Los Fotógrafos Indígenas Americanos en el Cómic: Un Legado Visual y Narrativo

El cómic, como medio de expresión artística y narrativa, ha explorado diversas facetas de la historia y la cultura, incluyendo la representación de los pueblos indígenas americanos y las figuras que documentan sus vidas, como los fotógrafos. A través de viñetas y narrativas visuales, estas obras buscan rescatar del olvido historias y experiencias, ofreciendo perspectivas únicas sobre la interacción entre culturas y el impacto del tiempo.

El Rostro del Pasado: Fotógrafos como Testigos de la Historia

En el contexto de los cómics que abordan la temática indígena americana, la figura del fotógrafo emerge como un elemento crucial para la documentación y la preservación de la memoria. El cómic "El fotógrafo", de Lemercier y Guibert Lefèvre, es un ejemplo paradigmático de cómo la fotografía se entrelaza con la narrativa para contar historias de misiones humanitarias en zonas de conflicto.

"No sé cuánto durará esta guerra, pero sí sé que cuanto más se alargue, más desarraigará, destrozará y mutilará a los niños y más difícil será salir de ella", afirma el desaparecido Didier Lefèvre, el fotógrafo protagonista de este cómic.

Se marchó a Afganistán en julio de 1986, en plena guerra entre soviéticos y muyahidines, para documentar la misión humanitaria de unarugula de Médicos Sin Fronteras. Un periplo en caravana desde Paquistán hasta el corazón de Afganistán, las intervenciones en hospitales improvisados, risas, angustia, fraternidad...

Emmanuel Guibert hila viñetas y fotografías para contar esa misión que trastocó la vida del fotógrafo, de la misma manera que aquella larga guerra marcó la historia contemporánea, y declara que este cómic, publicado originalmente en tres volúmenes entre 2003 y 2007, "muestra en detalle lo que rara vez se ve: un reportaje en proceso, una misión humanitaria en su día a día, el destino de una población de montañeros atrapada en la guerra".

Sobre el origen del proyecto, el dibujante de La hija del profesor comenta que "cuando un reportero vuelve de una misión en un país en guerra, trae con él un centenar de fotos y de anécdotas. Sólo 4 o 5 son vendidas a prensa, el resto acaba en cajas. Luego el tiempo pasa, y la memoria también se encarga de meter esas anécdotas en cajas. Así es como se duermen las historias. El cómic es una manera de despertarlas."

Fotógrafo trabajando en Afganistán

"Black Hills": Un Legado Visual en la Lucha Indígena

El cómic "Black Hills" se adentra en la compleja historia de los indios sioux a finales del siglo XIX, un período marcado por la expulsión de sus territorios sagrados y la vida en reservas. La narrativa se articula en torno a dos personajes principales: Lewis Kane, un hombre que ha sufrido la pérdida de su esposa e hijo, y Armand Lebond, un fotógrafo cuya experiencia en este contexto transformará su vida.

A finales del siglo XIX los indios sioux han sido expulsados de sus territorios sagrados, las Black Hills, debido a que la fiebre del oro ha traido a estas tierras a un montón de mineros.

Languidecen en reservas, privados de su estilo de vida, viviendo en una situación precaria y miserable. Los comisarios de las reservas hacen todo tipo de chanchullos con el material que manda el gobierno para los indios y estos reciben comida en mal estado.

La masacre de Wounded Knee se produce en 1890, y se juntan varias circustancias en aquel momento. Dos semanas más tarde, un grupo de indios lakota de la reserva de Pine Ridge deciden salir de esta, sin permiso del gobierno. Los ánimos estaban caldeados y Pie Grande, después de ver morir a Toro Sentado temía por su vida. La idea era reunirse con otro jefe indio, Nube Roja.

A mitad del camino, el Séptimo de Caballería intercepta a los lakota, que eran unos 400, la mayoría mujeres, niños y viejos, llevándoles a la orilla del rio Wounded Knee.

Al dia siguiente, los soldados quitan a los indios todas sus armas y un rifle se dispara, debido a que su propietario no quería entregarlo. Los dos protagonistas de Black Hills se verán inmersos en las disputas entre los lakota y el ejército de los Estados Unidos. Y es que como ya hemos comentado, flotaban aires de rebelión entre los indios, que no se resignan a perder su modo de vida.

Un grupo de jóvenes indios deciden atacar varias granjas, y una vez que son perseguidos por el ejército, intentan ir hacia Canadá.

A lo largo de la historia veremos una evolución en el carácter y el comportamiento de Armand Lebond, y es que esta experiencia le marca de por vida.

Representación de la masacre de Wounded Knee

"Dos Espíritus": Explorando la Diversidad Cultural Indígena

En el western "Dos Espíritus", el autor Tyto Alba rompe con los tópicos del género para centrarse en la figura de Weskoboug, un indio travestido de los llamados "berdaches". Esta obra se destaca por su exploración de la diversidad cultural y de género dentro de las comunidades indígenas, presentando una perspectiva que desafía las convenciones occidentales.

Weskoboug, un indio travestido de los llamados “berdaches”, vive esclavizado en un saloon donde es humillado constantemente para divertimento de los clientes.

Dos espíritus es un western atípico donde Tyto Alba juega con algunos tópicos del género clásico, pasa de lo místico o existencialista al hiperrealismo, pero mantiene la acción y la épica básica del mismo.

No en vano, resuenan en esta obra ecos cinematográficos del Jeremiah Johnson, de Sydney Pollack y del Dead Man, de Jim Jarmusch, aunque para la atmósfera “eché mano del precioso western de Robert Altman, McCabe y Mrs. Tyto Alba reconoce que es “una historia, o más bien unos personajes, que tenía rondando por mi cabeza desde hace muchos años. Me gusta bastante el western y tenía ganas de hacer algo así”.

A la hora de poner a un indio muy particular de protagonista del cómic, al dibujante de Badalona le parecía “muy interesante que exista una cultura que, contrariamente al mundo occidental, alabara a los hombres y mujeres travestidos o no heterosexuales como seres superiores.

Representación de un

El Legado de los Artistas Españoles en América

El texto también reflexiona sobre la emigración de dibujantes españoles a América a lo largo del siglo XX, un fenómeno que dejó una huella significativa en la industria del cómic en ambos continentes. A pesar de las dificultades, muchos artistas españoles encontraron en el nuevo mundo un espacio para desarrollar su talento, aunque a menudo tuvieron que adaptarse a otros campos como la publicidad o el diseño.

Difícil es encontrar una sola revista de cómics en cualquier país del mundo occidental donde no se estén publicando, o no hayan publicado alguna vez, dibujos de algún artista español. Revistas de gran difusión como Valentine, Marilyn, Roxy, Boyfriend y Jackie (Gran Bretaña, 1958 a 1963), Suplemento de La Religión (Venezuela, 1951), Vampirella, Psycho, Nightmare (Estados Unidos, 1971 a 1974), revistas de la editorial Artima (Francia, 1955), Universus (Italia, 1979) y Bastei Verlag (Alemania, 1979), para citar las primeras que nos vienen a la memoria, incluían en sus páginas únicamente historias ilustradas por dibujantes españoles.

Mientras que la emigración de dibujantes a Europa se da en dos momentos históricos concretos (final de la guerra civil y la crisis editorial 1951-53), los emigrantes a América partieron paulatinamente entre las dos fechas siguiendo la corriente de emigración hacia El Dorado, como otros obreros y profesionales de la época. Excepto los primeros, naturalmente, que lo hicieron temerosos de represalias políticas. Argentina, Estados Unidos, Venezuela, Brasil y Chile fueron los países que acogieron mayor número, sino todos. Pero a diferencia de los emigrados a países europeos que, con más o menos dificultades, pudieron seguir desempeñando su profesión, la inmensa mayoría de emigrantes a América tuvieron que pasarse a la publicidad, el diseño o la decoración, por falta de mercado.

Ismael Smith, Segrelles, Bartolí, Miret, Les, Tísner, Bosch, Quelus, Guasp, Bofarull, Arteche, Luis d'OI, Alloza, Fontseré, Emilio Freixas, Carlos Freixas, Artur Moreno, Ángel Puigmiguel, Félix Más, yo mismo... Una larga lista de humoristas, ilustradores, historietistas nuestros marcharon al nuevo mundo estableciéndose desde los Estados Unidos hasta Argentina. Podría escribirse todo un libro de las andanzas de esos artistas por aquellas tierras. ¡Oh, la aventura americana!... Y por lo que a mí respecta, no pude colocar ningún cómic en América... Junto con Puigmiguel, gran genio del cómic, nos hinchamos de trabajar... para la televisión. ¡Hasta de actores si se presentaba el caso! Nuestra aventura americana empezó el 19 de abril de 1950. Con un incesante xirimiri que no cesó en los seis días anteriores al embarque (ese era el plazo previo que se exigía de presentación en Bilbao), subimos al "Monte Urbasa", un barco correo en el que mi hermano Chiqui, un primo lejano y yo, emprenderíamos el viaje hacia el soñado Buenos Aires. Terminado el incesante papeleo, retiraron la escalerilla pero el barco no pudo zarpar aún debido a una violenta tormenta. Por fin, levamos anclas. Al llegar a Argentina, como no llevábamos muestras, lo primero que hicimos fue preparar un catálogo con nuestros trabajos. Y entonces comenzó el itinerario, más bien peregrinaje, por las editoriales bonaerenses con un continuo NO por respuesta. Las plantillas estaban completas y con excelentes profesionales: José Luis Salinas, Divito, Roume, Breccia (poco convincente aún por aquel entonces con su Vito Nervio), Cozzi, Walter Molino, Premiani, Roux, los hermanos Del Castillo... Finalmente encontramos trabajo... en una fundición de acero. Chiqui y yo dibujábamos los modelos de las piezas que se fundían en sus fichas correspondientes. Aquello nos encabronaba más que otra cosa y las historietas que no podíamos dibujar se iban en los márgenes de aquellas fichas de fundición. ¡Cuántos vaqueros, cabalgadas y guerreros se quedaron en aquellas fichas! Recuerdo que Chiqui las llenaba de chicas "a lo Divito". Al cabo de dos años, harto de fichas, volví a dar una batida por las editoriales. El momento no pudo ser más inoportuno: se acababa de ordenar una reducción en el cupo del papel de prensa y como resultado los periódicos y revistas tuvieron que reducir páginas y aumentar precios. La respuesta en todas las editoriales era la misma: no sabían qué hacer con sus dibujantes fijos. Un buen día conocimos a un catalán llamado Plaza relacionado con la Escuela Panamericana de Arte. A través de él empezamos a contactar con la gente del ramo. Allí conocimos al gran Alberto Breccia, que entonces aún no era tan grande, y nos hablaron mucho de otro chico de aquí, llamado Carlos Freixas, el hijo de Emilio, y que era profesor en la Escuela Panamericana, pero no llegamos a ponernos en contacto con él. Con quien más relación tuvimos fue con Arturo Del Castillo y su hermano Jorge, dos grandes tipos. Arturo se hacía historietas interminables para "Intervalo" en sólo tres días: el primero bocetaba todo el cuaderno, el segundo lo pasaba a tinta y el tercero rellenaba los negros. Finalmente, conseguí que me publicaran mi primer trabajo en la Editorial Columba, en la revista P.B.T. Se trataba de hacer, a página entera y con el rostro de alguna "starlet" de moda en aquel momento, un dibujo bonito y erótico. Me rechazaron más que me aceptaron, pero iba entrando bastante bien. El día que vi mi primer dibujo publicado, tuve una alegría tan grande que se me olvidó ir a cobrar los diez pesos que me pagaban por él. Cuando había conseguido por fin meter la cabeza en una editorial, tuve que regresar a España por motivos familiares, y Chiqui se encargó de ir cobrando los dibujos míos que se iban publicando en Argentina. Nunca hicimos vida de emigrantes. Aquel 19 de abril de 1950 embarqué en el puerto de Bilbao con 400 pesetas en el bolsillo, y tres años después desembarcaba en Barcelona... con 400 pesetas igualmente. Gabriel Arnao «Gabi», Pedro Alférez, Manfred Sommer, Francisco Hidalgo, Josep Toutain, J.M. Fernández Bielsa, J. Ramón Larraz, J.B. Miguel, J. González Vilanova, José Laffond, Batet, Antonio Parras, Florencio Clavé, Jorge Domenech, Julio Ribera, Monzón, Huescar, Juan Arranz, S. Martín Salvador, Arnal, Bartolí, Bofarull, Tísner, Bartolozzi, Ballvé, Sola, Luis Martínez, Enrique Montserrat, Juan Fuster, Luis García, Víctor de la Fuente, Ismael Smith, Segrelles, Miret, Les, Bosch, Quelus, Guasp, Arteche, Luis D'Ol, Alloza, Fontseré, Emilio Freixas, Carles Freixas, Artur Moreno, Ángel Puigmiguel, Félix Mas, Ramón de la Fuente, Chiqui de la Fuente, Manuel Huete, José Luis Sagasti, Domingo Cervera, Luis Vigil, y entre los guionistas, Ricardo Acedo y J. La mayor parte de ellos regresaron físicamente, aunque su mercado sigue siendo el extranjero.

"El mar recordará nuestros nombres": Una Odisea de Ciencia y Humanidad

El cómic "El mar recordará nuestros nombres" de Javier de Isusi rinde homenaje a la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, una gesta científica y humanitaria que llevó la vacuna de la viruela a América a principios del siglo XIX. La obra destaca la importancia de los actos anónimos y la solidaridad humana frente a las grandes narrativas históricas.

“La historia llama héroes a los grandes reyes y guerreros, pero… ¿no es mayor hazaña la de quien inventó la escritura? ¿O el pan? ¿O una danza? ¿Y quién sabe cómo se llamarían aquellas personas? No nos debe importar que nadie recuerde nuestros nombres, Benito. Los mayores héroes son siempre anónimos. ¡Escucha! ¡Sí! ¡El mar conoce sus nombres! Él, que está aquí desde mucho antes que nosotros, y seguirá estando después, él sí los sabe. Así que no te preocupes por la posteridad, el mar recordará siempre nuestros nombres.” (Javier de Isusi, El mar recordará nuestros nombres)

Antes de cumplir medio siglo de vida, Javier de Isusi (Bilbao, 1972) ya se había ganado un hueco en la posteridad. Al menos, en la posteridad del cómic en castellano. Historietista e ilustrador, el vizcaíno se hizo en 2020 con el Premio Nacional del Cómic de España tras 15 años publicando con Astiberri. El mar recordará nuestros nombres, una epopeya sobre la expedición para llevar la vacuna de la viruela a América, co-editada por el Ministerio de Ciencia e Innovación y la Agencia Estatal Consejo Superior de Investigaciones Científicas -CSIC-, es la primera obra que publica con la Editorial Planeta.

Nadie mejor que Javier de Isusi para plantearnos, en viñetas, un viaje por América. El mar recordará nuestros nombres son cien páginas a color de veleros, villas, palacios, costa, cordillera, y un sinfín de paisajes que se reflejan en las vivas caras de sus protagonistas: veintidós niños, una mujer, y nueve hombres que partieron del puerto de A Coruña en 1803 y pasaron casi nueve años bregando por extender la vacuna de la viruela por las colonias españolas de ultramar.

A mediados del siglo XVIII, la viruela era una enfermedad endémica que acechaba a casi toda la población mundial. En América había causado estragos entre los nativos después de la llegada de los europeos, con tasas de mortalidad cercanas al 90 por ciento. En Australia se convirtió en la primera causa de muerte para la población aborigen desde 1780 hasta 1870. Y en Europa, antes de que se extendiera la vacuna, causaba 400.000 muertes al año. La situación comenzó a mejorar cuando Mary Wortley Montagu, una aristócrata inglesa, llevó a Occidente una técnica de inoculación del imperio otomano que consistía en extraer líquido de las pústulas de una persona que estuviera en la última fase de la enfermedad e infectar con él a un paciente sano. En 1796, un médico inglés llamado Edward Jenner, adaptó esta técnica usando vacas enfermas, en lugar de humanos, e inoculando a niños. Jenner observó que la viruela vacuna era una variante leve de la humana y que las personas que la contraían no sólo quedaban inmunizadas, sino que también corrían menos peligro durante el proceso. De ahí viene el nombre: de vaca, vacuna.

Pocos años después del descubrimiento de Jenner, la corona española decidió extender la vacuna por sus colonias. El objetivo era establecer unas juntas sanitarias que garantizasen la conservación del suero de vacunación para asegurar el remedio durante muchas generaciones. Esto, involuntariamente, asentó las bases de los primeros sistemas públicos de salud. El principal problema que había para llevar el remedio era mantener en condiciones el suero de vacunación durante el viaje. Hace 200 años se empapaba algodón en rama o hilos de seda en el fluido que se extraía de las pústulas, y se sellaba con cera entre dos placas de vidrio. Esta solución duraba como máximo diez días y era muy sensible al calor, lo que la hacía inviable para viajes transoceánicos. Como en España no se daba la viruela vacuna y la mayoría de la población ya estaba inmunizada, el suero tampoco se podía transportar a las colonias en vacas o adultos. ¿La solución? Llevar a veintidós niños, huérfanos, de entre 3 y 9 años, e ir infectándolos de dos en dos, aislados del grupo, bajo el cuidado de médicos, ayudantes, y la rectora del orfanato: Isabel Zendal. Las implicaciones, retos, peligros, y éxitos de esta empresa los cuenta magistralmente de Isusi en su obra.

Barco de la expedición de la vacuna

Tanta importancia tuvo esta expedición para los defensores de la Ilustración que el explorador y naturalista Alexander von Humboldt afirmó que permanecería como el viaje más memorable de la historia. No fue el único. El mismísimo padre de las vacunas, Edward Jenner, escribió: “no puedo imaginar que en los anales de la historia ser proporcione un ejemplo de filantropía más noble y más amplio que este.” Sin embargo, los prejuicios académicos y la excitación historiográfica por cualquier banderita teñida de sangre, barro y mierda, enterraron esta gesta hasta convertirla en anécdota. Que cientos de miles de americanos y asiáticos fueran inoculados contra una enfermedad tan mortífera ocupaba, hasta hace poco, menos espacio en los libros de texto españoles que la Guerra de las Naranjas, un conflicto de dos semanas entre España y Portugal que acabó con la gloriosa conquista de siete pueblos fronterizos en 1801. Un saludo, Olivenza.

Sus lápices se han curtido en más de 600 páginas de «viaje político, literario, e íntimo» (Maringelli, 2021) por los cuatro tomos de Los viajes de Juan Sin Tierra (Astiberri, 2021), una serie inspirada en sus viajes por el continente, desde México hasta la selva amazónica. Pasa también por Nicaragua en Ometepe (Astiberri, 2012), con guión de Luciano Saracino, y hace un recorrido por las historias del exilio colombiano en Transparentes (Astiberri, 2020). En todas ellas, el historietista ahonda pasito a pasito en la existencia rebelde latinoamericana, retratando a lugares y personajes a través de memorias, de leyendas, y de la realidad sociopolítica que comparten.

El mar recordará nuestros nombres la disfrutarán los amantes de los viajes, de la aventura, de la historia, y de la ciencia. Este cómic da para emocionar a exploradores de todas las generaciones, ya sean de sillón, de montaña o de velero.

Nunca son héroes los personajes de de Isusi. Al menos, no héroes al uso. Muchos tienen rasgos heroicos, esperanzas, y sueños; persiguen ideales y luchan por sus valores; pero también tienen sus sombras, dudas, cobardías, y egoísmos. Lo mismo pasa en la obra que nos ocupa. Hoy, más de 200 años después de esta Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, estamos redescubriendo a sus protagonistas, aunque no lo hacemos a través de un catálogo de ídolos y villanos, ni tampoco como protagonistas de la historia. El cómic de de Isusi nos presenta a unos personajes despreocupados por su lugar en las crónicas, orgullosos de sus acciones cotidianas, y satisfechos con que sea el mar el que recuerde sus nombres. Con excepción, por supuesto, del monarca. Carlos IV, antepasado del rey español actual, y con asombroso parecido al escurridizo emérito, sí que se pregunta al principio de la historieta cómo será recordado: “¿el cazador? ¿el carpintero? ¿el relojero?” Los reyes y aristócratas son protagonistas de la historia porque durante siglos se escribía para ellos, mientras que los personajes que le interesan al autor son, justamente, lo contrario: los olvidados.

Y a través de los olvidados nos narra de Isusi escenas de rebelión, de resistencia cotidiana, de solidaridad comunitaria, y de ayuda mutua. Quizá en esta ocasión sea el autor más optimista que en sus otras obras, o menos incisivo, porque en lugar de seguir a aquellos que han perdido su patria y que en todas partes se sienten extranjeros, como en Los viajes de Juan Sin Tierra, Transparentes, Asylum, o incluso He visto ballenas (Astiberri, 2014), ahora retrata a los que sienten su patria en la humanidad, o a los que no les importa porque en todas partes quieren aportar. Antes de esta campaña, que coordinó la Organización Mundial de la Salud, morían dos millones de personas anualmente en todo el mundo. Muchas más quedaban ciegas o desfiguradas. Hoy, no hay casos de viruela. Es la primera enfermedad viral (y, de momento, la única) erradicada por la acción humana. Una acción que dejó de lado reyes y fronteras, que saltó por encima de naciones, armas y etnias, y que apoyada en los pilares del internacionalismo, la solidaridad y la ciencia, cerró con final feliz una historia violenta. La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna estuvo a cargo del médico alicantino Francisco Javier Balmis (1753-1819), una suerte de Humboldt español, botánico y herborista, además de cirujano, que revitalizó y modernizó las Ciencias Naturales españolas (Imagen: Actualidad Médica)

Balmis y la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna

La obra "El olor de los muchachos voraces" de Frederik Peeters es un ejemplo de cómo el cómic puede trascender los géneros y ofrecer una experiencia narrativa fresca y original. Aunque su temática no se centra directamente en fotógrafos, su tratamiento de la relación entre personajes y la exploración de entornos grandiosos la vinculan con la búsqueda de la libertad y la identidad, temas recurrentes en la representación de los pueblos indígenas.

El olor de los muchachos voraces es una historia muy bien contada y con ingredientes de distintos géneros, que la transforman en pura originalidad y frescura. Pero mención aparte se merecen tres puntos: los personajes, la historia en sí y el color. Por una parte, tenemos los personajes ideados por Phang y a los que da vida el pincel de Peeters. Uno sabe que los protagonistas de una obra están definidos con maestría cuando, en tan solo una primera escena, ya se puede esgrimir un boceto detallado de su psique, sabiendo que de ellos cabe esperar mucho más de lo que a priori se nos intenta hacer creer. Por otra, la historia: una trama que se desarrolla con soltura, pero entre tenebrosos rincones. Y por último, el color. El olor de los muchachos voraces es un cómic redondo, fiel reflejo de la vida misma, aderezada con un toque de fantasía. Y es que solo las historias de vida pueden albergar en sus venas todos los sentimientos, géneros...

Paisaje del Oeste americano en cómic

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