Arquitectura y Cómic: Un Diálogo a Través del Espejo

La arquitectura y el cómic, aunque parezcan disciplinas dispares, comparten una profunda conexión que se ha manifestado y explorado a lo largo del tiempo. El estudio de la simetría, por ejemplo, es un intento de acercarse a la belleza, una medida de ella basada en la proporcionalidad y el equilibrio. Pero también constituye un concepto fundamental en el estudio del mundo que nos rodea, como ocurre en la mecánica cuántica. A través de libros, pinturas, figuras poliédricas y singulares personajes, este libro nos adentra en los misterios de la simetría y en sus aplicaciones matemáticas.

La influencia de la Arquitectura en el Cómic es un asunto probado. Críticos y estudiosos como Eco, Masotto, Montaner o Smolderen así lo atestiguan. La ciudad y su arquitectura son protagonistas en “The Yellow Kid” de Outcoult de 1896 y de las visiones perspectivas de metrópolis como New York en “Little Nemo” de Mc Cay de 1910.

Los aportes más significativos a la visión de la arquitectura desde el cómic tal vez hayan sido los desarrollados por Hergé y sus ciudades de ficción construidas a partir de lugares y ciudades reales. Los arquitectos comienzan a manejar el lenguaje del cómic en los manifiestos de Archigram y de Superstudio, hasta llegar a nuestros días con los aportes de Koolhaas, Big o Herzog y de Meuron.

El surgimiento de la dupla de Peeters y Schuiten adquiere en este contexto relevancia significativa. En la serie conocida como las “Ciudades Oscuras” la arquitectura es protagonista, y por tanto sus constructores: promotores inmobiliarios, políticos y arquitectos también lo son. La figura descollante del panorama arquitectónico de las Ciudades Oscuras es Eugéne Robick, en cuya obra es detectable la influencia de arquitectos como Horta o Sant´Elía.

La Facultad de Arquitectura de la Universidad ORT Uruguay invita a la conferencia "Comic y arquitectura. El otro lado del espejo", dictada por el Dr. Arq. Koldo Lus Arana. Este docente de Proyecto Arquitectónico en la FADU, Universidad de la República (Uruguay), y Doctor en Arquitectura por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (España), ha centrado su tesis en las relaciones arquitectónicas en la obra de Schuiten y Peeters, titulada "El otro lado del espejo. La arquitectura en la obra de Schuiten y Peeters", la cual recibió la calificación de cum laude. Ha coordinado el curso "Ciudad, Arquitectura, Cómic" y ha sido relator en diversos eventos sobre diseño gráfico, arquitectura y cómic.

Nunca sé, cuando me piden que hable sobre Arquitectura y Cómic, si el lector al que me dirijo estará familiarizado con esas artes. Sospecho que siempre conocerá la primera, por ser la más común, la de la casa que le proporciona un techo bajo el que vivir, si tiene suerte en propiedad -después de haberla pagado o desembolsando su mensual hipoteca- o entrando en ese apasionante universo del alquiler, repleto de agujeros negros. Sobre el tema del Cómic igual yo tampoco sé mucho, pero seguramente este mismo lector estará al cabo de la calle por el recuerdo de “aquellas” lecturas infantiles, puede que alargadas hasta su época juvenil. Mucho pedir sería su consumo en la edad adulta, incluso que existiese un punto de coleccionismo. Ahora relacionar ambos términos puede cortocircuitar a más de uno. Nada más lejos de la realidad.

Para empezar, el término "comic" es un anglicismo. En nuestro país se conoce como tebeo -derivado de la revista periódica de historietas TBO, (1917-1998)- y que es lo mismo que la “gafapastil” expresión novela gráfica -o “tebeo gordo”, como diría el poeta y filólogo Luis Alberto de Cuenca-. Si el cine recoge en un único “recuadro”, la pantalla, una sucesión rápida de fotogramas que da lugar a la animación de la imagen en el tiempo, en el cómic ese encadenamiento de imágenes se desarrolla en diferentes viñetas, recuadros en los que generalmente -no es una norma- se “encierra” cada dibujo. Por lo general, y dependiendo de la pericia y voluntad de experimentación del autor, esas viñetas se disponen sucesivamente hasta conformar la página, siguiendo en el cómic occidental el sentido de lectura tradicional, de izquierda a derecha y de arriba a abajo.

Es decir, mientras que en literatura el lector traduce los textos en imágenes en su cabeza, por el poder evocador que las palabras del escritor despiertan en la imaginación, en el cine todo resulta mucho más sencillo para el espectador: únicamente tiene que seguir el hilo temporal de lo que se proyecta en pantalla. En el caso del cómic, espacio intermedio entre literatura y cine, el lector convierte una sucesión de imágenes que, acompañadas -o no- de textos, transforman el espacio tridimensional en una representación en dos dimensiones a la que se le añade una cuarta, el tiempo, siguiendo el recorrido marcado por el autor en la página.

Esto último que he explicado ha servido para relatar a lo largo de la historia diferentes acontecimientos usando soportes de lo más variados. Así, por ejemplo, en la columna de Trajano, con ese recorrido helicoidal en relieve, encontramos la narración de la conquista de la Dacia -actual Rumanía-, por parte del emperador Trajano; en el tapiz de Bayeux, los casi setenta metros lineales de tela bordada cuentan la conquista de Inglaterra por los normandos; los pórticos de las iglesias románicas y góticas sirven para explicar a los fieles -generalmente analfabetos entonces- capítulos destacados de las Sagradas Escrituras mediante esculturas y relieves; o los diferentes códices con su arte miniado, como la Biblia de los Cruzados, adaptan pasajes bíblicos desde el prisma de la Francia del gótico. No es que sean cómics, pero sí repiten el canon básico de estos a la hora de contar sus relatos, usando su arte de manera secuencial.

El lenguaje empleado por el cómic sirve para interpretar el espacio y que el mensaje resulte más fácilmente comprensible para el receptor. Y por eso resulta un recurso muy útil en la Arquitectura y su representación. No lo vieron venir, ¿verdad?

Nombres como Bernard Tschumi, Archigram, Morphosis, MVRDV o Rem Koolhaas emplean el lenguaje del cómic en la ilustración de sus proyectos, ya sea como sucesión de imágenes -más o menos elaboradas, mudas o no- que invitan a recorrer las ideas esenciales sobre las que se levantan los mismos. O directamente contratan a dibujantes de historietas para la recreación de esos proyectos con los recursos propios del cómic, como es el caso del historietista y diseñador industrial Joost Swarte, que ha colaborado con el estudio Mecanoo. Incluso puede señalarse a Le Corbusier (1887-1965) como el precursor en el uso de este medio. El arquitecto y docente Koldo Lus Arana apunta que “Le Corbusier leía tebeos”. Concretamente el niño Jeanneret debía pasárselo piruleta con las tiras cómicas de Monsieur Pencil y Le Docteur Festus (ambas de mitades del siglo XIX) del dibujante Rodolphe Töpffer. Esto se ve claramente, aparte de la presentación de la Ville Contemporaine que haría en el número 28 de la revista L’Esprit Nouveau, en la conocida “Carta a la señora Meyer”, de 1925. En ella, usando una sucesión de perspectivas exteriores e interiores, a modo de recorrido completo, con una narrativa gráfica sencilla y efectiva, asistida por globos con textos explicativos, exponía su proyecto.

Muchos son los arquitectos que coquetean, incluso hacen oficio por gusto más que por necesidad, con el mundo del cómic. Hasta llegar a ofrecernos obra propia, como los arquitectos Jiménez Lai, Bjarke Ingels, Wes Jones, o el mencionado Koldo “Klaus” Lus entre otros. Los hay que incluso, dejando a un lado la profesión, se dedican por completo al arte de la historieta, como Miguelanxo Prado, Daniel Torres, Mikel Janín, Milo Manara o Tanino Liberatore. Y, sin llegar a ser arquitectos, autores como François Schuiten, Richard McGuire o Chris Ware representan y juegan con el venustas vitruviano de manera sugerente, interpretativa y compositivamente, de manera que sus dibujos arquitectónicos se integran en sus páginas y ordenan la lectura. Son dignos sucesores de la fascinante estética de la obra de George Herriman con su Krazy Kat o el mundo onírico del Little Nemo de Winsor McCay.

Así que, en un momento en el que la arquitectura empieza a ser elemento comunicativo -aparte de obra vivible en su fin último-, y el cómic comparte ciertos elementos del lenguaje arquitectónico y los hace propios -cuando no los reinterpreta y transforma-, esta relación entre arquitectura y cómic se hace cada vez más frecuente.

He mencionado antes como, según Koldo Lus, Le Corbusier leía tebeos. Pero no sé qué hubiese pensado el aludido al verse cruzando al otro lado del espejo como la Alicia de Lewis Carroll, para, enmarcado entre viñetas, convertirse en protagonista de ellos. Y es que, de todos los arquitectos conocidos, estos que la modernidad ha encumbrado a la categoría de clásicos, es Le Corbusier quien acapara más títulos publicados sobre su vida y obra. Así tenemos títulos como L’enfance d’un architecte. Le Corbusier, (2008), Le Corbusier. La bâtisseur deu XXº siécle, (2015) -a modo de artículo en una revista- y Le Corbusier, architecte parmi les hommes, (2010) de Rébéna, Baudouï y Thévenet. No conseguimos librarnos de la figura de Le Corbusier en Eileen Gray: A House under the Sun, (2019) de Charlotte Malterre-Barthes y Zosia Dzierzawska. Esta novela gráfica habla sobre la pionera del Movimiento Moderno en la Arquitectura, Eileen Gray y la casa que la hizo famosa, la E-1027. Por último, en Robert Moses: The Master Builder of New York City, (2014) Olivier Balez y Pierre Christin descubren al arquitecto, urbanista y político artífice de la imagen de la ciudad de Nueva York. Desde el metro a los rascacielos, pasando por viales, autopistas, jardines, parques, zonas de juego, piscinas… La imagen actual de NY se la debemos a un hombre que también se dejó llevar por la ambición y el lado deshumanizante del maquinismo industrial.

Robert Moses vuelve a aparecer en otra famosa saga de cómics, inspirándose en su figura para crear el personaje del constructor Lewis Solomon, villano sin escrúpulos, un halcón antropomorfizado en la nueva obra de Juanjo Garnido y Juan Díaz Canales, Todo cae, séptimo título de la serie noir Blacksad.

Sin ser biografía, el dibujante David Mazzucchelli creó Asterios Polyp, (2009), una ficción cuyo protagonista, un arquitecto teórico sin obra construida, se busca a sí mismo encontrándose en un “meteórico” final.

Cuando me planteé MIES, a comienzos de 2015, quería zanjar una deuda pendiente con la Arquitectura. Había estudiado cuatro cursos, abandonado la carrera, licenciado como arquitecto técnico y trabajado durante trece años y medio en un estudio (Capilla Vallejo Arquitectos). Acabada esa etapa, sabiendo contar historias y con mano para el dibujo arquitectónico -no así para proyectar, lo reconozco-, era más que razonable que alguna vez llegase a crear un cómic sobre Arquitectura. Podía haber hecho un libro que recogiese, a modo de catálogo, la obra de Mies. Conocemos la obra de Mies, como la de tantos otros referentes de la Arquitectura. Incluso sabemos datos de sus trayectorias personales, sucesos, anécdotas… Y esa era la parte sobre la que quería trabajar. Esas vivencias que moldearon al personaje y que seguramente dieron forma a su arquitectura. Mies van der Rohe aplicó a su vida y a quienes le rodeaban la máxima que hizo famosa: “menos es más”. Y mientras que en su arquitectura depuró la forma al límite del diseño y el detalle, eliminando cualquier decoración que no proviese de la estética de los materiales empleados -acero, ladrillo, piedra, madera, vidrio…-, en su proceder privado hizo lo mismo. Nunca pretendí hacer un relato amarillista sobre su persona. Solo basarme en lo mucho que ya se había escrito negro sobre blanco sobre su obra, pero también de su vida, y crear una historia con ciertas licencias en beneficio de la agilidad en la narración. Algo que ha permitido acercar al arquitecto y su obra, no solo a los interesados -casi devotos- de Mies, si no también a quienes lo desconocían. Creo que eso es lo que debe buscar el arte secuencial del cómic.

Fachada de edificio con elementos simétricos

La relación entre arquitectura y cómic se consolida a través de la representación espacial, la narrativa visual y la capacidad de ambos lenguajes para comunicar ideas complejas de manera accesible. Desde las metrópolis ficticias de Hergé hasta las exploraciones de la psique arquitectónica en obras como "Asterios Polyp", el cómic se erige como un espejo fascinante donde la arquitectura se refleja, se reinterpreta y se proyecta hacia nuevas dimensiones.

Este diálogo entre arquitectura y cómic no solo enriquece la comprensión de ambas disciplinas, sino que también abre nuevas vías para la expresión artística y la divulgación del conocimiento, demostrando cómo la estructura y la narrativa pueden entrelazarse para crear mundos imaginarios y reflexiones sobre el espacio que habitamos.

Viñeta de cómic mostrando una ciudad futurista

La influencia mutua se manifiesta en la forma en que los arquitectos adoptan el lenguaje visual del cómic para ilustrar sus proyectos, y en cómo los autores de cómics utilizan la arquitectura como elemento central de sus narrativas, explorando sus formas, funciones y el impacto que tiene en la vida de los personajes.

Portada del cómic

La arquitectura, en su esencia, busca ordenar el espacio y dar forma a la experiencia humana. El cómic, a su vez, a través de su secuencialidad y su capacidad para combinar imagen y texto, ofrece una poderosa herramienta para contar historias y explorar conceptos. La convergencia de estas dos artes permite una representación más dinámica y accesible del entorno construido y de las ideas que lo sustentan.

Dibujo de Le Corbusier

El legado de figuras como Le Corbusier, quien ya experimentaba con narrativas gráficas sencillas, y la continua exploración de autores contemporáneos, subraya la vitalidad y relevancia de la conexión entre arquitectura y cómic. Esta relación trasciende la mera representación, invitando a una profunda reflexión sobre cómo construimos, cómo imaginamos y cómo contamos las historias de nuestros espacios.

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