Decepcionar a la Familia: Un Camino Hacia la Libertad y la Autenticidad

A veces, decepcionar a la familia es casi una obligación para poder ser libres, para reafirmarnos como personas, como individuos merecedores de la propia felicidad y gestores de su propia independencia.

Romper o cuestionar determinados mandatos familiares es un acto saludable que nos renueva por dentro y por fuera, y que a su vez pone “a los nuestros” en la compleja y necesaria encrucijada de aceptarnos tal y como somos o dejarnos ir.

No es fácil. A lo largo de la primera etapa del ciclo vital siempre hay un momento en que el niño despierta y toma plena conciencia de esas sutiles incongruencias que habitan en muchas dinámicas familiares. Percibe con estupefacción, por ejemplo, lo que los padres le aconsejan con severidad y lo que ellos mismos no aplican.

Los mandatos familiares son como pequeños átomos chocando entre sí. Crean una materia invisible de la que nadie es consciente, pero que asfixia. Se originan por la fuerza intergeneracional, por nuestro sistema de creencias, de exigencias y de códigos inconscientes; esos que se expresan no solo en el tipo de mensajes emitidos durante la comunicación, sino también en el tono y en el lenguaje no verbal.

Así, y casi sin que nos demos cuenta, quedamos moldeados por una serie de atributos y creencias que interiorizamos en silencio y a duras penas. Hasta que de pronto percibimos que no encajamos en ese rompecabezas, nos damos cuenta de que nuestra familia “funcional” tal vez no lo sea tanto, porque habitan demasiados silencios, demasiadas miradas bajas que rehuyen encontrarse. Es entonces cuando uno decide tomar una decisión, un camino propio que a veces tendrá un alto coste: decepcionar a los nuestros.

La Complejidad de Algunos Lazos Familiares

Cuando Lucas vino al mundo su madre tenía 41 años y su padre 46. Para sus padres tener un único hijo no era una elección, sino el resultado de un proceso muy duro. Antes de él su madre sufrió cuatro abortos espontáneos y después él, aún sufrió uno más. Sin quererlo, y por supuesto sin desearlo, fue siempre ese superviviente solitario sobre el que su familia proyectó todo un manual de expectativas, todo un compendio de esperanzas, sueños y deseos.

Sin embargo, Lucas nunca fue un buen estudiante, tampoco fue dócil ni tranquilo ni, aún menos, obediente. Lo peor de todo es que, durante toda esa etapa de fracasos en la escuela, tuvo que convivir con el espectro de sus hermanos invisibles, esos que nunca llegaron a nacer y que, sin embargo, sus padres siempre tenían presentes. “Seguro que alguno de ellos hubiera llegado a ingeniero como yo”, “Seguro que alguno hubiera sido más centrado, más responsable…”

Además de la constante idealización imaginaria de sus padres, Lucas también ha tenido que afrontar algún que otro mensaje poco acertado por parte de algunos tíos y algunos abuelos. “Haz caso a tu madre, deja la música y céntrate en una carrera. Tus padres han sufrido mucho para tenerte y no te costaría nada hacerles felices por una vez”…

Ahora, llegada esa edad en la que uno puede por fin hacerse responsable de sus decisiones, Lucas pone rumbo al extranjero para entrar en un conservatorio. Es consciente de que va a decepcionar a los suyos.

Ilustración de una persona eligiendo un camino diferente al de su familia

Cuando Decepcionar Implica Conseguir que los Demás Abran los Ojos

El año pasado se llevó a cabo un interesante estudio en la Universidad de Utah, donde se explicó qué estrategias servían de mayor ayuda a esas personas que se consideraban a sí mismas como las “ovejas negras” de sus núcleos familiares. Saber reaccionar, saber manejar con eficacia este tipo de realidades es esencial para nuestro bienestar.

Es necesario también ser asertivos con nuestra familia, porque expresar en voz alta las propias necesidades, pensamientos y deseos no tiene por qué ser una amenaza si lo hacemos con respeto, madurez y convicción. A su vez, y para terminar, es conveniente que no nos percibamos como “marginados”.

A pesar de que a muchas “ovejas negras” no les moleste -en apariencia- ser ese elemento “disruptivo” o “desafiante” del núcleo familiar, en ocasiones las “ovejas negras” terminan siendo esclavas de la etiqueta que los demás le han puesto y en las que ellas ha encontrado cierto refuerzo. Así, es como por ejemplo alguien puede terminar llevando la contraria por sistema a cualquier norma o deseo familiar no escrita, por mucho que ella también prefiera esa opción.

Relativicemos ese valor sesgado que han puesto sobre nosotros durante tanto tiempo, y entendamos también que decepcionar, en ocasiones, no tiene ninguna connotación negativa.

Gráfico que muestra la influencia de las expectativas familiares en las decisiones personales

El miedo a decepcionar a nuestros padres es una sensación común y en MA Psicólogos nos toca trabajarlo en terapia con frecuencia. Suele estar ligada al deseo de recibir su aprobación, amor y reconocimiento. Muchas veces, este miedo nace de expectativas, reales o imaginadas, sobre lo que ellos esperan de nosotros.

Es importante reconocer que el amor de los padres no debería estar condicionado por logros o fracasos, es incondicional. A menudo, el miedo a decepcionarlos surge de la creencia de que su cariño depende de lo que hacemos y no de quiénes somos. Reflexionar sobre esta idea y dialogar abiertamente con ellos puede ayudar a reducir la ansiedad.

También es útil preguntarse si las expectativas que sentimos son realmente suyas o si provienen de nuestras propias exigencias internas. A veces, creemos que debemos ser de cierta manera para ser aceptados, cuando en realidad son ideas que hemos interiorizado sin que nuestros padres las hayan expresado de forma directa.

Aceptar que no siempre podemos cumplir con todas las expectativas es un paso clave. Cada persona tiene su propio camino, y tomar decisiones en función de lo que realmente queremos, en lugar de lo que creemos que otros desean, nos permite vivir con mayor autenticidad. Fortalecer la autoestima es fundamental para reducir este miedo. Construir seguridad en nuestras propias decisiones y capacidades nos ayuda a confiar en que, aunque no siempre hagamos lo que los demás esperan, seguimos siendo valiosos y dignos de amor.

Si el miedo a decepcionar a nuestros padres se convierte en una carga demasiado pesada o nos impide tomar decisiones importantes para nuestra vida, buscar apoyo profesional puede ser una buena opción. Este servicio se ofrece para orientar a aquellas personas que dudan tener o no un problema psicológico. Aclara tus dudas y decide si necesitas recibir atención psicológica.

A pesar de la presión, decidí seguir adelante con mi plan. Dejé mi trabajo, vendí casi todas mis pertenencias y me volví a Cáceres. Es cierto que no me negaron la entrada a su casa ni dejaron de darme de comer, pero estuvieron muchísimo más fríos conmigo. Mi padre apenas me habló durante las primeras semanas, y en general les notaba tristes, disgustados y decepcionados por mi decisión.

Si en algún momento decides hacer como yo y tomar un camino poco convencional, ya sea cogerte un año sabático, dejar la carrera o montar un negocio online, es muy posible que no cuentes con el apoyo de tus padres. En el post de hoy voy a explicarte por qué existe un conflicto entre lo que tú quieres y lo que tus padres quieren para ti, y por qué a pesar de todo deberías hacer lo que a ti te haga feliz. ¿Preparado?

Tus padres ya tienen una serie de expectativas de ti incluso antes de que nazcas. Tarde o temprano te verás en una situación en la que tu naturaleza te dirá que hagas una cosa y tus padres esperarán que hagas otra. Y tendrás que elegir entre ambas opciones. Si eliges la primera opción, seguir tu propio camino, puede que tus padres se sientan decepcionados. Puede que se enfaden contigo. O en el peor de los casos, puede que te deshereden o te dejen de hablar para toda la vida.

  1. Sacrificar tu felicidad para complacer a tus padres no tiene ningún sentido.
  2. Fue una decisión que tomaron ellos voluntariamente y pensando en su propia felicidad, no en hacerte a ti un favor. Eran conscientes de que tener un hijo implicaba mantenerlo y cuidar de él al menos hasta los 18 años, y aun así decidieron dar el paso porque pensaron que les merecería la pena. Creo que si tus padres te han querido y te han tratado bien, tú también deberías quererles y tratarles bien, como harías con cualquier otra persona.
  3. Es posible que tengas miedo a llevarle la contraria a tus padres sólo porque crees que si lo haces se van a pillar un disgusto tremendo.
  4. Esta manera de comportarse tiene su origen en una cualidad humana que se conoce como vergüenza tóxica.
  1. Mientras dependas económicamente de tus padres no podrás tomar tus propias decisiones. Es algo que pude comprobar en 4º de carrera cuando intenté irme a estudiar a la Complutense de Madrid.
  2. Ojo, ¡no hace falta que pierdas el contacto con tus padres ni con tus amigos! Eso fue lo que hice yo en su momento.
  3. Tus padres te quieren mucho, y es normal que se preocupen por ti si les presentas un plan incierto y sin garantías.
  4. Es normal que lo que tú quieras hacer con tu vida no sea lo mismo que lo que tus padres quieran para ti. Que no estés de acuerdo con ellos en ciertas cosas no quiere decir que a partir de ese momento tengáis que llevaros mal, ¡ni mucho menos! Puede que en un primer momento no les haga gracia. Pero si sigues haciendo lo que te hace feliz y tratándoles con amor y respeto, se les acabará pasando el disgusto y te respetarán por tu valentía. Y en caso de no ser así, ya es cosa suya.

¡Tú turno! ¿Alguna vez has tomado una decisión que no les hiciese gracia a tus padres? ¿Cómo fue la cosa? ¿Cuál sería tu consejo #1 para alguien que tiene miedo a decepcionar a sus padres? Si eres padre, ¿cuál es tu punto de vista?

¿En qué sentido dices que les defraudas? Como te dice mi colega Sara, cada persona es diferente. Cada uno de nosotros tenemos una diferente personalidad, ritmo de aprendizaje, virtudes, necesidades o dificultades, intereses, aptitudes, etc. Todo esto se ha ido desarrollando a partir de las diferentes experiencias que has tenido a lo largo de tu vida, inclusive las personas con las que te has mantenido en contacto.

Es posible que tus padres puedan tener unas expectativas sobre ti o que les gustaría tener sobre ti, pero eres tú quien tiene que tomar las decisiones acerca de tu futuro y de tu forma de ser y pensar. Tienes que ser tú misma, cualquier otra cosa, aunque lo hagas por complacer a tus padres y a otras posibles personas, es engañarte a ti misma.

Entiendo que cuando unos padres nos transmiten que están defraudados con nosotros, nos afecta a nuestro autoestima, pero tú tienes que enfrentarte a ellos y convencerles. Un cordial saludo.

Cómo Superar las Expectativas de Tu Familia y Encontrar Tu Camino - Carl Jung

El belga Laurent de Sutter (Bruselas, 1977) es un filósofo que se sale del carril establecido. Y eso suele tener gracia. Como mínimo, interés. Es lo que desprende el título de su último libro traducido al español, Decepcionar es un placer (Herder) porque todos pensamos siempre en este verbo como algo negativo. Nadie quiere, a priori, ni decepcionar y, mucho menos, ser decepcionado. De Sutter le da la vuelta y acude a Gilles Deleuze para decir que sí, que decepcionar es clave para el cambio y para la libertad. No hagas lo que los demás esperan de ti. Es el camino para que esto funcione.

El filósofo, que es profesor de Derecho en la Universidad Libre de Bruselas, que ha escrito otros volúmenes como Elogio del peligro, Después de la ley o Indignación total, lo que nuestra adicción al escándalo dice de nosotros, y que forma parte del comité asesor del Movimiento Democracia en Europa 2025 -impulsado por Yanis Varoufakis y en el que hay pensadores como Toni Negri o Saskia Sassen- nos lo explica todo vía cuestionario. Y entramos también en otras materias (políticas, jurídicas, íntimas). Porque esto de la decepción tiene su enjundia.

¿Por qué retomar hoy a Gilles Deleuze y a los posmodernos?

La historia de nuestra relación con las ideas siempre ha sido una relación de debate, controversia y crítica. No hay ningún ejemplo en la historia de la humanidad de un pensador que haya sido simplemente dado por sentado por alguien, en ningún momento. Para mí, lo que hace interesante el trabajo de un pensador, de cualquier pensador, es cómo logra leer algo que enriquezca nuestro legado en lugar de continuar con el juego de la crítica. En mi libro Superweak (aún no traducido al español), he defendido un modo de leer, ver y pensar que va más allá del horizonte de la crítica y acepta abordar las dimensiones desconocidas de aquello a lo que nos enfrentamos. Si me refiero a pensadores como Gilles Deleuze en Decepcionar es un placer es solo en este sentido: siento que hay algo, en detalles oscuros ocultos en un rincón de su obra, que podría arrojar nueva luz sobre nuestra situación actual y abrir nuevos caminos hacia el futuro. Es más, si tuviéramos que dejar que la derecha decidiera qué podemos leer o no, no quedaría mucho, aparte de Ayn Rand y la Biblia.

Portada del libro

La decepción como motor del cambio

En nuestra tradición, la decepción siempre está ligada al fracaso, al dolor y a la sensación de haber sido excluido. Si decepcionamos o nos sentimos decepcionados es porque algo salió mal: no rendimos lo suficiente, o la película, la pareja, el plato del restaurante, no cumplieron con nuestras expectativas. Sin embargo, lo que nunca se cuestiona es que esa decepción siempre surge del hecho de que el fracaso en cuestión está determinado según los criterios formulados o implícitos en esas expectativas. Y esto no es simplemente una cuestión moral ni una cuestión de gustos o preferencias. Lo que quise mostrar en Decepcionar es un placer es que la propia formación de nuestras expectativas pertenece a una larga historia política e incluso teológica; una historia que enmarca nuestra relación con lo que sucede y decide de antemano lo que vamos a pensar sobre lo que encontramos. El objetivo del libro es liberarnos de este marco preconcebido para reconectarnos mejor con las posibilidades que implica cada encuentro.

¿Son los sabelotodos y los oportunistas quienes están ganando en estos tiempos?

Bueno, vivimos en una época en la que la cuestión misma de ganar se ha vuelto fundamental. El insulto favorito de Donald Trump es "perdedor", y ganar es precisamente lo que entrenadores, personas influyentes y asesores en cualquier ámbito, desde las finanzas hasta el fitness, intentan vender. Al parecer, tenemos un problema con la idea de perder. Este problema también tiene eco en la historia de la filosofía, ya que esta historia se ha estructurado a partir de la lucha interminable entre pensadores con el propósito de determinar quién está equivocado y quién tiene razón, es decir, de determinar quién puede ganar la batalla de las ideas. Me parece absurdo. Porque, precisamente, la idea de ganar implica una división, donde un bando es deseable y el otro no. Lo que nunca se cuestiona son las razones por las que creamos esa división: cuáles son los mecanismos, los principios y las instituciones que nos impulsan a adoptarla, es decir, que nos obligan a repetir su interpretación de dicha división. No somos nosotros quienes decidimos quién gana y quién pierde; son las reglas, y estas las deciden quienes tienen interés en preservar el orden que, en efecto, gobiernan. Solo se gana por la regla. Lo que significa que, en realidad, siempre gana la regla, nunca tú.

¿Decepcionar implica usar nuestro libre albedrío?

Sinceramente, no me importa mucho lo que pase por la cabeza de los seres humanos. La cuestión siempre ha sido teológica: el libre albedrío, en esencia, trata sobre la libertad que Dios ha otorgado a los humanos y cómo se decide nuestro destino. La famosa controversia entre Erasmo y Lutero en el siglo XVI (el primero defendiendo el libre albedrío, el segundo negándolo) fue una controversia sobre el orden del mundo, tal como lo creó Dios, pero también sobre el poder que podían reclamar quienes hablaban en nombre de Dios. De nuevo, las reglas. En mi caso, me interesan más las posibilidades. Las posibilidades no dependen de nuestra voluntad. Están ahí, incrustadas en la esencia misma de la realidad, y luego se explotan, se utilizan, se exploran, se desarrollan, etc., según las circunstancias, que pueden ser más o menos adversas. Como seres humanos, lo hacemos lo mejor que podemos, sin saber si es todo nuestra responsabilidad o de algo más. Pero hay dos cosas que sí podemos hacer: por un lado, explorar nuestra situación, nuestra condición, para conocer mejor nuestras posibilidades (por eso siempre vuelvo a las condiciones de nuestros discursos o nuestro pensamiento como las que definen nuestras expectativas); y, por otro lado, lanzarnos a lo desconocido, a lo que venga, a lo que siempre puede cambiar, por muy determinado que esté de antemano. Porque si las posibilidades no existieran, todo permanecería igual por toda la eternidad. Dado que las cosas cambian, pueden cambiar aún más; por lo tanto, las posibilidades están por todas partes, aunque algunos individuos, discursos o instituciones intenten engañarnos haciéndonos creer que no es así y que solo hay un camino: el suyo.

La religión, la acción y la esperanza

Creo que no hemos hecho bien nuestra tarea en materia de religión. El problema radica en que equiparamos religión con fe, fe con creencia y creencia con cosas que no existen. El difunto Bruno Latour insistía a menudo en ello: somos herederos de una historia que ha intentado separar los hechos de las creencias, como si pertenecieran a realidades distintas, una superior a la otra. Pero la religión no tiene nada que ver con la fe. En su libro La voluntad de creer, publicado en 1915, William James afirmó que debíamos considerar las religiones, los dioses, etc., como realidades innegables, como los árboles, las mesas o las rocas. ¿Por qué? Sencillamente porque la cuestión de la religión nunca se ha centrado en la fe, sino en la acción: siempre se ha tratado del tipo de cosas que la religión nos impulsa a hacer. Las catedrales, las pinturas, pero también las guerras y el colonialismo, son pruebas de que los dioses existen, porque influyen en nuestras vidas de maneras que pueden ser a la vez inconcebiblemente brutales e inconmensurablemente bellas. Así pues, cuando hablamos de religión, nunca deberíamos referirnos a su desaparición, su regreso, etc., sino a lo que queremos hacer con ella. ¿Queremos controlar la vida de los demás? ¿Queremos más guerras? ¿O queremos crear belleza y justicia en su nombre? A esta pregunta, cada uno debe responderla por sí mismo.

¿Es posible vivir en el caos?

Me atrae mucho esta idea: "otro caos es posible". Es una idea que, de alguna manera, evoca las antiguas luchas de Seattle: "otro mundo es posible". Nuestra tradición filosófica nunca ha dejado de repetir que un mundo solo puede ser un mundo en la medida en que no sea un caos. Encontramos vestigios de esta obsesión desde los primeros mitos de los que conservamos información, y a lo largo de toda la historia de la filosofía. Pero, ¿qué significa esto? ¿Hemos presenciado alguna vez el caos? ¿Ha existido alguna vez el caos de alguna forma? Cuando los científicos comenzaron a hablar del caos como una forma marcada por la entropía [incertidumbre], no contribuyeron mucho a comprender por qué seguimos pensando en términos de oponer el orden (bueno) al caos (malo). Por supuesto, la única respuesta seria es: no es el caos lo que es mítico sino el orden. El orden ha sido la categoría central de todos los discursos filosóficos, políticos y económicos durante siglos e incluso milenios, simplemente porque quienes se aferran al orden (por miedo o porque les interesa) temen enfrentarse al hecho de que el orden nunca funciona. Siempre hay un fallo, una disfunción, una pérdida de orden, como decía William Burroughs sobre el control. Y es precisamente este fallo lo que hace posible la vida. Si necesitamos otro caos, es porque el caos es nuestra condición.

La distorsión entre lo "legal" y lo "jurídico"

Esto es un poco técnico. Parece que nuestra tradición jurídica, al igual que nuestra tradición filosófica, se debate entre dos deseos distintos. Uno es el deseo de normas, reglas, principios y orden; un deseo que en Europa se remonta a Grecia, a la invención de la idea de "nomos" en Atenas en el siglo V a. C., y a su defensa por Platón, y posteriormente por juristas romanos influenciados por Cicerón (quien a su vez fue influenciado por Platón). Y la otra, que se ha materializado mediante los innumerables inventos técnicos de los juristas romanos a lo largo de los mil años de desarrollo del derecho romano, que consideran las reglas, normas, etc., como secundarias e incluso inútiles. El primer deseo ha tomado la forma de lo “legal” (lex, loi, ley, etc.), mientras que el segundo ha sido llamado “ius” (droit, derecho, etc.) por esos abogados: lo “jurídico”. Con la modernidad, el triunfo de la comprensión “legal” de la sociedad y de la organización de la vida ha llevado a la lenta desaparición de nuestra conciencia del hecho de que lo jurídico nunca se había extinguido. La invención, dentro y fuera del orden establecido, siempre es posible, e incluso deseable. Las cosas siempre pueden cambiar, pero para que cambien, se necesita creación, invención. Se necesitan nuevas herramientas y procedimientos. Creo que esto es lo que engloba la idea de lo jurídico: operaciones que van más allá de las normas para abrirse a lo que pueda venir, en lugar de intentar desesperadamente protegernos contra ello.

La ficción liberal del orden jurídico se ha derrumbado

Esa es una buena pregunta. No lo sé. Lo que sí estamos presenciando es que la ficción liberal del orden jurídico se ha derrumbado. Nadie puede creer seriamente que la "ley", como tal, pueda protegernos de nada. En definitiva, todo se reduce a poder y dinero, si me permite esta caricatura. Pero, al mismo tiempo, este derrumbe de los ideales liberales también demuestra que, de alguna manera, el hecho de que nos importaran siempre ha trascendido al poder y al dinero. Digamos que dichos ideales encarnaban algún tipo de aspiración, con efectos dudosos en la práctica y, a veces, muy malas intenciones (véase el texto de John Locke para la Constitución de Carolina), pero aun así. Esta aspiración sigue presente, resistiendo frente al cinismo y la desesperación. El actual desprecio por la ley y su instrumentalización simétrica en muchas circunstancias revela que, al igual que los dioses, la ley existe de alguna manera a través de sus efectos. Lo que necesitamos, entonces, es un conjunto de estrategias y actores que tomen en serio esta capacidad de producir efectos y actúen en consecuencia. Las fuerzas conservadoras en Estados Unidos lo han entendido perfectamente. Incluso ese fue el objetivo explícito de su infame Proyecto 2025: reformar por completo el ordenamiento jurídico de tal manera que las innovaciones jurídicas solo pudieran beneficiarlas. Pues bien, necesitamos el mismo nivel de compromiso por parte del otro bando.

Infografía sobre la diferencia entre orden y caos

Supongo que si hay alguna conclusión que sacar de nuestra conversación, la primera es que incluso los sentimientos aparentemente puramente morales o sentimentales, como la decepción, en realidad implican mucho más que a nosotros mismos. Inmediatamente surgen preguntas sobre la constitución política de nuestro mundo.

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