Blas Cabello Cespedosa, a sus 90 años, mantiene viva la esencia de un niño perpetuo. Su voz, con ese soniquete alegre y cantarín que evoca la felicidad navideña, es un canto agudo e inconfundible que resuena cada 22 de diciembre en España. Este canto, que transforma por unas horas un trozo de papel en una lluvia de millones, tiene como protagonistas a un grupo de infantes peinados con la raya al lado, luciendo sonrisa y el uniforme de uno de los colegios más antiguos del país.
Blas ensayó este canto hasta que quedó grabado a fuego como una letanía sagrada para llevar alegría a los hogares. A pesar del paso de las décadas, el recuerdo de su infancia, transcurrida entre los años negros de la guerra y la posterior y gris dictadura, acude fresco a su memoria. Más que el yugo y los sueños de las bombas, en su memoria perdura la melodía aguda y entrañable que ensayó una y mil veces entre los ocho y los 14 años. “Fueron unos años muy felices, aunque a mi me pilló la guerra”, recuerda.
Cuando las bombas comenzaron a caer en Madrid, los responsables del colegio tomaron la decisión de trasladar a los niños a un lugar más seguro: Villanueva de Geltrú, una localidad costera a 50 kilómetros de Barcelona. Todo ocurrió de un día para otro: “Nos cogieron, montamos en unos coches y a los dos días estábamos en Barcelona. De lo que estaba ocurriendo nosotros no teníamos ni idea. No nos dijeron nada”. Blas se vio sorprendido por la Guerra Civil cuando había cumplido diez años y llevaba dos en el centro. Era el más joven de siete hermanos y el único al que la familia inscribió en el colegio de los niños de la lotería. Desde el año 1934, y durante los seis años siguientes, solo veía a su familia una vez al mes. “Mi madre se quedó viuda y no podía cuidar de mí porque tenía que trabajar.
El Gordo de Navidad de 1936 fue muy distinto a como había sido hasta entonces. Por el mismo motivo, y tras el traslado del gobierno republicano a Valencia, el sorteo del Gordo de Navidad encontró una nueva sede en la capital del Turia. Era una solución momentánea, ya que el Madrid de aquellos años se encontraba inmerso en plena batalla. Por ese motivo, advirtiendo que los bombardeos no cesarían en la ciudad, la República de Manuel Azaña se trasladó a Valencia el dos de noviembre de 1936. Y con la administración, el sorteo de Navidad. Los niños de San Ildefonso, ya célebres en el imaginario popular, se quedaron sin cantar los números de la fortuna.
Blas vive hoy en Vallecas, al lado del estadio del Rayo. Su casa, un pequeño piso de cuatro habitaciones, es un álbum lleno de instantáneas en blanco y negro de su juventud como niño. Recuerda los cientos de ensayos que los niños de aquel colegio llevaban a cabo para perfeccionar la técnica del canto de la lotería. “Ensayábamos durante varias horas dos veces a la semana”. Sus manos temblorosas extraen una a una las fotografías en las que posa un joven repeinado y engalanado en medio de la calle Alcalá. “Mira esta, ensayando para el sorteo. Sí, sí, ese de la izquierda.” La hija del dictador aparece en el centro de la imagen con la mano derecha en alto, haciendo el saludo de La Falange. La instantánea pertenece a una visita de la familia Franco al colegio, ya con la guerra terminada y los niños de vuelta en la capital.
Para preservar la inocencia de aquellos jóvenes, los responsables del colegio les alejaron del conflicto armado. Por eso, a Blas le viene a la cabeza el recuerdo de una infancia apacible cuando echa la vista atrás durante los años de la guerra. “Yo la guerra no la viví, porque en Villanueva de Geltrú estábamos muy tranquilos. Nos llevaron balones, juegos y de todo. Allí no nos faltaba de nada”. Solo en una ocasión tuvo consciencia de lo que sucedía en el país. Fue en ese viaje de camino a Barcelona cuando vio por primera vez las bombas cayendo desde el cielo. “Estaban los aviones, recuerdo el ruido y cómo bombardeaban. Preguntábamos a los profesores qué pasaba. Y ellos nos decían: ‘No esto no es nada, aquí no pasa nada’. Pero por el resto, todo fue como si no hubiera habido guerra.”
Blas recuerda, emocionado, pese a la tranquilidad de verse alejado del conflicto, cómo lo más difícil de aquellos días fue verse apartado de su familia. Su madre se quedó con sus hermanos en Madrid durante la guerra. Durante meses no se pudieron ver. “Ella consiguió un salvoconducto para venir a verme, porque ella estaba en el otro lado, donde los rojos. Y a los pocos meses vino a Barcelona a verme”.
Mientras los niños de San Ildefonso estaban recluidos en Barcelona, el sorteo tenía lugar en Valencia. Formados en equipos de cuatro, los niños del San Vicente Ferrer comenzaron a cantar a las nueve de la mañana de aquel 22 de diciembre. Con menos expectación que otros años, según los reporteros locales. En sustitución del salón de sorteos de Madrid, una nave propiedad del empresario Nebot, la cedió voluntariamente. En ella, más de 2.000 personas presenciaron, en un escenario presidido por la senyera y la bandera nacional. Los niños del Colegio Imperial San Vicente Ferrer acudieron elegantes al evento. Pantalón bombacho, calcetines y jersey de lana.

“Por primera vez en la historia de la Lotería española, desde que fue fundada en 1763, se celebró ayer el sorteo denominado de Navidad en Valencia, habiéndose trasladado aquí el parte del personal y útiles de trabajo de este departamento del Estado”. Así arrancaba la crónica del sorteo de la edición del día posterior en el Diario Pueblo. Sin embargo, el ambiente no dejaba de ser el de un país que se comía a sí mismo desde un lado y desde el otro, sumido en las ruinas y los escombros. Así lo percibían algunos diarios, como el periódico La Voz Valenciana.
Al día siguiente del sorteo, el diario mostraba un cierto pesimismo con respecto al mismo: “Las trágicas circunstancias que ensangrientan la tierra española han impedido que el sorteo pudiera celebrarse en Madrid con su cola y su frío y su pintoresquismo famoso. El Primer Premio tardó horas y horas en salir, tanto que el juego al que todos juegan en las fiestas navideñas se convirtió en una soporífera espera prorrogada durante toda la mañana. Tanto que el cronista lo reflejó al día siguiente a su manera: “ A partir de este instante, el acto perdió todo su interés, terminando a poco, pues no recordamos haya tardado nunca tanto el primer premio en salir del bombo”, escribía el Diario Pueblo.
Mientras tanto, en Barcelona, Blas y el resto de sus compañeros sentían la nostalgia por algo que nunca pudieron vivir. Al día siguiente del sorteo, algunos periódicos trataban de aleccionar a las tropas aprovechando la celebración del sorteo. El agraciado fue el 5.287, número vendido en Madrid y Reserva y premiado con 15 millones de las antiguas pesetas. El segundo, premiado con 6 millones de pesetas fue el 27.471, vendido en Valencia. El tercero se fue para Barcelona. Pero en la España de aquel diciembre, según los periódicos del momento, no había lugar para la alegría. “Ha terminado el sorteo. La guerra sigue. Duro y terrible contraste. Que nadie lo olvide. En la fortuna como en la desgracia hay que tener siempre fe en la vitoria. En la lotería de la Vida, como en la vida de la Lotería, el desánimo y la cobardía no juegan, no tienen número, ni color, ni signo. Para que la muerte nos llegue alguna vez hay que jugar con fe, aun a trueque de que no nos toque muchas veces.”

Blas salió del colegio a los 14 años, en 1940. No perdió ni un minuto en ponerse a trabajar. “Había que ayudar en casa.” A los niños de este jueves les deseo mucha suerte. Y sobre todo, que no se equivoquen al cantar el número. Que lo canten bien”, señala. En los últimos veinte años, el anciano que nunca dejó de ser aquel niño de la voz cantora recibió múltiples homenajes, le obsequiaron con la orla de honor del colegio, que aún luce orgulloso en cuanto tiene ocasión. Ahora vive solo en Vallecas, en la misma casa desde hace treinta años. Muchas cosas se le pueden olvidar a Blas tras casi un siglo de vida, pero lo que no se le borrará es el agudo gorjeo, el sonido de su número de la suerte, ese que juega cada año y que entona, en cuanto puede, como si fuera el Gordo de aquella Navidad en la que el destino del país le arruinó la oportunidad de canturrearlo: “Para mi, el trece es mi número de la suerte. A mí siempre me ha ido bien con él. Y se canta así: "¡Trecemiltrescieeeeentostreeeeceee!
El Origen de la Lotería de Navidad: Cádiz y la Guerra contra Napoleón
Tabla de premios del Sorteo de Navidad de 1936:
| Premio | Número | Importe (antiguas pesetas) | Venta |
|---|---|---|---|
| Primer Premio | 5.287 | 15.000.000 | Madrid y Reserva |
| Segundo Premio | 27.471 | 6.000.000 | Valencia |
| Tercer Premio | (No especificado) | (No especificado) | Barcelona |