La escritura de este libro no fue sencilla. Durante más de siete años, me resistí a plasmar esta historia, a pesar de que la idea me acompañaba constantemente. Escribí otras dos obras en ese periodo, pero la de Enric Marco seguía presente, tejiéndose en las sombras de mi proceso creativo. Los inicios de una obra son, para mí, los últimos en tomar forma. Hoy, este libro está concluido, y con él, he comprendido la razón de mi reticencia: el miedo. Un miedo que intuía desde el principio, pero que me negaba a reconocer o no me atrevía a afrontar por completo.
Conocí a Enric Marco en junio de 2009, cuatro años después de que su nombre se viera envuelto en la polémica como el gran impostor. Muchos aún recuerdan su historia: un anciano barcelonés que durante casi tres décadas se hizo pasar por deportado en la Alemania nazi y superviviente de sus campos de concentración. Llegó a presidir la Amical de Mauthausen, pronunció innumerables conferencias, concedió entrevistas y recibió distinciones oficiales. Incluso habló en el Parlamento español en nombre de sus supuestos compañeros de infortunio. Su engaño salió a la luz a principios de mayo de 2005, descubierto por el historiador Benito Bermejo, justo antes de la conmemoración del sexagésimo aniversario de la liberación de los campos nazis en Mauthausen, un evento al que asistiría el presidente del gobierno español y en el que Marco desempeñaría un papel crucial, que tuvo que abandonar ante la revelación de su fraude.
Enric Marco era un octogenario barcelonés que a lo largo de casi tres décadas se había hecho pasar por deportado en la Alemania de Hitler y superviviente de los campos nazis. Había presidido durante tres años la gran asociación española de los supervivientes, la Amical de Mauthausen, había pronunciado centenares de conferencias y concedido decenas de entrevistas, había recibido importantes distinciones oficiales y había hablado en el Parlamento español en nombre de todos sus supuestos compañeros de desdicha, hasta que a principios de mayo de 2005 se descubrió que no era un deportado y que jamás había sido prisionero en un campo nazi. El descubrimiento lo hizo un oscuro historiador llamado Benito Bermejo, justo antes de que se celebrase, en el antiguo campo de Mauthausen, el sesenta aniversario de la liberación de los campos nazis, una ceremonia a la que por vez primera asistía un presidente del gobierno español y en la que Marco iba a tener un papel importante, al que en el último momento le obligó a renunciar la revelación de su impostura.
Cuando conocí a Marco, acababa de publicar mi décimo libro, "Anatomía de un instante". Sin embargo, no me encontraba en un buen momento anímico. Ni yo mismo entendía el porqué. Mi familia parecía feliz, el libro era un éxito; es verdad que mi padre había muerto, pero había fallecido casi un año antes, tiempo suficiente para haber asimilado su pérdida. El caso es que, de alguna manera, llegué a la conclusión de que la causa de mi tristeza era mi reciente publicación. No solo por el agotamiento físico y mental que me había supuesto, sino sobre todo porque era un libro peculiar, una novela sin ficción, un relato rigurosamente real, desprovisto de cualquier elemento de invención o fantasía. Pensaba que eso era lo que me había afectado profundamente, repitiéndome constantemente: "La realidad mata, la ficción salva".
Decidí que la solución era escribir otro libro. Aunque no me faltaban ideas, la mayoría eran para relatos sin ficción. Intenté abordar tres de estas ideas, pero fracasé en todas ellas. Un día, mi esposa me planteó un ultimátum: o buscaba un psicoanalista o ella pediría el divorcio. Sin dudarlo, concerté una cita con el profesional que ella me recomendó. Era un hombre calvo, distante y enigmático, con un acento difícil de precisar, que al principio me reprendió por mi estado de "articulo mortis". A pesar de mi escepticismo hacia los psicoanalistas, debo admitir que aquellas sesiones me ofrecieron un espacio para desahogarme, aunque también confieso que en varias ocasiones estuve a punto de enfrentarme a él.
El psicoanalista intentó guiarme hacia dos conclusiones. La primera, que la causa de mis males no era mi novela sin ficción, sino mi madre. La segunda, y más impactante, era que mi vida era una farsa y yo un farsante. Según él, había elegido la literatura buscando una existencia libre y auténtica, pero vivía una vida falsa y esclava. Me veía como alguien que aparentaba ser novelista, pero que en realidad era un impostor. Esta última idea me pareció más plausible y menos convencional, y me hizo recordar a Marco, y una conversación pasada en la que me habían llamado impostor.
El caso Marco: La revelación de la impostura
El caso Marco estalló en 2005, generando un escándalo de alcance mundial. En Cataluña, su lugar de origen y residencia, la noticia de su engaño tuvo un impacto aún mayor, dada su popularidad. Este hecho, lógicamente, despertó mi interés, pero fue más que eso: concebí de inmediato la idea de escribir sobre él, sintiendo una conexión profunda con su historia, lo cual me generaba inquietud y una cierta aprensión.

A mediados de mayo de 2005, poco después del estallido del caso, tuve una comida en mi casa con mi hijo, mi esposa, mi hermana Blanca y dos compañeros de la Facultad de Letras: Anna Maria Garcia y Xavier Pla. Mi hermana Blanca conocía bien a Marco, pues habían coincidido en la junta directiva de FAPAC. Para sorpresa de todos, Blanca lo describió como un anciano encantador, hiperactivo y hablador, que disfrutaba de la atención mediática. Anna Maria y Xavier, aunque no conocían a Marco personalmente, eran expertos en el Holocausto y la Deportación, y se mostraron tan apasionados por el caso como yo. Xavier me facilitó textos sobre Marco, y Anna Maria, amiga de la Amical de Mauthausen, había asistido a las celebraciones del 60 aniversario de la liberación de los campos nazis y había cenado con Benito Bermejo, el historiador que lo desenmascaró.
Durante esa comida, Xavier y yo nos sentíamos perplejos, Blanca entre perpleja y divertida, y Anna Maria indignada. Ella repetía que Marco era un sinvergüenza y un mentiroso compulsivo que se había burlado de todos, especialmente de las víctimas. Anna Maria me advirtió seriamente: "Lo que hay que hacer con Marco es olvidarlo. Es el peor castigo para ese monstruo de vanidad". No me atreví a confesar públicamente mi intención de escribir sobre Marco, ni a explicarle que mi objetivo no era juzgarlo, sino intentar comprender sus motivaciones.
Días después, leí en "El País" una carta al director de Teresa Sala, hija de un deportado en Mauthausen. Su misiva, lejos de la indignación, expresaba abrumación y vergüenza: "No creo que tengamos que entender las razones de la impostura del señor Marco; detenernos a buscar justificaciones a su comportamiento es no entender y menospreciar el legado de los deportados; el señor Marco habrá de convivir a partir de ahora con su deshonor". Sus palabras contrastaban con mi propia convicción: nuestra obligación primordial es entender. Entender, sin justificar, sino explorando la complejidad de nuestra naturaleza, como lo hacen Shakespeare o Dostoievski al iluminar los laberintos morales y mostrarnos la ambigüedad del ser humano.

La carta de Teresa Sala me conmovió y me recordó las palabras de Primo Levi en "Si esto es un hombre": "Tal vez lo que ocurrió no deba ser comprendido, en la medida en que comprender es casi justificar". Me pregunté si teníamos derecho a intentar comprender a Enric Marco, a desentrañar la confusa diversidad de lo real, incluso en sus aspectos más abyectos. ¿O es que este imperativo ético no se aplica al Holocausto?
La cena en casa de Vargas Llosa: ¿Soy un impostor?
Una semana después de la cena en mi casa, en una reunión en casa de Mario Vargas Llosa en Madrid, la conversación derivó inevitablemente hacia el caso Marco. Vargas Llosa había publicado un artículo donde, con ironía, celebraba el "genial talento de impostor" de Marco y le daba la bienvenida al gremio de los fabuladores. Esta ironía generó controversia, y la conversación se centró en Marco, sus mentiras, su talento para la representación y las polémicas suscitadas.
En un momento dado, Mario Vargas Llosa, agitado, me señaló y exclamó: "¡Marco es un personaje tuyo!". Ante mi afirmación de que "es como si todos tuviésemos algo de Marco", se produjo un silencio inusual, roto por las risas de todos, incluida la mía, aunque con menor intensidad. Era la primera vez que me llamaban impostor, aunque ya me habían relacionado con Marco.

Pocos días después del estallido del caso Marco, un artículo en el diario "El Punt" titulado "Mentiras" me comparaba con él. La autora, Sílvia Barroso, señalaba que yo exploraba los límites entre la verdad y la mentira en mis libros, llegando a decir que a veces "para llegar a la verdad, hay que mentir". Afortunadamente, añadía que la diferencia era que "el novelista tiene licencia para mentir".
Aquella noche, en casa de Vargas Llosa, me pregunté si la broma de Pisón, la reflexión de Vargas Llosa y las palabras de Barroso insinuaban que yo también era un embustero, un impostor. ¿Por qué Vargas Llosa había dicho que Marco era un personaje mío? ¿Por qué me instaba a escribir sobre él?
'Marco se creía su propio personaje, como Don Quijote'
Tras aquella cena, pasé horas dando vueltas en mi habitación de hotel. Reflexionaba sobre las palabras de Pisón, Barroso, Anna Maria, Teresa Sala y Primo Levi. Me preguntaba si, dado que entender es casi justificar, alguien tenía derecho a intentar comprender a Enric Marco y, de alguna manera, validar su mentira y alimentar su vanidad. Me dije que Marco ya había contado suficientes mentiras y que, por lo tanto, no se podía llegar a su verdad a través de la ficción...
Este relato se adentra en las complejidades de la verdad, la mentira y la naturaleza humana a través del fascinante caso de Enric Marco, explorando las motivaciones detrás de la impostura y las implicaciones éticas de la comprensión.