A mediados de los ochenta, la industria del cómic distaba de ser boyante. Las ventas estaban en descenso, los cómics eran ignorados por los medios de comunicación y la cultura generalista, y los superhéroes eran incapaces de combatir enemigos tales como los argumentos repetitivos y los personajes exhaustos. Pero justo cuando las cosas parecían ir peor, aparece Frank Miller con su miniserie “Batman: El Regreso del Caballero Oscuro” (1986), un cómic en el que fusionó la mitología y épica propias del género con la angustia existencial moderna, creando una obra atemporal e inmensamente influyente que salió fuera del círculo de los aficionados para llegar al público en general.
Como ya había hecho con Daredevil anteriormente, Miller utilizó a Batman para ilustrar la idea de que un individuo que dedica su vida a combatir el crimen como vigilante disfrazado y al margen del sistema legal y policial, puede no estar muy bien de la cabeza. En 1986, esta era una visión nueva y su magistral ejecución narrativa y gráfica le hicieron merecedora de la atención de los medios de comunicación no especializados. Revistas como “Time” o “Rolling Stone” ensalzaron la obra de Miller y la calificaron de auténtico arte; el director Tim Burton la señaló como inspiración directa para su exitosa película de 1989… Gracias a -entre otros- Miller, los cómics de superhéroes empezaron a explorar nuevos senderos artísticos y conceptuales, atrajo a toda una nueva generación de lectores y ayudó a levantar las ventas a máximos históricos. Durante un tiempo, el mundo del cómic se sintió seguro otra vez.
El estilo gráfico de Miller, alejado del que había mostrado en Marvel y evolucionado tras su trabajo en Ronin, adquiere en Dark Knight un nuevo toque que lo acerca al boceto acabado, más que a un dibujo a lápiz perfectamente entintado. La prosa de la que hace gala Miller es bella, elegante y muy poética al ser capaz de captar con ella emociones como el miedo o la tristeza con poderosa eficacia. Miller se suelta por completo al lograr un ritmo narrativo endiabladamente dinámico. Dark Knight es una obra intensa y de lectura pausada, pero de ritmo vivo. Las escenas de acción son un espectáculo por su peculiar puesta en escena.
El Retorno de Caballero Oscuro (o el Retorno del Señor de la Noche, que fue como se tradujo en su primera edición en España a manos de Zinco) no es un cómic al uso. Para empezar nos lanza al futuro, a uno muy oscuro y sucio, donde lo peor de la sociedad parece estar haciéndose más fuerte que nunca. Gotham se pudre mientras se pregunta dónde está Batman que lleva diez años sin ser visto. Miller no se va a limitar a narrarnos el retorno del personaje, sino que lo va a diseccionar para analizarlo de la forma más cruda y visceral, enfrentándolo a sí mismo. Para esto el guionista hace uso de diferentes herramientas gráficas y las usa de forma brillante. La primera de ellas y la más recurrente, es el uso de los noticiarios y programas de televisión a la hora de narrarnos la historia. Otra de las herramientas que usa de manera sistemática son los textos, que lejos de ser meros acompañantes de las imágenes, aquí aportan una profundidad narrativa extrema. Su capacidad para meternos de lleno en la ciudad y sentir su peligro se traduce en unos textos muy elaborados que, aun siendo densos, para nada entorpecen o ralentizan el ritmo visual de la obra.
Batman ha perdido la motivación y ya nada tiene sentido para el hombre que un día protegía Gotham. No se puede hablar de Batman ni de Bruce Wayne sin conocer su pasado. Es cierto que todos conocemos el pasado de Bruce, pero Miller en capaz de volver a visitarlo de manera que no parezca algo ya contado, sino todo lo contrario. Hace uso de esas pequeñas grietas que siempre quedan en las grandes historias para apuntalar en ellas su propia historia. El malvado Dos Caras nunca tuvo opciones. No importa el aspecto físico que uno tenga, pues Batman sabe (y con él todos) que la auténtica fealdad reside en el interior, que la belleza exterior no es más que un disfraz, una máscara tras la que esconderse. Joker, representación del mal, debe su razón de ser a la existencia del bien. Si no hay Batman no hay Joker. Al contrario de lo que el cómic ha declarado clásicamente, es el héroe quien crea al villano y no al revés. En este caso, la encarnación del Joker es la más perversa que se haya visto, quizás por ser la última. Sabe que su única oportunidad de triunfo está en robar la "virginidad" de Batman ensuciando su nombre, de arrastrarlo definitivamente al otro lado, allí donde ya no podrá esconderse tras los valores éticos que mantienen su cordura. Este Batman crepuscular necesita a alguien que cargue con un peso que ya no es capaz de soportar, por eso busca, más que acepta, al nuevo Robin. Superman, su única competencia real en todos estos años, epítome del bien, éticamente superior, sufre el rencor de Batman. Por obligarle a abandonar años atrás, y por lo que representa. Batman ve al kryptoniano como a un ser débil, sin matices, y por tanto incompleto, un dios que por su condición nunca podrá comprender a un hombre común. Han pasado los años, y entre ellos ya no hay disfraces. Ellos son Clark y Bruce, dos personas, dos iguales. Del esperado enfrentamiento final entre ambos sólo puede morir el más debil, y este es Bruce Wayne. La conclusión final no puede ser otra, estuvo ahí siempre: sin personalidad secreta, Batman ya no tiene por qué ocultarse bajo el disfraz de Wayne. Si en Born Again el guionista asesinaba al superhéroe como medio para que el ser humano se encontrara a sí mismo, aquí procede a lo contrario. Matt Murdock se disfrazaba de Daredevil; Bruce Wayne siempre fue la máscara tras la que se protegía el ser real, Batman. Miller juega con lo que mejor domina, la dualidad y el sentido moral, demostrando con gran maestría que en sus terrenos reina el claroscuro.
“Batman el regreso del señor de la noche” es, sin duda la mejor obra jamás publicada en el mundo del cómic, como atestigua el mismísimo Stephen King. Es otro Batman. Mayor, cascado, cascarrabias, violento, atormentado. Sólo puedo decir una cosa. Hay que leer ésta novela gráfica. Es arte.
Ahora avanzamos a 2002, momento en el que aparece “El Señor de la Noche Contraataca” o “DK2”, la secuela de su laureada obra seminal, en forma de miniserie de tres episodios. El lanzamiento se convirtió en todo un acontecimiento mediático, atrayendo más atención que cualquier otro cómic en años. Pero cuando el cómic llegó a los aficionados, las críticas no estuvieron ni mucho menos a la altura de la expectación generada. Al dibujo de Miller le llovieron palos y los chillones colores digitales aplicados por Lynn Varley recibieron calificativos como “enjuague bucal verdoso”. Con las imágenes de los atentados del 11-S aún recientes, el tono del comic, la abierta oposición a la autoridad y el retrato de Batman y los suyos como una suerte de terroristas antisistema cabreó a bastantes. E igualmente malo, a los fans no les gustó nada la forma en que Miller se burlaba de la mitología superheroica.
Resulta chocante y poco habitual que dos obras del mismo guionista/dibujante basadas en los mismos personajes y ambientadas en el mismo mundo susciten reacciones tan opuestas. Pero, ¿qué es lo que hay en “DK2” que despertó tanta animosidad? ¿Era merecida? A su descuidada y tosca manera, “DK2”, como su predecesora, también trató de reflejar el tono y problemas que acosaban tanto a la industria del cómic como a la sociedad del momento. El problema, es que Miller ya había dejado atrás la mejor etapa de su carrera y quería recuperar su pasada gloria apoyándose en el gran Batman, pero ni el momento era ya el adecuado, ni lo que planteaba era novedoso ni su tono gustó a muchos lectores.
“DK2” empieza de forma muy prometedora. América se ha convertido en un estado policial que ha repudiado la carta de derechos civiles, en el que el pueblo carece de poder y cuyo presidente es un holograma controlado por el hombre de negocios más poderoso y despiadado: Lex Luthor. Aún peor: a la mayoría de los ciudadanos no les importa haber perdido sus libertades; están demasiado ocupados viendo espectáculos sexuales y lamentando la disolución de sus grupos pop preferidos. En esas circunstancias, Batman se ha convertido en un extremista al borde de la locura en su empeño de no comprometer sus creencias. Está convencido de que hay una gran conspiración que domina el país…y tiene razón. Luthor y Brainiac han aprisionado, reclutado o chantajeado para que desaparezcan o se sometan a casi todos los héroes de la Tierra. Pero el único al que no pueden controlar es precisamente aquél que no tiene superpoderes, tan sólo astucia y una rabia inmensa. Batman está decidido a destapar el gran engaño y hacer caer ese gobierno títere. Pero todo eso lo vamos viendo conforme transcurre la historia. En el primer número, de hecho, apenas sale Batman. Carrie Kelley, que ha abandonado su alias de Robin por el de Catgirl, realiza con éxito dos temerarias misiones de rescate: la primera la de Ray Palmer-Atom, que ha permanecido prisionero en una placa de petri en instalaciones del gobierno; y el segundo, el de Barry Allen-Flash, obligado a correr en círculos para generar electricidad barata para la mitad del país. Esto no sólo sienta las bases para el tipo de historia que se va a narrar a partir de aquí, sino que establece los méritos de Carrie para liderar a los “Hijos de Batman”. Ese capítulo inicial concluye cuando Superman, la voz de la razón oficial, acude a la nueva Batcueva en un intento de poner fin a los planes de Batman…solo para encontrarse con una sorpresa. Con la ayuda de Atom, Flash y Flecha Verde, Bruce le propina una paliza todavía más morrocotuda que la de “DK”. El propio Batman en persona sólo aparece en las tres últimas páginas, pero cuando lo hace, es para asestar el golpe final, literal y figuradamente, al Hombre de Acero y terminar con una frase lapidaria: “¡Sal de mi cueva!”.
Estructuralmente, este capítulo es como un largo clímax. Miller nos zambulle en la historia a base de acción trepidante, puñetazos y persecuciones, como si estuviéramos asistiendo a la culminación de algo que ha ido preparándose desde hace tiempo. Así que en lugar de generar drama y suspense, dejando que la historia vaya desarrollándose y facilitando que podamos sentir el triunfo de Batman contra el sistema, todo parece apresurado y carente de propósito. Hay muy poco aquí que no se hubiera hecho antes y además mejor en cientos de otros comics. El motivo por el que Miller causó tanto revuelo a mediados de los ochenta con “El Regreso del Caballero Oscuro” fue que los comics no estaban luchando por alcanzar todo el potencial del que eran capaces. Tradicionalmente, la cultura norteamericana ha valorado de forma especial tanto las artes visuales (películas, fotografía, pintura o ilustración) como la literatura. Pero la mezcla de ambas se había considerado -quizá por la pobreza del formato en el que siempre se había publicado y la falta de ambición de los editores- como material para adolescentes. Miller se negó a aceptar semejante estado de cosas. En lugar de dar preeminencia a la acción desaforada sobre el argumento y los personajes, como la mayoría de los comics habían hecho durante años, Miller pobló su obra de personajes complejos que conectaron enseguida con los lectores. En “DK”, Bruce Wayne se transformó de estúpido playboy a psicótico envejecido obsesionado con morir de forma digna. Su némesis, el Joker, pasó a ser un demonio enfermizo inundado de perverso amor por Batman. En muchos sentidos, “El Regreso del Caballero Oscuro” reflejaba la nueva visión que América tenía de los héroes. Como dijo un comentarista, fue como ver un serial de vaqueros de los años cuarenta transformado de repente en el “Sin Perdón “ de Clint Eastwood. Lo que había destacado en “DK” sobre esfuerzos similares como “Watchmen” o “Kingdom Come”, es que aquél utilizaba a los superhéroes para construir una reflexión sobre el mundo real y sus acontecimientos, mientras que muchos de los comics que quisieron seguir su estela se centraron en analizar de forma bastante pomposa lo que significa ser un justiciero enmascarado.
Al plantear una sociedad que renuncia a sus derechos para mantener su seguridad y prosperidad y preguntarse si es mejor ser feliz y esclavo que libre pero descontento, “DK2” ya ofrece materia para el debate, un debate candente en ese momento tras los atentados del 11-S y la legislación aprobada por el gabinete de George W.Bush. Pero Miller no se detiene ahí y carga, utilizando caricaturas extremas de políticos reales, contra un sistema en el que el presidente no es más que una marioneta de hombres de negocios poderosos que recurren al terrorismo. Su veneno no perdona a nadie. En una escena, una caricatura de John Ashcroft (entonces fiscal general del presidente Bush) comparece en una rueda de prensa mientras un superhéroe le pone orejas de conejo por detrás. Imitando el estilo de perpetua indignación moral de Ashcroft, el personaje afirma: “El Departamento de Justicia no ha dado permiso a nadie en esta habitación para entregarse a risas inapropiadas”. Pero, con todo, Miller abandona rápidamente ese contacto con la realidad y sucumbe a la tendencia de la industria, dedicándose a abordar dilemas imaginarios de un mundo ficticio. Mientras que “DK” había tratado de abordar temas reales de una forma provocativa y novedosa, “DK2” se limita a contar una historia más de superhéroes en la que los enemigos no son factores políticos o sociales, sino meramente supervillanos. Por tanto, la rabia que Miller despliega en este comic -y hay mucha, estridente e infantil- no va dirigida contra nada que podamos identificar como real, algo extraído de nuestro mundo. También en este primer número se detectan ya problemas en algo en lo que Miller siempre había brillado: la caracterización. Aquí hay personajes diversos, pero sin personalidad. ¿Hay algo salvable en el primer número? Bueno, Miller decide ignorar la realidad del universo DC del momento y recurre a los personajes de la Edad de Plata. Flash es Barry Allen y se menciona que Hal Jordan (Linterna Verde) aún vive. También se hace referencia a Kara, la prima de Superman. Así que para los fans más veteranos o aquellos muy aficionados a los viejos tiempos, puede tener cierto atractivo verlos de nuevo a todos juntos. Pero si “DK” había mantenido el reparto bajo unos límites manejables (Batman, Robin, Joker, Dos Caras y Superman), aquí la lista de personajes se vuelve ridículamente extensa: Wonder Woman, Shazam, Linterna Verde, Flash, Flecha Verde, Atom, Plastic Man, el Hombre Elástico, Lex Luthor, Brainiac, Question, Jimmy Olsen, Hawkman y Hawkwoman, el Detective Marciano, Supergirl…entre otros. Aunque él ocupe el centro de la narración, ya no estamos ante un cómic de Batman sino más bien de la Liga de la Justicia rediviva. Aunque es cierto que la sátira siempre se ha tomado libertades con la caracterización de personajes, aquí el autor se pasa de la raya. En muchas ocasiones, los personajes de “DK2” actúan no por lo que son sino por lo que representan. Como Miller utiliza héroes que son ya muy familiares para los lectores gracias a su larga trayectoria, se lo puede permitir hasta cierto punto, pero lo cierto es que hay una sobrecarga de personajes que, además, entran y salen de la trama sin orden ni concierto e intervienen de forma que parece aleatoria.
En el segundo número, el minimalismo del dibujo se traslada al del guión, que adolece de una lamentable falta de detalles. En la escena de apertura, por ejemplo, asistimos a un acalorado debate en el que no se sabe muy bien quién participa ni en qué foro o formato. Lo que parece que sí queda claro por fin es lo que Miller pretende: gastar una gran broma o, si se quiere, una sátira. Mientras que “DK” era un drama con elementos satíricos, “DK2” es de principio a fin una enorme broma en la que el autor juega con sus ídolos de infancia y sus fantasías adolescentes de violencia nihilista, machismo y sexo, disfrazándolo de sátira de la obsesión norteamericana por el sexo y la cultura juvenil. Cuando un grupo de aspirantes a superheroínas hipersexualizadas llamadas SuperTías descubren que han cambiado el mundo de verdad, se separan por el estrés que les causa haber conseguido algo más allá de ser sexys y atractivas. “¿Qué es zeitgeist? Suena como una enfermedad”, dice una de esos superficiales ídolos populares. En lugar de recuperar el tono exageradamente pesimista de los comics de la época (y que él mismo ayudó a crear con “DK”), en esta ocasión el planteamiento de Miller consiste en, haciendo observaciones punzantes por el camino, divertirse. Y eso es quizá lo que no acaba de funcionar bien o, como mínimo, no sintonice con los gustos de muchos aficionados. Así, se combinan tragedias horribles como la destrucción de la mitad de Metrópolis (en una serie de planchas que recuerdan el día después de los atentados del 11-S) o la brutal paliza que Luthor le propina a Batman, con pasajes como los que ilustran las extravagancias de un personaje tan loco como Plastic Man; o ese en el que Superman conoce a su hija de diecisiete años, Supergirl y ésta le pide que le explique lo que es el sexo, advirtiéndole aquél que evite las relaciones con humanos porque se rompen fácilmente. Pero ese deseo de divertirse, de hacer literalmente lo que le venga en gana, deriva en problemas de lógica y continuidad, como que Superman y Wonder Woman se comuniquen telepáticamente. ¿Desde cuándo ha sucedido eso? O que en el número anterior Batman cuente con un ejército de ayudantes y aquí no aparezca ni uno solo. La niña con el uniforme de Saturn Girl del número 3 podría justificarse dado que es una poderosa telépata que puede ver en el futuro, pero, ¿qué razón hay para que el Joker vista el uniforme de Cosmic Boy? ¿Y esa estrella de internet vestida de Ultra Boy? ¿Es que la Legión de Superhéroes del siglo XXX es famosa en el XXI? Luego están las torpes ganas de provocar, como hacer que Halcón y Paloma sean gays. Por si marcarles los pezones y la entrepierna no fuera suficiente, se menciona Christopher Street, la calle de Manhattan donde nació el movimiento por los derechos gay. Pero es que como en la continuidad DC Halcón y Paloma son hermanos, Miller no sólo los convierte en homosexuales sino también en incestuosos. Puede que Miller estuviera tan endiosado, tan convencido de su propia genialidad que pensaba que su obra no necesitaba la revisión o supervisión de un editor que le dijera lo que era o no coherente, lo que funcionaba y lo que no. Y es que parece ir improvisando sobre la marcha sin atención a lo que él mismo acaba de hacer: en el primer número, Flash ayuda a Batman a pegarle una paliza a Superman; en el segundo, insiste en que respeta mucho al Hombre de Acero.
En “DK”, Miller proponía una cuestión atrevida: ¿cómo combates el mal si éste no se encarna en un conveniente supervillano sino que está enraizado en la sociedad en forma de decadencia moral y corrupción? Pues bien, en “DK2”, volvemos a encontrarnos con el tópico supervillano a batir. Soy consciente de que Lex Luthor puede servir como metáfora o símbolo de una cierta capa de la sociedad o forma de gestionar el poder, pero aquí la sutileza brilla por su ausencia. Mientras que en “DK” Superman accedía a convertirse en peón del gobierno Reagan por convencimiento, aquí se recurre a una motivación mucho más pedestre e insatisfactoria: si no colabora con ellos, Luthor y Brainiac amenazan con...
Noviembre es el mes seleccionado por DC para el retorno de un cómic que hizo historia en 1986 lanzando su tercera parte. La llegada de Frank Miller a DC nos dejó una obra de corte personal y alejada de los comics de superhéroes, Ronin, publicada a entre los años 1983 y 1984, pero sería en 1986, tras un tiempo apartado de las capas y las mallas, cuando Frank Miller realizaría uno de sus mejores trabajos. Miller no es un artista al uso. Miller siempre marca un camino y nunca deja indiferente a nadie porque, para bien o para mal, Miller es un auténtico y genuino autor, honesto y sin miedo a mostrar lo que piensa en cada uno de sus trabajos. La imagen que Miller tiene de Batman es la de un buen personaje que fue creado para sobrevivirnos a todos y que por tanto su potencial para contar historias es ilimitado. Si hacemos números podemos ver como el año que viene se cumplen la nada despreciable cifra de 30 años desde que se publicó esta obra y su repercusión en el medio continua férreamente asentada en la mayoría de los aficionados al personaje y al cómic en general.
El Regreso del Señor de la Noche contiene una riqueza conceptual mayor que la que reúnen algunos buenos libros. Se abre el telón en mi sección de cómics. Lápices, tinta, colores apagados y amarillos chillones junto a frases hechas, servirán para viviseccionar los cómics que más me han influido y que considero que están a otro nivel del resto. Bien, hechas las presentaciones, piensa en esas noches de verano, con el viento chocando contra el suelo como si fuera fuego. Bochorno, sudor, alguien tosiendo junto a una farola, moscas revoloteando dentro de un contenedor de basura, árboles medio secos ahogándose entre sombras. Piensa en esas dos niñas sentadas en un parque, hablando sobre amores perdidos mientras la luna llena luce majestuosa en lo alto. Mira como de entre un coche negro ,descienden tres encapuchados y se acercan entre risas y siseos hacia ellas. Las niñas se callan de repente. Una de ellas empieza a sollozar sabiendo lo que va a ocurrir. Uno de los encapuchados saca un arma de su chamarra de cuero y comienza a susurrar palabras indescifrables. Así, en las entrañas de esa ciudad, Gotham, violenta, deprimida, envuelta en sombras, es donde Frank Miller, dibujante, guionista y genio, nos suelta para que nos enfrentemos directamente con lo peor del alma humana. El cambio en el universo Batman creado por Bob Kane, es brutal. Gotham es una enorme urbe americana, violenta, calurosa, deprimente y que lleva años sin conocer noticias de aquel héroe que velaba por su seguridad, el hombre murciélago. Es más, los más jóvenes le consideran una leyenda y niegan que haya existido jamás. La ciudad fluye bajo los tentáculos de la televisión donde un cóctel de informativos, debates, programas nocturnos superficiales y arengas religiosas se mezclan, se agitan con fuerza y se nos presentan como algo vital, demandado por los televidentes. La misma sociedad ha cambiado. Se encuentra corrupta, insolidária, sin fé en el sistema. Cada uno vela por si mismo sin prestar atención a las necesidades del vecino. A modo de semilla de ésta vida artificial, un grupo de seudo skin-heads, enmascarados notando la ausencia de poder, se han erigido en la nueva ley y el nuevo caos de Gotham. Roban, extorsionan, violan, descuartizan. Siempre al filo de la navaja. James Gordon, comisario de la policía, que ronda los sesenta y tantos años, envejecido y cansado, suplica ayuda a su viejo amigo Bruce Wayne, ahora un maduro play-boy, cercano al inserso. Debe volver. Y aquí es donde Miller asusta. Un murciélago rompe las vitrinas de la mansión Wayne. Un rayo rompe la noche con violencia. La lluvia en forma de tormenta de verano, comienza a limpiar la basura de las calles. Batman es esa lluvia. Con sesenta años, se nos presenta un héroe, al que la inactividad genera calambres en sus piernas, errores de cálculo y caídas al vacío. Y no es ningún ejemplo a seguir,no. Los medios televisivos debaten en torno a esa figura. ¿Fascista? ¿héroe?… quién sabe. Junto a él, despiertan del letargo viejos conocidos como Joker, el Joker más aterrador y desquiciado jamás realizado en cómic alguno. Cansado de vivir y con el loco sueño de llevarse a la tumba a media ciudad. El mismísimo Superman ya no es más que una vieja bandera de barras y estrellas sumisa, que se pliega ante los gobiernos con su particular empatía, sin mover músculo alguno salvo cuando se lo ordenan. Con los años, se ha acomodado, se ha dejado, se ha convertido en un halcón sin alas posado en el hombro del presidente de los Estados Unidos. La mano que le da de comer, le acarícia y de vez en cuando, le da un cachete por haber sido niño malo. Algo que da nauseas a Batman, a ese Batman de mentalidad cuadriculada y su particular visión de la justícia y la ley y el orden. Lo que desembocará, inevitablemente en la pelea del siglo: Batman vs. La ciudad, la misma sociedad es un vertedero gigantesco. Corrompido y lleno de moscas.Y por encima de toda la basura, la rata suprema. El líder mutante. Jefe de los violentos pandilleros skin-heads que arrasan la civilización. Gruñe, jura que le arrancará el corazón a Batman , nadará en su sangre y chupará sus huesos. Un ser maravilloso. Probablemente nacido de toda la mierda que los ciudadanos de Gotham dejaron, que con los años se colara por sus retretes sociales, hasta atascarse completamente. Destacar también el retorno de Robin. Pero de un Robin nuevo. No se que más decir.
“Batman el regreso del señor de la noche” es, sin duda la mejor obra jamás publicada en el mundo del cómic, como atestigua el mismísimo Stephen King. Es otro Batman. Mayor, cascado, cascarrabias, violento, atormentado. Sólo puedo decir una cosa. Hay que leer ésta novela gráfica. Es arte.
En los 80, John Byrne se acercaba desde la ortodoxia a la perfección estética mediante un dibujo limpio y una narrativa cristalina, abordando las historias clásicas desde perspectivas más modernas. A su vez, Alan Moore sentenciaba con acento iconoclasta la corrección política y la estrechez clásica argumental norteamericanas. En medio de todo ello, un guionista colosal llamado Frank Miller incorporaba, partiendo de una estética noir, una tercera vía merced a la utilización de un método ya probado, aunque nunca de forma tan contundente en el campo superheróico: empujar a los personajes de siempre hasta territorios extremos, allí donde jamás había llegado superhéroe alguno. Así, dotó de humanidad y una pátina de locura a un personaje tradicionalmente segundón, Daredevil, regalando a los lectores una etapa imborrable, culminada posteriormente con una conclusión que convulsionó el mundo del cómic, Born Again, una de las mejores obras que jamás haya visto el medio. En 1986, Miller se embarcó en la ambiciosa empresa de relanzar a un mito cuyos matices oscuros, en estado latente desde su creación, nunca habían sido explotados a conciencia. Batman, el hombre murciélago, iba a ser rebautizado. En El regreso del Señor de la Noche, Miller despliega todo un abanico de personajes irrepetibles, acercándolos sin secretos al lector mediante la continua exposición de sus pensamientos y diálogos. En la forma que tiene Miller de entender el cómic, el personaje es lo más importante, no el decorado. Dotados de una sinceridad que sobrecoge, de una honestidad total, desempeñan su papel con la dignidad propia de quien asiste a la muerte de un icono, de un ser casi mitológico.
Estéticamente, el dibujo sacrifica el preciosismo por la fluidez de la narración, y aunque en algunos momentos se muestra algo confuso, en otros compone viñetas de una brillantez apabullante, auténticos cuadros impresionistas en los que la forma adquiere más valor que el detalle. Si encuentran una edición lujosa no miren el precio. Tendrán una oportunidad única de acceder a una obra imprescindible del cómic de superhéroes y al mejor trabajo de uno de sus indiscutibles maestros.

TRILOGÍA EL CABALLERO OSCURO: cosas que no tienen sentido (Errores, agujeros, review y resumen)
La obra de Frank Miller en Batman, especialmente "El Regreso del Caballero Oscuro", marcó un antes y un después en el género de superhéroes, redefiniendo al personaje y explorando temas complejos con una narrativa y un arte innovadores. Su secuela, "El Señor de la Noche Contraataca", aunque ambiciosa en su crítica social, no logró replicar el impacto y la aclamación de su predecesora, dividiendo a la crítica y a los aficionados.

En "DK", Bruce Wayne se transformó de estúpido playboy a psicótico envejecido obsesionado con morir de forma digna. Su némesis, el Joker, pasó a ser un demonio enfermizo inundado de perverso amor por Batman. En muchos sentidos, “El Regreso del Caballero Oscuro” reflejaba la nueva visión que América tenía de los héroes. Como dijo un comentarista, fue como ver un serial de vaqueros de los años cuarenta transformado de repente en el “Sin Perdón “ de Clint Eastwood.

La violencia en DK va en aumento y crudeza a lo largo de las páginas, pero se trata de una violencia cruda que se integra con los acontecimientos con el único fin de remover emociones al lector. Sin conflicto, sin cambio, sin motivación y resolución no puede haber historia que se precie. Sin un cambio en el estatus del personaje no estaríamos hablando de esta obra de esta forma. Es en este punto cuando empieza una lección de narrativa sin igual. Todo ocurre por una razón, desencadenando otros acontecimientos y la tensión no deja de aumentar en la recta final que nos lleva al clímax, al momento para el que Miller empezó a contarnos esta historia. Resulta complicado seguir en este punto para no romper la magia a todos aquellos lectores que aun tengan que descubrir esta obra, por lo que solo queda decir que es uno de los momentos más potentes visualmente y narrativamente que se han dado en el mundo del cómic. Miller entiende como nadie la relación entre estos dos personajes y la explota hasta cotas nunca antes vistas.
Aunque él ocupe el centro de la narración, ya no estamos ante un cómic de Batman sino más bien de la Liga de la Justicia rediviva. Aunque es cierto que la sátira siempre se ha tomado libertades con la caracterización de personajes, aquí el autor se pasa de la raya. En muchas ocasiones, los personajes de “DK2” actúan no por lo que son sino por lo que representan. Como Miller utiliza héroes que son ya muy familiares para los lectores gracias a su larga trayectoria, se lo puede permitir hasta cierto punto, pero lo cierto es que hay una sobrecarga de personajes que, además, entran y salen de la trama sin orden ni concierto e intervienen de forma que parece aleatoria.

Números: 4 ordinarios + 1 variante. Libros de historietas encuadernados en rústica en el denominado formato prestigio, con 48 páginas interiores mas cubiertas en color. Traducción de la serie limitada prestige de DC Comics Batman: The Dark Knight. Títulos: LIBRO UNO. EL REGRESO. LIBRO DOS. LA CAZA. LIBRO TRES. EL TRIUNFO. LIBRO CUATRO. BATMAN (1987, ZINCO) -EL SEÑOR DE LA NOCHE-