El sueño de Mauricio era ambicioso: “Yo ya tenía ganas de hacer un gran museo, algo como lo que vi en el Laffayette cuando fui a Pantan”. La idea de crear un museo del calzado en México, superior al existente, se convirtió en un objetivo compartido. “Pensé que podía hacer un buen museo del calzado en México. Mejor que el del Borceguí. Sinceramente, nunca me imaginé cómo se iban a dar las cosas, pero tanto ella como yo empezamos a juntar la mayor cantidad de piezas posibles. Y a leer literatura del tema. A desayunar, comer y cenar catálogos. En menos de dos años, ya teníamos la mayor colección de Latinoamérica.”

Mapa de Latinoamérica con puntos destacando colecciones de zapatos

La búsqueda de piezas únicas los llevó a aventuras extraordinarias. “Un día tuvimos que viajar en motocicleta durante tres semanas por diferentes aldeas de África del Este para conseguir los que están hechos de botella de refresco. El recorrido comenzó en Nakuru, pasando por Kisii y Migori, hasta atravesar la frontera y llegar a Tarime, donde un vendedor de plátanos me bautizó con el nombre de Chacha y me vendió sus zapatos de botella de plástico.” La audacia los caracterizaba: “Tuvimos que aplicar las técnicas del curso de espionaje tomado en Ottakring, cerca de Viena, para entrar a su suite y robarle el par de zapatos Teddy de diamante que él tanto amaba.”

Su reputación creció exponencialmente en el mundo del calzado. “Hicimos de todo por conseguir piezas de calzado. Íbamos a todas las subastas, ferias y festivales. Conocíamos a todos los diseñadores, artesanos y zapateros del mundo. O mejor dicho: después de ese tiempo, todos los diseñadores, artesanos y zapateros del mundo nos conocían a nosotros.” Figuras prominentes del sector buscaban su consejo: “Phil Zwibel de Toronto, nos preguntaba qué zapatos exportar a Canadá. José Amat Amer de Elda nos mandaba sus libros para que los aprobáramos antes de publicar y Valerie Steele de NY nos consultaba para la curaduría de las exposiciones de calzado en el FIT.”

La iniciativa "Zapatos para todos", concebida como una ONG mundial con sede en Zúrich, surgió de forma orgánica. “Obviamente lo de la fundación fue algo que nació prácticamente solo”, explica Mauricio. La gente, al escuchar "fundación" o "ONG", asumía que se trataba de beneficencia para los necesitados. “Seamos sinceros, la gente escucha la palabra fundación o las siglas ONG y piensa en automático que es para ayudar a los pobres. Pobres ellos, pobres de mentalidad.” Sin embargo, Mauricio reinterpreta la pobreza: “Aunque de alguna manera éramos los pobres, ¿no? Necesitábamos más y más zapatos. Los necesitábamos para nuestra colección. Y cuando alguien necesita algo es pobre. La RAE lo dice en su primera definición. Pobre = necesitado”.

La respuesta del público fue abrumadora, con donaciones llegando de todas partes del mundo. “La gente se dejó llevar por el nombre de Zapatos para todos y empezó a donar zapatos. Más zapatos. Nos llegaban de todo el mundo. Paquetes de DHL, UPS, y Estafeta con remitentes en idiomas tan extraños que los encargados de correos los entregaban a nuestra dirección no porque lo hubieran leído, sino porque sabían que si eran zapatos, eran para nosotros.” La colección se enriqueció con piezas exóticas: “De Kalaallit Nunaat nos llegaban pares hechos con aletas de Pingüino Emperador. De Stanley, en las Malvinas, el par de mocasines del obispo-comisario de Christ Church Cathedral, en Ross Road. Recibimos unos zapatos de cordero curtidos en sal del chamán musulmán de Pavlodar en Kazajistán.”

El número de piezas se disparó: “Ahí el número de piezas excedía ya los tres mil millones”, suspira Mauricio. “Ya sé, suena increíble, pero teníamos contados cada par y lo más maravilloso era eso, que todos tenían par. Eran ya trece edificios llenos de calzado. Y cuando digo edificios, me refiero a eso, rascacielos. Nuestras bodegas estaban en las principales ciudades del mundo, por cuestiones estratégicas.”

Infografía mostrando el crecimiento exponencial de la colección de zapatos

La magnitud de la colección atrajo la atención mundial. El gobierno de Polonia propuso donar en comodato los zapatos de Auschwitz, lo que planteó un desafío logístico. “No había espacio para ellos en ninguno de nuestros edificios, así que decidimos construir un espacio para ellos en el lugar en el que nos dijeron que pertenecían. Quisimos hacer un edificio entre Bayt Awa y Shekef. Pero vaya que fue un problema complejo. Ninguno de los dos países quería que pusiéramos ahí los zapatos en un principio, pero después, los dos países querían que pusiéramos ahí los zapatos. Se dieron cuenta de la importancia política que tenía para ellos tener un museo de nuestra colección en su territorio.” Finalmente, la decisión se tomó: “Fue muy difícil para nosotros tomar una postura. Así que los trajimos para Pantan.”

La competencia entre Mauricio y Begoña se convirtió en un motor para la expansión. “Nosotros éramos un par. Y competíamos entre nosotros, como compite el izquierdo en no sólo alcanzar, sino superar al derecho. Si ella conseguía robarse las pequeñas sandalias que había usado Cayo Julio César Augusto el día de su muerte, y por las cuales había recibido el apodo de Calígula, yo conseguía las botas que había usado Neil Armstrong ese 20 de julio del 69. Si ella compraba los zapatos invisibles que caminan solos, yo conseguía los zapatos para las personas sin piernas. Los que impiden caminar, contra los que no son para humanos. Ella y yo. Izquierdo y derecho.”

Pero la competencia no se limitaba a sus adquisiciones individuales: “Hacíamos par (ella y yo juntos, representando a la humanidad como una sola cosa) con los mismos zapatos. Entre ellos y nosotros también había una competencia que nos hacía caminar. Si creíamos que acabábamos de conseguir la pieza más extraña, más diferente, más inverosímil, surgía por ahí el rumor de un par que aún no poseíamos. Y en su búsqueda, nos encontrábamos otros ejemplares más extraños que inmediatamente comenzaban a formar parte de nuestra colección.”

La colección llegó a un punto culminante: “Llegó un punto en el que la gente ya caminaba descalza por todo el mundo. Era una liberación. Todos los zapatos los teníamos nosotros.”

La historia culmina con una decisión drástica de Begoña: “Hasta ese día”, traga saliva Mauricio, “ese día, Begoña decidió llevar las cosas hasta el extremo. “Ese día, el día que ya no quedaban más zapatos en el mundo, Begoña decidió dar el paso definitivo”.

Ilustración de un mundo sin zapatos, con personas caminando descalzas

La HISTORIA del ZAPATO: Desde la Prehistoria Hasta la Moda Actual

Mauricio concluye su relato con gratitud hacia el escritor que se atrevió a escuchar y publicar su historia, reconociendo la verdad detrás de lo que muchos podrían considerar un cuento. “Gracias”, dice, “por que aunque todos piensen que es un cuento, tú y yo sabemos la verdad. Bego fue capaz de todo”.

La historia de Fabia Sheen, una adolescente en Tokio, se presenta como un contraste, introduciendo un nuevo escenario y personaje. “Fabia Sheen, una adolescente de cabello azul obscuro brillante y algo ondulado, vestía el uniforme de una de las preparatorias más exigentes y costosas de la ciudad de Tokio, consistía en una falda negra que le llegaba hasta las rodillas, medias cortas negras, estas debían llegar hasta un poco más abajo de las rodillas y zapatos bajos negros.”

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