"Atraviesa la Cristalera": Un Viaje a Través de Fragmentos de Vida y Supervivencia

La vida, con sus giros inesperados y sus momentos de profunda introspección, se despliega como un tapiz complejo en las narrativas que exploramos. A menudo, nos encontramos reviviendo recuerdos de la infancia, momentos que definen quiénes somos, mientras la realidad presente nos confronta con desafíos inimaginables. La cocina de la infancia, un espacio de seguridad y calidez, se convierte en el telón de fondo de recuerdos vívidos: el olor de la leche con galletas, las risas compartidas con los padres, la inocencia de un dibujo infantil que, visto con retrospectiva, encierra capas de significado.

El padre, con una sonrisa bromista, sostiene un dibujo donde un niño de cuatro años se ha representado a sí mismo con el pelo oscuro, tal como lo llevaba él. La madre, divertida, le saca la lengua. El matrimonio encuentra tierno el gesto, dudando si su hijo tuvo ayuda de su profesora Esther. En cualquier caso, les gusta que, siendo tan pequeño, tenga tanta iniciativa. El padre bromea sobre los "pelos de loco" pintados, y la madre, acariciándole la cabeza, completa la broma: "¡Los que tiene!, ¡es el pájaro loco!". Él se ríe también a carcajadas, cualquier broma la vive como una fiesta.

El progenitor invita a morder una galleta mojada en leche, pero el juego toma un giro inesperado. El padre pregunta cuántos dedos le ha dibujado al niño, y este, intentando contar las curvas, responde: "¡Muchísimos!". El padre le enseña su mano con los dedos estirados: "¡Cinco! Uno, dos, tres, cuatro y cinco". La madre se une al juego, y los tres cuentan los dedos dibujados a ella, concluyendo: "¡Cinco!". Sin embargo, al mirar el dibujo, el matrimonio se da cuenta de que no se ha pintado dedos en ninguna de las manos, pareciendo muñones. El padre, sin darle importancia, continúa con el juego: "¿Y cuántos dedos tienes tú?". El niño sonríe con picardía y simula contar: "¡Cuatro!". Sus padres se ríen con él. "¡Qué sinvergüenza! ¡Seis!", dice el niño, riendo aún más fuerte. "¡Gamberro! ¡Dos!", interviene la madre, mientras el niño sigue disfrutando del juego. "Es que no puede ser", dice el padre, haciéndole cosquillas. "¡Que se va a ahogar!", exclama la madre asustada. Cuando su padre se separa de él, el niño está hasta mareado de la risa. "¿Cuántos?", le pregunta por última vez. "Ninguno", responde serio. El padre le enseña sus cinco dedos estirados, preguntando si se imagina estar así, escondiéndolos y diciendo: "Casi como el Capitán Garfio". El pequeño estira los brazos, muestra las manos con los puños cerrados y los dedos escondidos, girándolos y manteniéndolos a la altura de la cara de su padre con gesto serio, como si se los hubieran cortado. Al progenitor le cambia el gesto de inmediato, pero el niño, enseguida, enseña los dedos para que vea que los tiene todos: "¡Cinco!", exclama contento. Recuerda perfectamente que estiraba las yemas mucho, todo lo que podía, para que su padre supiera que de verdad los tenía todos y que solo era una broma.

Esa imagen se repite en este momento, muchos años después, siendo un hombre mayor de lo que era su progenitor en aquel desayuno. Ahora estira los dedos lo máximo que puede para intentar alcanzar algo que le ayude a escapar, pese a que prácticamente no hay luz y no ve nada. Entonces escucha un crujido y siente el hachazo, un dolor extremo, el inmenso calor y el ruido de sus dedos cuando caen al suelo disparados. Sangre y más sangre. Se retuerce del dolor. No quiere que lo encuentren así, que ese sea el recuerdo que tengan de él. Se pregunta cómo ha sido posible llegar hasta ahí.

Recuerda que llamaron al telefonillo de casa y que era un paquete para él. Es adicto a la compra online y por ello se beneficia de las ventajas de ser cliente Prime. Abrió sin dudar y no prestó atención al repartidor porque, mientras se acercaba, estaba pendiente del paquete que traía. Quería saber qué era lo que había llegado, si era para él o si su mujer se había dado un "caprichito" de los suyos. La más absoluta confusión acompaña los siguientes segundos. Golpes en la cabeza mientras es arrastrado y cogido por los pies. Los gritos, los llantos, las imágenes y la culpa que sabe que lo acompañará hasta sus últimos momentos. La sangre sigue chorreando por el corte. Grita de dolor, está a punto de perder el conocimiento. Entonces, el hombre se aproxima a él y le echa en la boca el humo del cigarro que está fumando. Prácticamente no hay luz en el cuarto en el que lo tiene retenido y no ve nada, pero reconoce el olor porque él fuma lo mismo. Antes de que le pueda suplicar, su agresor agarra tres de los dedos que le ha cortado y se los mete en la boca. Puede notar cómo una uña le araña la garganta, pero el dolor no es nada comparado con el que le producen las demás heridas y el sufrimiento emocional que está viviendo. Le provoca una arcada, está a punto de vomitar, se inclina y los escupe. Va a gritar cuando el hombre, que se ha puesto de rodillas muy lentamente, le pone otro de los dedos en los labios, indicándole que debe guardar silencio. Pese a que su agresor está muy cerca, no puede ver con claridad los ojos ni parte de las cejas a través de los agujeros del verdugo negro que lleva puesto. Entonces el hombre enciende la linterna del móvil y lo apoya sobre su rodilla. La luz desde abajo le da un aire aún más siniestro, pero no es hasta que se quita el verdugo y puede verlo cuando recibe un nuevo golpe al descubrir quién es.

Mientras tanto, el sueño de un hogar se materializa. La casa, construida en tiempo récord, se presenta como un lienzo en blanco para una nueva vida. El suelo porcelánico efecto hormigón, el gran formato, las puertas de acero gris antracita y cristal, la barandilla de cristal, la repisa de la chimenea en color oscuro, la carpintería exterior y la iluminación dorada de la lámpara del comedor, las de mesa y los marcos de fotos, todo contribuye a un aire sofisticado que contrasta con el exterior brutalista. El salón diáfano, separado de la cocina, invita a la contemplación del paisaje a través de la cristalera. El mismo suelo continúa en el porche, una piscina infinita de pizarra negra, y un jacuzzi, el capricho que representa el verdadero lujo. La casa se había construido en tiempo récord. Como alardeaba el constructor con su voz ronca, "en el mínimo posible para una casa que no es prefabricada", pero aun así había sido toda una guerra. Una eterna batalla. Solo de pensar en ello se pone enferma y no se lo puede permitir. Tiene que estar bien y con la mente despejada. Es consciente de que ahora viene la etapa en la que aparecerán los detalles mal rematados, los primeros desperfectos, las averías y demás "regalitos", pero tiene claro que no piensa verse superada por ello. "Poco a poco y con buena letra", como le decía siempre su madre. Es cuestión de prioridades y ahora las suyas ya no tienen tanto que ver con la casa, sino con ella misma y el sueño que se ha propuesto alcanzar: crear un verdadero hogar. Después de un primer vistazo, le reconforta saber que, como le había prometido Rubén, todo lo principal estaba en orden y en su sitio gracias a la agencia de lujo que habían contratado para la limpieza de obra y mudanza, tan solo faltan algunas cajas por abrir, que ella indicó que dejaran tal cual, pero no tiene ninguna prisa. No quiere llenar la casa de todas las mierdas que se acumulan sin ningún filtro. Menuda suerte es que el trastero esté en el sótano para no tener que justificar por qué es incapaz de tirar todas esas cosas, que en su mayoría carecen de valor, incluso emocional.

El problema era que Rubén había tenido que volar en el último momento y una vez más debía sobrevivir a las circunstancias sola. Julia va recorriendo descalza las estancias con una sonrisa en la boca. A Julia le llama la atención el olor a limpio, espera que a su marido no le dé por fumar a escondidas, como acostumbra, y que en dos días huela todo a tabaco. Han hecho un pacto para que no fume como un carretero, pero, conociéndolo, ya le tocará llamarle la atención más de una vez. La pone mala que siga con ese hábito tan dañino y que luego tenga semejante obsesión con el deporte y se pase el día dando lecciones sobre salud, rutinas de ejercicios y nutricionismo. Aunque son esas contradicciones las que le gustan de él, que fuera responsable y canalla al mismo tiempo. "Al fin y al cabo, si no hiciera nada malo, qué aburrido sería todo, ¿no?", le decía Rubén guiñándole un ojo cada vez que los reproches subían de tono.

Mientras pasea por el enorme salón diáfano, separado de la cocina por dos enormes puertas de acero gris antracita y cristal, se deleita con cada detalle cuidadosamente elegido. Al llegar a la altura del sofá se deja caer en la chaise longue para contemplar el paisaje a través de la cristalera. Lo enciende desde la pantalla de un pequeño monitor fijo en la pared. Hay uno en cada habitación para controlar la iluminación, las persianas, la temperatura, los toldos y el jacuzzi. También sirve como telefonillo, con una cámara que permite ver quién llama. Esa misma tarde piensa estrenarlo para disfrutar del atardecer con una copa de vino, como le ha prometido a Rubén. Aunque con el calor que hace igual tiene que apagarlo antes para no derretirse. A él le han asignado un vuelo a Río y no ha podido cambiarlo para estar juntos ese primer día pese a que lo llevara esperando tanto tiempo. En un primer momento ella se negó en redondo, le dijo que ya se bañaría cuando estuvieran los dos, pero, al final, le prometió que lo haría. "Quiero una foto cuando estés dentro. Y desnuda…", le había pedido Rubén con una sonrisa picarona. Le da rabia que se hayan retrasado con la entrega de la casa casi cinco meses; si hubiera estado a tiempo, no tendría ese s...

Cocina de infancia con padres

Letizia: Cortometraje sobre el maltrato infantil y la supervivencia (Dirigido por Nicasio Chacón)

Pisicina infinita al atardecer

La vida es un constante devenir, una sucesión de experiencias que nos moldean y definen. Desde los recuerdos más tiernos de la infancia hasta las pruebas más extremas de la adultez, cada momento deja una huella imborrable. La narrativa se entrelaza, conectando la inocencia de un dibujo infantil con la cruda realidad de una agresión, la esperanza de un hogar nuevo con la fragilidad de la existencia humana.

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