Barrabás llegó a la familia por vía marítima, anotó la niña Clara con su delicada caligrafía. Ya entonces tenía el hábito de escribir las cosas importantes y más tarde, cuando se quedó muda, escribía también las trivialidades, sin sospechar que cincuenta años después, sus cuadernos me servirían para rescatar la memoria del pasado y para sobrevivir a mi propio espanto. El día que llegó Barrabás era Jueves Santo. Venía en una jaula indigna, cubierto de sus propios excrementos y orines, con una mirada extraviada de preso miserable e indefenso, pero ya se adivinaba -por el porte real de su cabeza y el tamaño de su esqueleto- el gigante legendario que llegó a ser. Aquél era un día aburrido y otoñal, que en nada presagiaba los acontecimientos que la niña escribió para que fueran recordados y que ocurrieron durante la misa de doce, en la parroquia de San Sebastián, a la cual asistió con toda su familia.
En señal de duelo, los santos estaban tapados con trapos morados, que las beatas desempolvaban anualmente del ropero de la sacristía, y bajo las sábanas de luto, la corte celestial parecía un amasijo de muebles esperando la mudanza, sin que las velas, el incienso o los gemidos del órgano, pudieran contrarrestar ese lamentable efecto. Se erguían amenazantes bultos oscuros en el lugar de los santos de cuerpo entero, con sus rostros idénticos de expresión constipada, sus elaboradas pelucas de cabello de muerto, sus rubíes, sus perlas, sus esmeraldas de vidrio pintado y sus vestuarios de nobles florentinos. Era ésa una larga semana de penitencia y de ayuno, no se jugaba baraja, no se tocaba música que incitara a la lujuria o al olvido, y se observaba, dentro de lo posible, la mayor tristeza y castidad, a pesar de que justamente en esos días, el aguijonazo del demonio tentaba con mayor insistencia la débil carne católica. El ayuno consistía en suaves pasteles de hojaldre, sabrosos guisos de verdura, esponjosas tortillas y grandes quesos traídos del campo, con los que las familias recordaban la Pasión del Señor, cuidándose de no probar ni el más pequeño trozo de carne o de pescado, bajo pena de excomunión, como insistía el padre Restrepo. Nadie se habría atrevido a desobedecerle.
-¡Tú, ladrón que has robado el dinero del culto! -gritaba desde el púlpito señalando a un caballero que fingía afanarse en una pelusa de su solapa para no darle la cara-. ¡Tú, desvergonzada que te prostituyes en los muelles! -y acusaba a doña Ester Trueba, inválida debido a la artritis y beata de la Virgen del Carmen, que abría los ojos sorprendida, sin saber el significado de aquella palabra ni dónde quedaban los muelles-. ¡Arrepentíos, pecadores, inmunda carroña, indignos del sacrificio de Nuestro Señor! ¡Ayunad!
Llevado por el entusiasmo de su celo vocacional, el sacerdote debía contenerse para no entrar en abierta desobediencia con las instrucciones de sus superiores eclesiásticos, sacudidos por vientos de modernismo, que se oponían al cilicio y a la flagelación. Él era partidario de vencer las debilidades del alma con una buena azotaina de la carne. Era famoso por su oratoria desenfrenada. Lo seguían sus fieles de parroquia en parroquia, sudaban oyéndolo describir los tormentos de los pecadores en el infierno, las carnes desgarradas por ingeniosas máquinas de tortura, los fuegos eternos, los garfios que traspasaban los miembros viriles, los asquerosos reptiles que se introducían por los orificios femeninos y otros múltiples suplicios que incorporaba en cada sermón para sembrar el terror de Dios.
Severo del Valle era ateo y masón, pero tenía ambiciones políticas y no podía darse el lujo de faltar a la misa más concurrida cada domingo y fiesta de guardar, para que todos pudieran verlo. Su esposa Nívea prefería entenderse con Dios sin intermediarios, tenía profunda desconfianza de las sotanas y se aburría con las descripciones del cielo, el purgatorio y el infierno, pero acompañaba a su marido en sus ambiciones parlamentarias, en la esperanza de que si él ocupaba un puesto en el Congreso, ella podría obtener el voto femenino, por el cual luchaba desde hacía diez años, sin que sus numerosos embarazos lograran desanimarla.
Ese Jueves Santo el padre Restrepo había llevado a los oyentes al límite de su resistencia con sus visiones apocalípticas y Nívea empezó a sentir mareos. Se preguntó si no estaría nuevamente encinta. A pesar de los lavados con vinagre y las esponjas con hiel, había dado a luz quince hijos, de los cuales todavía quedaban once vivos, y tenía razones para suponer que ya estaba acomodándose en la madurez, pues su hija Clara, la menor, tenía diez años. Parecía que por fin había cedido el ímpetu de su asombrosa fertilidad. Procuró atribuir su malestar al momento del sermón del padre Restrepo cuando la apuntó para referirse a los fariseos que pretendían legalizar a los bastardos y al matrimonio civil, desarticulando a la familia, la patria, la propiedad y la Iglesia, dando a las mujeres la misma posición que a los hombres, en abierto desafío a la ley de Dios, que en ese aspecto era muy precisa.
Nívea y Severo ocupaban, con sus hijos, toda la tercera hilera de bancos. Clara estaba sentada al lado de su madre y ésta le apretaba la mano con impaciencia cuando el discurso del sacerdote se extendía demasiado en los pecados de la carne, porque sabía que eso inducía a la pequeña a visualizar aberraciones que iban más allá de la realidad, como era evidente por las preguntas que hacía y que nadie sabía contestar. Clara era muy precoz y tenía la desbordante imaginación que heredaron todas las mujeres de su familia por vía materna.

La temperatura de la iglesia había aumentado y el olor penetrante de los cirios, el incienso y la multitud apiñada, contribuían a la fatiga de Nívea. Deseaba que la ceremonia terminara de una vez, para regresar a su fresca casa, a sentarse en el corredor de los helechos y saborear la jarra de horchata que la Nana preparaba los días de fiesta. Miró a sus hijos, los menores estaban cansados, rígidos en su ropa de domingo, y los mayores comenzaban a distraerse. Posó la vista en Rosa, la mayor de sus hijas vivas, y, como siempre, se sorprendió. Su extraña belleza tenía una cualidad perturbadora de la cual ni ella escapaba, parecía fabricada de un material diferente al de la raza humana. Nívea supo que no era de este mundo aun antes que naciera, porque la vio en sueños, por eso no le sorprendió que la comadrona diera un grito al verla. Al nacer, Rosa era blanca, lisa, sin arrugas, como una muñeca de loza, con el cabello verde y los ojos amarillos, la criatura más hermosa que había nacido en la tierra desde los tiempos del pecado original, como dijo la comadrona santiguándose. Desde el primer baño, la Nana le lavó el pelo con infusión de manzanilla, lo cual tuvo la virtud de mitigar el color, dándole una tonalidad de bronce viejo, y la ponía desnuda al sol, para fortalecer su piel, que era translúcida en las zonas más delicadas del vientre y de las axilas, donde se adivinaban las venas y la textura secreta de los músculos. Aquellos trucos de gitana, sin embargo, no fueron suficiente y muy pronto se corrió la voz de que les había nacido un ángel. Nívea esperó que las ingratas etapas del crecimiento otorgarían a su hija algunas imperfecciones, pero nada de eso ocurrió, por el contrario, a los dieciocho años Rosa no había engordado y no le habían salido granos, sino que se había acentuado su gracia marítima. El tono de su piel, con suaves reflejos azulados, y el de su cabello, la lentitud de sus movimientos y su carácter silencioso, evocaban a un habitante del agua. Tenía algo de pez y si hubiera tenido una cola escamada habría sido claramente una sirena, pero sus dos piernas la colocaban en un límite impreciso entre la criatura humana y el ser mitológico. A pesar de todo, la joven había hecho una vida casi normal, tenía un novio y algún día se casaría, con lo cual la responsabilidad de su hermosura pasaría a otras manos.

Rosa inclinó la cabeza y un rayo se filtró por los vitrales góticos de la iglesia, dando un halo de luz a su perfil. Algunas personas se dieron vuelta para mirarla y cuchichearon, como a menudo ocurría a su paso, pero Rosa no parecía darse cuenta de nada, era inmune a la vanidad y ese día estaba más ausente que de costumbre, imaginando nuevas bestias para bordar en su mantel, mitad pájaro y mitad mamífero, cubiertas con plumas iridiscentes y provistas de cuernos y pezuñas, tan gordas y con alas tan breves, que desafiaban las leyes de la biología y de la aerodinámica. Rara vez pensaba en su novio, Esteban Trueba, no por falta de amor, sino a causa de su temperamento olvidadizo y porque dos años de separación son mucha ausencia. Él estaba trabajando en las minas del Norte. Le escribía metódicamente y a veces Rosa le contestaba enviando versos copiados y dibujos de flores en papel de pergamino con tinta china. A través de esa correspondencia, que Nívea violaba en forma regular, se enteró de los sobresaltos del oficio de minero, siempre amenazado por derrumbes, persiguiendo vetas escurridizas, pidiendo créditos a cuenta de la buena suerte, confiando en que aparecería un maravilloso filón de oro que le permitiría hacer una rápida fortuna y regresar para llevar a Rosa del brazo al altar, convirtiéndose así en el hombre más feliz del universo, como decía siempre al final de las cartas. Rosa, sin embargo, no tenía prisa por casarse y casi había olvidado el único beso que intercambiaron al despedirse y tampoco podía recordar el color de los ojos de ese novio tenaz. Por influencia de las novelas románticas, que constituían su única lectura, le gustaba imaginarlo con botas de suela, la piel quemada por los vientos del desierto, escarbando la tierra en busca de tesoros de piratas, doblones españoles y joyas de los incas, y era inútil que Nívea tratara de convencerla de que las riquezas de las minas estaban metidas en las piedras, porque a Rosa le parecía imposible que Esteban Trueba recogiera toneladas de peñascos con la esperanza de que, al someterlos a inicuos procesos crematorios, escupieran un gramo de oro. Entretanto, lo aguardaba sin aburrirse, imperturbable en la gigantesca tarea que se había impuesto: bordar el mantel más grande del mundo. Comenzó con perros, gatos y mariposas, pero pronto la fantasía se apoderó de su labor y fue apareciendo un paraíso de bestias imposibles que nacían de su aguja ante los ojos preocupados de su padre. Severo consideraba que era tiempo de que su hija se sacudiera la modorra y pusiera los pies en la realidad, que aprendiera algunos oficios domésticos y se preparara para el matrimonio, pero Nívea no compartía esa inquietud.
Una barba del corsé de Nívea se quebró y la punta se le clavó entre las costillas. Sintió que se ahogaba dentro del vestido de terciopelo azul, el cuello de encaje demasiado alto, las mangas muy estrechas, la cintura tan ajustada, que cuando se soltaba la faja pasaba media hora con retorcijones de barriga hasta que las tripas se le acomodaban en su posición normal. Lo habían discutido a menudo con sus amigas sufragistas y habían llegado a la conclusión que mientras las mujeres no se cortaran las faldas y el pelo y no se quitaran los refajos, daba igual que pudieran estudiar medicina o tuvieran derecho a voto, porque de ningún modo tendrían ánimo para hacerlo, pero ella misma no tenía valor para ser de las primeras en abandonar la moda.
Notó que la voz de Galicia había dejado de martillarle el cerebro. Se encontraba en una de esas largas pausas del sermón que el cura, conocedor del efecto de un silencio incómodo, empleaba con frecuencia. Sus ojos ardientes aprovechaban esos momentos para recorrer a los feligreses uno por uno. Nívea soltó la mano de su hija Clara y buscó un pañuelo en su manga para secarse una gota que le resbalaba por el cuello. El silencio se hizo denso, el tiempo pareció detenido en la iglesia, pero nadie se atrevió a toser o a acomodar la postura, para no atraer la atención del padre Restrepo.
-¡Pst! ¡Padre Restrepo!
El dedo índice del jesuita, que ya estaba en el aire para señalar nuevos suplicios, quedó suspendido como un pararrayos sobre su cabeza. La gente dejó de respirar y los que estaban cabeceando se reanimaron. Los esposos Del Valle fueron los primeros en reaccionar al sentir que los invadía el pánico y al ver que sus hijos comenzaban a agitarse nerviosos. Severo comprendió que debía actuar antes que estallara la risa colectiva o se desencadenara algún cataclismo celestial. Tomó a su mujer del brazo y a Clara por el cuello y salió arrastrándolas a grandes zancadas, seguido por sus otros hijos, que se precipitaron en tropel hacia la puerta.
-¡Endemoniada!
Esas palabras del padre Restrepo permanecieron en la memoria de la familia con la gravedad de un diagnóstico y, en los años sucesivos, tuvieron ocasión de recordarlas a menudo. La única que no volvió a pensar en ellas fue la misma Clara, que se limitó a anotarlas en su diario y luego las olvidó. Sus padres, en cambio, no pudieron ignorarlas, a pesar de que estaban de acuerdo en que la posesión demoníaca y la soberbia eran dos pecados demasiado grandes para una niña tan pequeña. Temían a la maledicencia de la gente y al fanatismo del padre Restrepo. Hasta ese día, no habían puesto nombre a las excentricidades de su hija menor ni las habían relacionado con influencias satánicas. Las tomaban como una característica de la niña, como la cojera lo era de Luis o la belleza de Rosa.
Los poderes mentales de Clara no molestaban a nadie y no producían mayor desorden; se manifestaban casi siempre en asuntos de poca importancia y en la estricta intimidad del hogar. Algunas veces, a la hora de la comida, cuando estaban todos reunidos en el gran comedor de la casa, sentados en estricto orden de dignidad y gobierno, el salero comenzaba a vibrar y de pronto se desplazaba por la mesa entre las copas y platos, sin que mediara ninguna fuente de energía conocida ni truco de ilusionista. Nívea daba un tirón a las trenzas de Clara y con ese sistema conseguía que su hija abandonara su distracción lunática y devolviera la normalidad al salero, que al punto recuperaba su inmovilidad. Los hermanos se habían organizado para que, en el caso de que hubiera visitas, el que estaba más cerca detenía de un manotazo lo que se estaba moviendo sobre la mesa, antes que los extraños se dieran cuenta y sufrieran un sobresalto. La familia continuaba comiendo sin comentarios. También se habían habituado a los presagios de la hermana menor. Ella anunciaba los temblores con alguna anticipación, lo que resultaba muy conveniente en ese país de catástrofes, porque daba tiempo de poner a salvo la vajilla y dejar al alcance de la mano las pantuflas para salir arrancando en la noche. A los seis años Clara predijo que el caballo iba a voltear a Luis, pero éste se negó a escucharla y desde entonces tenía una cadera desviada. Con el tiempo se le acortó la pierna izquierda y tuvo que usar un zapato especial con una g...

Clara clarividente conocía el significado de los sueños. Todo el mundo sabía que era diferente, o que estaba un poco loca decían algunos. De pequeña con toda su familia sentada a la mesa era capaz de mover el salero de un lado a otro sin tocarlo, tan solo con la fuerza de sus pensamientos. Conocidas eran también sus reuniones con espíritus alrededor de la mesa de tres patas. Clara escribía todo lo que le ocurría en sus cuadernos de anotar la vida y que muchos años después servirían a su nieta para retomar la peculiar historia de su familia.
Uno de los acontecimientos que más impactaron en ella fue la muerte de sus padres en un accidente de tráfico. Nadie quiso que se enterara, puesto que estaba embarazadísima y a punto de alumbrar a sus mellizos, pero ella ya lo había visto en sus sueños. Comenzó a soplar el viento cuando llegaron hasta un campo de cebollas, acompañada por su cuñada y hasta donde guio al chofer. Ambos se empeñaban en que no era posible, ya que estaban muy lejos del lugar donde había ocurrido el accidente, pero Clara pidió al chofer que reptara entre unas matas donde encontraría la dichosa cabeza.
Níveo y Severo preocupados por la mudez de Clara acuden a un sinfín de médicos para darle cura a tan extraño accionar por parte de la niña. En su intento por sacar a Clara de tal estado muchos médicos inventan remedios pero ninguno surte efecto. La Nana por su parte hacía disfraces para asustar a Clara y poderle arrancar un grito, pero no lo consigue. La mudez de Clara hace que la retiren de la escuela y le enseñen en su casa. Clara es una ávida lectora e inicia un que tendrá de por vida: escribir los hechos más importantes en sus cuadernos de anotar la vida. Clara llevaba en su delantal una pizarrita con la cual se comunicaba con los demás. En una oportunidad Honorio, el jardinero, le comenta a Clara acerca de un sueño que había tenido y ella lo interpreta perfectamente, haciendo que el jardinero gane ochenta pesos en una lotería. El rumor se expande y todo el pueblo se amontona en la casa de los Del Valle para que Clara interprete sus sueños. Mientras Clara va creciendo sus poderes de clarividencia se agudizan hasta llegar a predecir desastres naturales, leer las cartas y empieza a tocar el piano con la tapa cerrada. A Severo no le agradan las excentricidades de su hija y las prohíbe, pero Nívea conocedora de los dones de su hija las aprueba y la ayuda a desarrollar sus habilidades. Durante el silencio de Clara, Nívea le relata el sinnúmero de historias de la familia.
Cuando Clara cumple diecinueve años anuncia a su familia que se casará muy pronto con el novio de Rosa; todos quedan sorprendidos al ver que Clara ha roto su silencio que le prestan poca atención a su predicción. Por otro lado, Esteban llega a su casa la cual encuentra en ruinas y a su hermana Férula más avejentada. Llega en el momento preciso para decirle adiós a su madre quien le hace prometer que se casará y tendría una familia estable. Cumpliendo su promesa Esteban acude a la casa de la familia Del Valle para ver si había alguna hija disponible con la que se pueda casar. Severo y Nívea presentan a Clara, pero le advierten de todas sus excentricidades. Esteban no ve sus habilidades como un inconveniente para procrear hijos saludables. Al ver a Clara, Esteban queda prendado y le ponen fecha a su matrimonio. Durante el intercambio de anillos el día de su compromiso, llega Barrabás desangrándose de una puñalada en el lomo. El perro se acerca a Clara y muere en sus brazos lo cual pone fin a la ceremonia.

Durante ese año, Esteban espera ansioso casarse con Clara y le construye una casa con un estilo barroco donde se mudarían al ser ya una pareja casada. Férula se encontraba nerviosa pues el nuevo casamiento de su hermano significaría que ella tendría que vivir en su casa que se encontraba en ruinas. Afortunadamente, Férula descubre que Clara no es muy buena con las labores domésticas y persuade a Esteban de dejarla vivir con ellos para ayudarlos con el mantenimiento de la gran casa. Entre las dos mujeres se desarrolla un vínculo de amistad profunda en la cual Férula cuida en extremo a Clara. Esteban se enamora mucho más aún de Clara lo cual lo ayuda a olvidarse de Rosa. Al mismo tiempo, se da cuenta que Clara realmente no le pertenece. Poco después de establecerse en la ciudad, todo el mundo se entera que Clara está embarazada. Durante el embarazo, los cuidados de Férula se hacen más intensos hasta llegar al punto de bañarla.
El capítulo 3 nos retrotrae al momento en que Clara decide dejar de hablar, luego de la muerte de su hermana Rosa. Esa mudez le durará nueve años, tiempo durante el cual la familia probará los remedios más variados para hacerla hablar. En un primer momento la llevan con el rumano Rostipov, quien trata la histeria con varillas magnéticas. A lo largo de esos años, la Nana trata de curarla mediante el susto: se disfraza de los seres más espeluznantes y la asalta en cualquier momento esperando que el susto la haga volver a hablar. Pero nada de esto funciona con la niña. Como contracara a este trato, la Nana le prodiga todos los cuidados posibles: la baña, la perfuma y vela su sueño. En esos años, Clara sigue desarrollando sus poderes de clarividente: valiéndose de una pizarra, adivina el porvenir a los empleados de la casa y a los miembros de su familia.
Coincidentemente, Esteban está de regreso en la ciudad debido a la petición de su madre moribunda, a quien encuentra postrada en su lecho, con el cuerpo compacto y entumecido, rígida por la artritis y en pleno proceso de putrefacción en vida. Ester se pone feliz de ver a su hijo y le hace prometer que se casará y que le dará descendencia al apellido Trueba. Habiendo manifestado su deseo, anuncia que pronto morirá. Ester muere dos días después, sola en su cama, ya que sus dos hijos estaban ausentes. El cortejo es efímero. Clara lo interpela y le dice que ella está dispuesta a casarse con él. El año transcurre con los preparativos de la boda y la construcción de La casa de la esquina, que será el hogar del matrimonio. Para su construcción, Esteban hace traer los materiales desde Europa y Estados Unidos y manifiesta su interés por tener un hogar sólido y clásico para albergar a toda su descendencia. Luego de la boda, el matrimonio pasa tres meses de luna de miel en Italia. Al regresar, se mudan a La casa de la esquina y poco tiempo después Clara queda embarazada. El año transcurre sin sobresaltos. Durante su embarazo, Clara se muestra cada vez más ausente y en constante diálogo con la niña que está gestando: ha predicho que será una niña y se llamará Alba. También sigue en contacto con los espíritus que la rodean y se comunican con ella.
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Al iniciar el capítulo, el matrimonio se dirige, junto a Blanca y a Férula, a pasar el verano en Las Tres Marías. Allí, la pequeña hija de Clara establece amistad con Pedro Tercero García, hijo de Pedro Segundo, capataz de la estancia en ausencia del patrón. Mientras Esteban se encarga de los trabajos de campo, Clara comienza a comprender cómo funcionan las mecánicas de Las Tres Marías y cómo gobierna su marido sobre esa gente. Para contrarrestar la opresión de Esteban, trabaja incansablemente para hacer funcionar la escuela y para brindar salud a los niños de la estancia. Mientras tanto, Férula organiza reuniones para rezar el rosario junto a las mujeres de los peones. Clara aprovecha estas reuniones piadosas para presentar a esas mujeres campesinas los ideales feministas que heredó de su madre, aunque con muy poco éxito, pues esas mujeres no pueden aplicar las conductas que promueve su patrona en sus casas, ya que sus maridos las golpearían hasta silenciarlas. El tiempo pasa y Clara no da señales de querer volver a la capital, por lo que la estadía de la familia se prolonga en Las Tres Marías. Después de una plaga de hormigas que enloquece a la familia y que solo el padre de Pedro Segundo logra contrarrestar, Clara comienza a dar muestras de encierro en su interior espiritual, y esto anuncia que está embarazada. Durante el embarazo, Clara vuelve a encerrarse en su mudez, y otra vez se vale de su pizarra para comunicarse, como cuando era niña. Hacia el último mes de embarazo -Clara ya había predicho que tendría mellizos varones y que los llamaría Jaime y Nicolás -Severo y Nívea Del Valle mueren en un accidente automovilístico. Esteban Trueba no quiere que su esposa se entere de la tragedia, por lo que Clara no participa en el sepelio. Intranquila frente a esta situación, Clara obliga a Férula a tomar un taxi junto a ella y salir en busca de la cabeza. Con sus dotes, indica al chofer por dónde tiene que andar y cuándo detenerse. Así encuentran la cabeza y la cargan en el auto. En ese preciso instante, Clara siente que va a dar a luz. Regresan a la casa y el parto se desarrolla con normalidad. Tras la muerte del matrimonio Del Valle, la Nana se instala en La casa de la esquina y ayuda a la familia con el cuidado de los tres niños. Por esa época a la casa llegan las tres hermanas Mora, un grupo de hermanas espiritistas que han ubicado a Clara con sus poderes y traban con ella una estrecha amistad. Desde ese momento, La casa de la esquina se llena de gentes de diversas procedencias: cabalistas, bohemios, magos y poetas. Esteban reprueba esta conducta, pero no interfiere en los hábitos de su esposa. Solo se encarga que los mellizos no se vean involucrados en cuestiones mágicas, pues considera que son cosas de mujeres. Al mismo tiempo, Esteban inicia una rivalidad silenciosa con su hermana, Férula, quien compite por el amor de Clara. Férula hace todo lo posible para alejar a la pareja, y logra que Esteban ya no se sienta cómodo en su propia casa y decida irse cada vez más tiempo a la estancia. Sin embargo, movido por un presentimiento, Esteban regresa un día a la capital sin dar aviso. Esa noche hay un temblor particularmente fuerte que espanta a Férula, quien busca refugio en la habitación de Clara. Esta última no lo ha sentido, y duerme plácidamente. Cuando Esteban llega a la casa, se dirige sigilosamente a la habitación de su mujer y encuentra a su hermana durmiendo con ella.
Clara es una niña extravagante que no se mueve dentro de los parámetros de conducta habitual. Después de la muerte de su hermana, Rosa, deja de hablar y solo se comunica por medio de una pizarra. A pesar de su mudez, la niña sigue desarrollando sus habilidades psíquicas y espirituales. Este personaje abre la narración a una serie de elementos mágicos que, lejos de verse como cuestiones sobrenaturales inexplicables, o de producir un conflicto de sentidos con el carácter realista del resto de los acontecimientos, se integran naturalmente a la compleja realidad de las familias protagonistas. La integración se produce también a nivel estilístico: la narradora utiliza la enumeración y la repetición sintáctica como recursos estructurantes de su texto y en ellas coloca, al mismo nivel, los hechos mágicos y los más banales. En el siguiente pasaje, por ejemplo, se enumeran tres elementos que una institutriz inglesa no toleró de su trabajo en la casa de los Del Valle: “Severo hizo traer de Inglaterra a una institutriz, miss Agatha, alta, toda ella de color ámbar y con grandes manos de albañil, pero no resistió el cambio de clima, la comida picante y el vuelo autónomo del salero desplazándose sobre la mesa del comedor, y tuvo que regresar a Liverpool” (p. 87). Cuando Clara se casa con Esteban Trueba y se mudan a La casa de la esquina, Férula, su cuñada, se hace cargo de sus cuidados e incluso organiza la rutina del día a día en torno a estas particularidades: “A media mañana le llevaba personalmente el desayuno a la cama, abría las cortinas de seda azul para que entrara el sol entre los cristales, llenaba la bañera de porcelana francesa pintada con nenúfares, dándole tiempo a Clara para sacudirse la modorra saludando por turno a los espíritus presentes, atraer la bandeja y mojar las tostadas en el chocolate espeso” (p.110). Esta enumeración propone, nuevamente, la nivelación y la integración del mundo espiritual con lo más cotidiano de la casa: el desayuno y el baño. Lo mismo sucede en el capítulo 4, cuando clara traba amistad con las hermanas Mora, tres damas espiritistas que establecen una reunión todos los viernes en La casa de la esquina para comunicarse con los espíritus y desarrollar sus técnicas de adivinación. Las hermanas Mora “se presentaron con sus propias barajas impregnadas de fluidos benéficos, unos juegos de figuras geométricas y números cabalísticos de su invención, para desenmascarar a los falsos parapsicólogos, y una bandeja de pastelitos comunes y corrientes de regalo para Clara. Se hicieron íntimas amigas y, a partir de ese día, procuraron juntarse todos los viernes para invocar a los espíritus e intercambiar cábalas y recetas de cocina” (p. 137).
El resto de personajes que se mueven en torno a Clara sufren primero la tensión propia de ese choque de mundos, pero poco a poco van cediendo terreno y aceptando sus capacidades particulares como elementos naturales: “Su padre le prohibió escrutar el futuro en los naipes e invocar fantasmas y espíritus traviesos que molestaban al resto de la familia y aterrorizaban a la servidumbre, pero Nívea comprendió que mientras más limitaciones y sustos tenía que soportar su hija menor, más lunática se ponía, de modo que decidió dejarla en paz con sus trucos de espiritista, sus juegos de pitonisa y su silencio de caverna, tratando de amarla sin condiciones y aceptarla tal cual era” (p.89).
Si bien el relato se construye en tercera persona -salvo por los momentos en primera persona destinados a la voz de Esteban Trueba -, en contadas ocasiones la narradora rompe esa distancia que sostiene normally y hace algún comentario sobre su propia tarea de contar la historia. En estos momentos, la voz de la narradora indica que gran parte de lo que nos cuenta lo ha leído en los diarios de la propia Clara (que esta llama “cuadernos para anotar la vida”). Es una delicia, para mí, leer los cuadernos de esa época, donde se describe un mundo mágico que se acabó. Clara habitaba un universo inventado para ella, protegida de las inclemencias de la vida, donde se confundían la verdad prosaica de las cosas materiales con la verdad tumultuosa de los sueños, donde no siempre funcionaban las leyes de la física o la lógica. Clara vivió ese período ocupada en sus fantasías, acompañada por los espíritus del aire, del agua y de la tierra, tan feliz, que no sintió la necesidad de hablar en nueve años. La casa de los espíritus, en este sentido, es un relato sobre la evolución de un país durante el siglo XX vista a través de los ojos de un grupo familiar que ha participado activamente en ella. Los Del Valle son un ejemplo del complejo sincretismo de ideologías y cosmovisiones de la sociedad chilena del siglo XX: en ellos conviven los ideales de una clase alta europeizada y conservadora con las ideas revolucionarias de un socialismo en pleno desarrollo y con el nacimiento de la lucha feminista. Este sincretismo se hace patente en el capítulo 4, cuando se cuenta que Severo del Valle fue el primer chileno en comprarse un automóvil y que se trataba de un modelo de origen británico al que bautizó con el nombre indígena (según la narradora) de "Covadonga" (nombre en verdad heredado de España, pero que fue de uso corriente en Latinoamérica). A la dimensión política, la presencia de Clara suma una dimensión cultural que atraviesa todo el relato y lo enriquece con una cosmovisión en constante tensión con el ideal capitalista que va a dominar las relaciones económicas y sociales en Chile. Esta cosmovisión no se preocupa por lo mensurable ni por el valor económico de los objetos y de las relaciones, sino que se interesa por el mundo oculto, por lo profundo que conecta a los seres vivos con el mundo espiritual. Este es un mundo de sensaciones magnificadas, de pura sensibilidad y percepción, libre de juicio y del intento de someter la realidad a la voluntad individual. Si los Del Valle pueden considerarse como una fusión de dos mundos en tensión, esta dualidad logra finalmente su máxima expresión en el matrimonio de Clara con Esteban Trueba: ella representa la conexión al mundo espiritual y milenario, asociado a las culturas nativas de Latinoamérica, mientras que él es la encarnación del homo economicus, una persona racional que busca maximizar sus ganancias por cualquier medio. Si Esteban se perfila como un patrón explotador que busca el progreso de sus trabajadores en la medida justa de su propia ganancia y de la reproducción de ese esquema social, Clara sigue las enseñanzas de su madre y aparece como una mano sanadora en contraposición a la violencia de su marido. En Las tres Márias, “Clara repartía su tiempo entre el taller de costura, la pulpería y la escuela, donde hizo su cuartel general para aplicar remedios contra la sarna y parafina contra los piojos, desentrañar los misterios del silabario, enseñar a los niños a cantar rengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera, a las mujeres a hervir la leche, curar la diarrea y blanquear la ropa” (p. 117). Lo que es más, cuando Férula realiza reuniones para rezar junto a las mujeres del campo, Clara las aprovecha para finalizarlas con su discurso feminista, invitándolas a luchar por sus derechos. Pero al discurso feminista heredado de Nívea se le opone el discurso patriarcal cristalizado en esas mujeres de campo: “«Nunca se ha visto que un hombre no pueda golpear a su propia mujer, si no le pega es que no la quiere o que no es bien hombre; dónde se ha visto que lo que gana un hombre o lo que produce la tierra o ponen las gallinas, sea de los dos, si el que manda es él; dónde se ha visto que una mujer pueda hacer las mismas cosas que un hombre, si ella nació con marraqueta y sin cojones, pues doña Clarita»” (p. Las relaciones sociales establecidas son legitimadas por el poder, primero del patrón (Esteban, en este caso) y luego del gobierno (los conservadores que se apoyan, justamente, en la simpatía de terratenientes como Esteban Trueba). En ese sentido, el patriarcado es una estructura de dominación social que somete a las mujeres al punto de hacerles creer que ese es el único orden social posible. Para dejar bien clara su postura, a estas palabras de aceptación Isabel Allende nos contrapone con ironía una semblanza del estado deplorable de estas mujeres que “se codeaban y sonreían tímidas, con sus bocas desdentadas y sus ojos llenos de arrugas, curtidas por el sol y la mala vida, sabiendo de antemano que si tenían la peregrina idea de poner en práctica los consejos de la patrona, sus maridos les daban una zurra” (p.118). El discurso feminista de Clara se encuentra, a mediados de siglo XX, con una sociedad chilena machista y misógina que el único lugar que reserva a la mujer es el de los quehaceres del hogar. Esteban Trueba es el mayor exponente de la misoginia y aparece como el macho violador, encarnando todos los elementos de una masculinidad negativa. Cuando se entera de las ideas que su mujer “pone” en las cabezas de aquellas mujeres, estalla en ira y le prohíbe terminantemente volver a hablar con ellas. En su discurso, Esteban es un “macho bien plantado” (p. Sin embargo, Esteban también ama con locura a Clara, como nunca ha amado antes, pero incluso el amor está atravesado por el discurso patriarcal y promueve, en verdad, una estructura de domin...